La cantora
Como siempre, al abrir el arcón de los recuerdos, encontraba papeles escritos de su puño y letra que eran su tesoro. Memorias de situaciones, personajes, anecdotario, cuentos que traían esa antigua historia del pueblo olvidado y lo fascinaban pues como un arquitecto –que alguna vez quiso ser- reconstruía ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, adoquín a adoquín las pinturas casi rupestres de la vida transcurrida en su contemporaneidad.
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La conoció por la naciente amistad con su hijo, uno de los grandes vínculos de amigos y hermanos que cosechó de su siembra. Después, en pueblo chico donde todo se enreda, fueron compañeros de laburo con ella en la “Muni”. Una mujer inolvidable.
Era creyente, militante de la Acción Católica, de la UCR y hechizaba con los encantos de su bonhomía. En la vieja casona de su marido en una esquina cerca del parque se alzaba una alta palmera como un obelisco, un faro silencioso que conversaba con el viento y hogar de palomas y murciélagos. Allí se abrieron puertas generosas a los primeros intentos del derrotero musical de su pichón –el hijo más chico-, el amigazo quien compartió esta anécdota.
Las mateadas de los ensayos sonoros se extendían en el parque con el flaco saxofonista y clarinetista que estaba preparándose para viajar al Viejo Mundo, culminando en el patio de una anciana que les servía unos blancos abocados bien fríos con unos bocaditos de pan casero, ahí, bien cerca del gran patio del pueblo en el barrio del Molino cuando las tardecitas estivales se apagaban.
Ella, en las juntadas con su amiga “La Negra” y otras de la cofradía de la Acción, se reunían a compartir la vida y la amistad y más de una vez se iban de “picoteada” en jolgorio interminable hasta que irrumpían la velada cantando a cappella tangos y valsecitos. Entre risas, chusmerías, aplausos y brindis celebraban su fiesta pagana.
Varias veces le preguntó a su amigo que le recordara la anécdota del cumpleaños, un episodio extraordinario que, con su frágil memoria, enredaba la situación. El hijo le dio una nueva oportunidad y le relató los hechos como fueron contados por la cantora, aunque se mezcle la historia real con el imaginario.
Fue en el cumpleaños de un conocido y amigo quien quería festejar varias décadas de su existencia. Estaba enfermo y deseaba celebrar su existencia que inexorablemente se apagada. Preparó el encuentro, tiró la casa por la ventana, invitó a sus parientes y al séquito de compañeras para vivir una noche inolvidable. El ágape fue en su casa y todos acudieron. La opípara cena con empanadas, sanguchitos de miga bien regados de bebidas desembocó en una hermosa jarana de los invitados. Un bandoneonista tocaba piezas de la guardia vieja con el “lorerío” y carcajadas de fondo de las damas invitadas. En un momento, el cumpleañero le pidió que cante sabiendo de sus virtudes. Se disculpó amablemente y le respondió:
“-No traje la guitarra…”
Ya había comenzado su acting pues ella conocía de vista la guitarra y nunca había tenido una entre sus manos, salvo que atendía la actitud de los guitarreros que desde niña observaba en los boliches de su casa natal por las tierras blancas cuando iba a comprar el pan y algunas vituallas para el almuerzo, donde se reunían para el vermú los viejos musiqueros.
En principio zafó, pero el insistente convocante en un momento desapareció y luego regresó con la guitarra de un vecino que le había prestado. Sus comadres empezaron en coro:
“-¡Que caaante, que caaante!!”, aplaudiendo paradas para escuchar el show.
Lejos de amilanarse, con su actitud incólume y seguramente envalentonada por la sangre de Cristo, alzó una pierna en una silla, abrazó la guitarra y lo encaró al anciano del fuelle:
“-¡La menor, Maestro!!!”. Y empezó a rascar un vals con su mano derecha: “tún da ta, tún da ta” mientras su siniestra mentía como que acompañaba la armonía con acordes recorriendo el diapasón sin pisar un tono. Y ahí nomás se largó a cantar un viejo valseado de aquellos que escuchaba en la radio a válvulas de su infancia. ¿Habrá sido “Las margaritas”, “Mate amargo” o “Desde el alma”, “Romance de barrio”, “Pedacito de cielo”?
Cuando el “mandoleón” marcó el final con el chan-chón, la algarabía se desató en la platea del cumpleaños aplaudiendo estruendosamente la perfomance de la cantora, silbidos de aprobación improvisados desde las prótesis, el “chin-chín” entre vasos y copas, besos y felicitaciones a la renacida Libertad o Edith que había resurgido y coronado la fiesta con una digna interpretación criolla que emocionó la breve multitud convocada.
Después del efímero petit concert y el éxito conquistado de la artista, los invitados se despidieron. Flotaba en el aire de las almas la magia, la liturgia de la música como si Apolo hubiera tañido su lira y hechizado a las bestias como en la mitología.
El último en saludarla, antes que la estrella de la noche se fuera, fue el anciano del fuelle mientras los dueños de casa levantaban el desbarajuste de platos y copas. La felicitó, emocionado y con tono de admiración le hizo su devolución:
“-¡Qué hermosa voz y su interpretación, pero no estaba enterado que usté sabía música!!”