El Primo
Las comunicaciones telefónicas en la década del ’60 eran regenteadas por la Cía. Entrerriana de Teléfonos, seguramente con capitales privados. Con la precaria tecnología de la época, con mirada retrospectiva, se establecía el contacto con la parentela por cumpleaños, Navidad, Año Nuevo, alguna noticia imprevista de algún suceso familiar llamando a la central del pueblo y solicitar conferencia de larga distancia.
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Las operadoras levantaban el pedido: número del destino, del solicitante y la pregunta de rigor: “-¿Qué demora hay?”. Si las líneas no estaban saturadas y las condiciones climatológicas lo permitían, tardaban veinte a treinta minutos aproximadamente y si no, había que armarse de paciencia y esperar a veces una hora o más.
Cuando se recibía la llamada, los timbres del viejo aparato analógico colgado en la pared vibraban ansiosos, con cierto frenesí.
No todo el vecindario tenía un teléfono de línea por el alto costo. La actitud solidaria permitía que los desposeídos pudieran comunicarse con familiares distantes a través del gesto de quienes lo tenían. No era un lujo burgués en muchos casos, era por trabajo como el caso de la tía que laburaba de modista.
“-¡Andá, avisale a Fulano que dentro en diez minutos lo llaman por teléfono!”. Y como “correveidiles” salíamos a buscar al susodicho.
Una de las tantas fue de otra tía que vivía en San Justo, provincia de Buenos Aires, avisando que su hijo Néstor, el primo, iba a salir por la tele en blanco y negro en el programa ómnibus “Sábados circulares de Mancera”, un show emblemático de la época emitido por varias horas los sábados a la tarde, donde se promocionaban cantantes, grupos musicales, actores, reportajes y otras yerbas de artistas consagrados y emergentes.
Néstor era bajista de “Los corsarios”, grupo pop con onda “Club del clan” que había lanzado su primer simple al mercado. Seguramente, la presentación estaba patrocinada por la compañía discográfica para testear la repercusión entre los oyentes. La “promo” pasó sin pena ni gloria y no llegaron a grabar el vinilo de larga duración.
El oficio laburante musical de “El Negro” –apodo del primo Néstor- lo llevaba a deambular por boliches, “boîtes”, cabarets en madrugadas de la cosmópolis capitalina y centralista.
Él y sus hermanos visitaban la tierra natal de sus padres, ambos nacidos en estas orillas, en vacaciones de verano y compartir río y balneario con la prima local.
Pasado el tiempo, músico hecho y derecho, en su derrotero profesional volvió y se presentó en el boliche “Benidorm” y en el club San Lorenzo con “Los Wawancó”.
Estudió contrabajo en el Colón, integró la Orquesta Juvenil del emblemático teatro y los caminos lo llevaron a integrar la planta de músicos de Leonardo Fabio. Lo acompañó en sus giras por Colombia y Estados Unidos y ahí le empezó a picar el mosquito de adquirir un bajo “Fender Precission”, además de empezar a soñar con quedarse a vivir en “yanquilandia”.
Luego de varios años consiguió la ciudadanía, trabajó como chofer en una empresa de “limousines” en Nueva York y se amuchó con una pelirroja anglo-sajona. Abandonó la música.
Le pagó el pasaje a su madre para verse y cuando ella falleció, su decisión fue tajante: “-No vuelvo nunca más”. Se jubiló y hoy vive en el norte de Estados Unidos soportando fríos hostiles.
En un encuentro de primos en la casa familiar, uno de ellos compartió el documento que deshizo el mito del bajista de Fabio. En un video biográfico del grupo de rock argento “Alma y vida”, se lo ve en primer plano al cantautor con el primo Néstor detrás, ya que el artista y luego laureado cineasta compartía sus shows con la legendaria banda.
En un festival Cantando en el Río, la cartelera se nutrió de músicos nacionales –entre ellos Leonardo Favio- pero el primo ya había encontrado su lugar en el mundo.
Nunca más lo vimos, pero sabemos de él por su hermana.
Ignoro si cumplió su “sueño americano” y pudo comprar el “Fender Precission” que lo exilió para siempre. Y que no se haya convertido devoto de Mickey y el pato Donald.
“-Ella, ella ya me olvidó…”, presente en la memoria con otros tantos éxitos. No creo, viejo primo: vos te olvidaste de ella y tal vez haya un pequeño destello de nostalgia: “-Yoó, yo la recuerdo ahora…”
¿Quién podrá rescatarnos del laberinto cuando muchas veces el Minotauro somos nosotros mismos? ¿O redimirnos y encontrar nuestro propio Teseo, con el ovillo de hilo para poder escapar de la prisión y penitencias que muchas veces nos imponemos?
“No se hace lo que se quiere sino lo que se puede”. Lo escuché por una anciana sabia, desconociendo si era una reflexión suya o frases repetidas hasta el infinito pasando de una generación a otra.
Mientras tanto, el primo que no volveremos a ver andará pateando nieve y frío en algún lugar recóndito del norte, viejo y feliz. ¿O apesadumbrado?
Solo él lo podrá responder.