El camionero que rescató un oficio casi perdido y convierte volantes en piezas únicas
La vida de Roland Ricardo Sauerbrey siempre estuvo ligada al ruido del motor, al olor del gasoil y a la rutina incierta de la ruta. Durante décadas, el camión fue mucho más que un trabajo: fue aprendizaje, sacrificio, sustento y una forma de entender la vida. Pero hace catorce años, casi sin buscarlo, ese mismo universo lo empujó hacia otro camino. Uno silencioso, minucioso, artesanal. Un oficio extraño para estos tiempos y poco común en Entre Ríos: la restauración y personalización de volantes de camión.
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Semanas atrás, su historia de camionero fue parte del suplemento especial por el Día del Trabajador de El Debate Pregón. Allí recordó aquellos años en los que manejar implicaba mucho más que conducir. También fue protagonista de un video que tuvo una importante repercusión en redes sociales, donde saludó a los camioneros en su día y dejó un mensaje cargado de memoria para quienes hicieron ruta en épocas mucho más difíciles.
Con la voz serena de quien lleva toda una vida arriba de un camión, recordó a aquellos choferes antiguos, los que manejaban máquinas sin dirección hidráulica, sin comodidades y muchas veces sin comunicación posible con sus familias durante semanas o meses.
Otra edad, otra rutina
Hubo años duros, campañas largas y ausencias inevitables. Llegó a pasar un año completo fuera de su casa, recorriendo otras provincias, trabajando en cosechas y adaptándose a la lógica de un oficio que exigía resignar comodidad, horarios y vida familiar.
“Antes pasaba. Era la forma de hacerse de algo. Si querías progresar, te tenías que ir.”
Hoy, a los 58 años, elige otra vida. Maneja dentro de un radio cercano, vuelve a dormir a su casa y comparte tiempo con su familia y sus nietos. Pero no abandonó el trabajo. Simplemente encontró otra manera de seguir vinculado al mundo que lo acompañó toda la vida.
Todo comenzó hace catorce años
Cuando debió reparar el volante de su propio camión. Lo arregló, quedó bien, alguien lo vio y le pidió que hiciera otro. Después vino un tercero. Y luego más.
“Cuando quise acordar, se transformó en un oficio.” Sin proponérselo, había recuperado una técnica casi desaparecida.
Décadas atrás era habitual encontrar en mercados, puertos y playas de camiones a hombres dedicados exclusivamente a restaurar y decorar volantes de baquelita. Aquellos volantes se deterioraban rápido, despedían un polvillo oscuro que ensuciaba la ropa y obligaban a buscar soluciones prácticas.
Se los revestía, se los decoraba y se los transformaba. Con los años, la costumbre se perdió, Roland decidió revivirla.
Lo hizo sin maestros. Sin manuales. Sin tutoriales. Aprendiendo por prueba y error, investigando materiales, corrigiendo fallas y perfeccionando una técnica propia que hoy lo convierte, probablemente, en el único artesano de Entre Ríos dedicado a esta tarea.
“Hay gente en Buenos Aires que todavía lo hace y tengo contacto con algunos, pero acá creería que soy el único.”
El proceso es largo y requiere paciencia.
Cuando llega un volante gastado o roto, primero debe reconstruirse. Rellenar fisuras, cubrir partes faltantes, lijar, nivelar y dejar la superficie lista para el revestimiento.
Luego viene el trabajo más delicado: aplicar una cobertura especial, similar a un celuloide, que puede adoptar distintos colores y terminaciones.
Después aparece la verdadera identidad de cada pieza: el diseño. Ahí empieza el diálogo con cada cliente, ya que no hay moldes repetidos ni fórmulas estándar, cada volante es único.
Un camionero puede pedir el nombre de sus hijos. Otro, una bandera argentina. Otro, símbolos religiosos. Otro, flores, frutas, figuras ganaderas o referencias al transporte familiar. Roland ha hecho piezas inspiradas en Malvinas, homenajes a seres queridos y diseños cargados de memoria personal.
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“Cada uno quiere algo suyo. Y ahí deja de ser un arreglo para convertirse en artesanía.”
Ese aspecto artesanal, dice, es lo que más disfruta.
No trabaja con horarios rígidos. Entra al galpón cuando quiere, avanza a su ritmo y muchas veces por la noche se lo encuentra todavía trabajando.
“Es una terapia. Hay veces que son las doce de la noche y sigo ahí, porque me gusta terminarlo bien.”
No siempre piensa en la ganancia económica.
Muchas veces, la verdadera recompensa es otra: ver la reacción del cliente cuando reconoce en ese volante algo propio, algo íntimo, algo que lo representa.
Hay también una utilidad práctica. Durante la pandemia, por ejemplo, Roland realizó revestimientos blancos para ambulancias del hospital local, buscando que fueran fáciles de higienizar y mantener limpios.
Porque detrás del detalle estético hay también funcionalidad: sus coberturas permiten una limpieza rápida y resisten mejor el uso cotidiano.
Mientras el rubro camionero cambia, se profesionaliza y se llena de tecnología, Roland sostiene un vínculo más humano con ese universo.
Observa con cierta nostalgia cómo desapareció la vieja escuela del acompañante, cómo los camiones modernos facilitan maniobras impensadas décadas atrás y cómo el celular, según cree, muchas veces distrae más de lo que ayuda.
Pero no reniega del cambio, simplemente entiende que cada época tiene lo suyo. Por eso eligió quedarse con aquello que todavía puede rescatarse: el detalle artesanal, la dedicación, el valor simbólico de las cosas hechas a mano.
En su pequeño taller de Gualeguay, entre herramientas, lijas y materiales brillantes, Roland Sauerbrey sigue dándole forma a volantes que volverán a rodar por las rutas del país.
Cada uno llevará algo irrepetible.
Una historia, un nombre, un recuerdo.
Y en cada giro, acaso también viaje un poco de aquella vieja cultura camionera que él todavía se empeña en mantener viva.