El almacén
La mañana se despabilaba con el ajetreo de la vida cotidiana. Algunos vehículos irrumpían con el ruido de sus motores: motocicletas, camiones, camionetas, automóviles pero sobretodo la tracción a sangre con carros, sulkys, jardineras tiradas por caballos y bicicletas.
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Por ejemplo: de lunes a sábado pasaba el carretón del panadero con galletas, teleras, pan flauta, bizcochitos, tortas negras y facturas; lunes, miércoles y viernes el carro del lechero –que debía pasar por el control municipal para confirmar que el producto natural no estaba alterado con agua-; martes y viernes el carro del verdulero con su producción chacarera o algún vendedor ambulante con su canasta de mimbre llena de la cosecha de su huerta.
El gran Felipe siempre recurría a la anécdota del vendedor ambulante que recorría las calles comerciando la producción de su pequeño vergel, canasta en mano. Alrededor del mediodía, ya vendidos casi todos sus productos, pegaba el grito: “-Voy a terminaaar…! Y los chiquilines le respondían: “- ¡ Mamáo en el bolicheee !!, sabiendo que se gastaba en copas la “tranza” del día.
Depende como había sido el pique, se escuchaba “¡Pescado frescooo!!”, viendo los pescadores, uno por cada vereda, con un palo en los hombros a modo de balancín con sartas de bagres amarillos, patíes, mandubíes al igual que los ajeros quienes colgaban las ristras de las cabezas anudadas en las puntas del palote.
En invierno era habitué el camioncito con el kerosén para estufas, la lámparas con mechas y tubo de vidrio “por si las moscas” fallaba la Usina.
No faltaba algún golpe en la aldaba de la puerta de un muchacho, ofreciéndose para una changuita de barrer la vereda por unas monedas y algunas galletas aunque fueran de ayer.
Al mediodía todo se calmaba y después del revoloteo de la gurisada que asistía a la escuela, llegaba la siesta para un descanso.
Por la tarde se agitaba el avispero pero no con tanto frenesí hasta que llegaba la noche. El silencio acudía, se apagaban las luces internas de los hogares y la calma de la oscuridad seducía el descanso.
Así transitaban las semanas, los meses y los años.
“En el silencio nocturno / se oían silbatos de ‘canas’: / vigilantes, santo y seña que no pasaba nada. /
Algunos pasos perdidos / de taco aguja, gastados / por veredas y empedrados / y un silbido trasnochado. /
Un trino agudo en rocío / de cadena no engrasada: / el ‘chiqui, chiqui’, pedaleando / volviendo de madrugada. /
O algún ‘choborra’ intentando / un ‘Targo’, desafinando / como imitando al ‘Polaco’ / en el Colón, chamuyando. /
Las noches de verano, cuando el azote del sol había incendiado el zinc y los ladrillos de la pieza de la esquina con una media ochava que no se habían enfriado, dormíamos con las puertas abiertas que daban a la calle con una abertura pequeña para que entrara el fresco nocturno. Más de una de aquellas sombras en las que no se podía dormir ni descansar, se escuchaban transeúntes, alguna bicicleta ruidosa, escándalos gatunos sobre los techos y algún borracho hablando solo o cantando. Uno de esos ignotos noctámbulos, embebido de alcohol, detuvo su marcha para orinar mientras, en media lengua o en “medio diente” susurraba una canción tropical: “Río Mamoré, regálame ‘trillizos’. Río Mamoré…”, mientras escuchaba el chorro de una canilla abierta en la antigua ochava.
“Algún barullo en un patio / de guitarra milongueada, / con la ginebra y el vino / se armaba una visteada. /
Noches de asado y de truco / los viernes, más descansados. / El almacén de los Leiva / reunía a los parroquianos. /
Con ‘¡Quiero! y ‘¡Quiero retruco! / escuchaba la jarana / cuando al naranjo del patio / se iluminaban sus ramas. /
Se afilaban los cuchillos / en esos tiempos de ‘veda’ / y otros chispeaban sus filos / en el cordón de la acera.
Cuando algunos viernes escuchaba movimientos de despliegue en el patio contiguo del almacén, intuía que esa noche estaban de asado. Cuando el sol caía, se encendía la luz de una portátil y el naranjo añoso revivía. El olor de la leña, el fuego con sus chispas y el humo invadía el patio lindero de mi casa.
Mi padre me llevó varias veces a la ceremonia de la fogata y cuando el ambiente se empezaba a picar, me enviaba a casa. Me quedaba en nuestro patio tratando de escuchar qué conversaban, qué decían pero el griterío y las carcajadas interferían los diálogos.
Esperaba ansioso el regreso de mi viejo con unas ricas costillas o un trozo de vacío, algún “chori”, una morcilla y algún “chinchu” para compartir con la familia a modo de picada antes de la cena. Luego, mi viejo regresaba a la reunión hasta que la luz del foco se apagaba y los parroquianos se retiraban con la panza llena.
Era común cuando se cocinaba un asado o una comida de olla –como un locro-, se compartiera una buena porción con alguna familia vecina.
“El almacén de los Leiva / a la vuelta de mi casa, / con sueltos y la balanza / y yo esperando la yapa. /
Harina, azúcar y yerba, / la cuchara de latón / y el papel gris dando vueltas / como un gran caramelón.
Los mediodías, después / de acabada la jornada, / en una pieza seguía / la copa y la truqueada. /
Ya no hay boliche en el barrio / ni aquella infancia remota. / Solo un recuerdo fugaz: / bici, bolilla y pelota. /
Los hermanos Leiva, siempre vestidos con bombachas campesinas, “camperas” o “chamarras” con guardas pampas, botas de cuero con medida caña entera, infaltable pañuelo al cuello y boina o sombrero, retrataron en el lienzo blanco el óleo imborrable del recuerdo de mi infancia.
Por ahí ando recordando / vericuetos de la historia. / Y el almacén de los Leiva / es parte de mi memoria.