La epidemia
La fiesta de Natividad del año 1867 se hundió en la oscuridad de las sombras de aquel verano. En días sucesivos el cólera morbus comenzó a hacer estragos entre los pobladores de la Villa de San Antonio del Gualeguay.
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Las fuentes de tinta seca de periódicos del siglo XIX dan testimonio del acontecimiento fatal, reflejado años después en diarios locales. Según se lee, los habitantes perecían como moscas en sus humildes residencias o esparcidos en las calles tras el horroroso flagelo. Dicen las crónicas que diariamente ocurrían entre cuarenta y cincuenta defunciones.
No están muy claras las razones de la epidemia, pero en aquella época estaba caliente el cañón y los sables filosos de la sangrienta Guerra de la Triple Alianza entre Argentina, Brasil y Uruguay contra los hermanos paraguayos, o como se la tituló después por historiadores y revisionistas: Guerra de la Triple Infamia.
Algunos argumentos afirman la contaminación de las aguas del Paraná por los muertos en las batallas; que el cólera provenía de Brasil con los soldados del Imperio inundando gran parte de nuestro litoral, Buenos Aires y otras provincias distantes. Lo cierto es que el terror se apoderó de la pequeña comunidad con escasez de recursos sanitarios, falta de profesionales médicos que además desconocían en aquel entonces el origen de la enfermedad mortal y su cura.
Las autoridades no daban abasto con carritos tumberos, carruajes, sulkys provistos por vecinos para retirar los cadáveres desparramados en las calles terrosas, evitando que el flagelo se expandiera. Supongo que sin ninguna medida de seguridad, los vecinos solidarios juntaban los cuerpos inertes y los llevaban a un camposanto alejado del casco fundacional, donde una gran fosa común los recibía y luego tapaban con cal para evitar la propagación del mal. Con el tiempo, el lugar fue conocido como “cementerio de los coléricos” en la zona nordeste de la villa, kilómetros distantes del río.
En tiempos de napas, tajamares, arroyos, riachos y el propio Gualeguay aún no contaminados, morir afiebrados y deshidratados no dejaba de ser una contradicción ante la presencia invisible y silenciosa de la “huesuda” con su guadaña.
Nunca falta en situaciones trágicas una nota de color, una anécdota que alivie los atroces momentos vividos por aquel entonces. Un diario local en 1953 publicó el infausto recuerdo rescatando de la memoria popular un episodio tragicómico.
Don Carlos, español afincado en estas manzanas ribereñas sobrevivía con su gallinero y vendía la producción de su prole avícola. Además de su oficio de “huevero”, era habitué a descansar en alguna fonda luego de la jornada y regresar a su humilde morada. Pero parece –según apunta la pluma memoriosa publicada en letra de molde- con el calor del verano y la epidemia floreciente, “empinó demás el codo” y se recostó en una vereda a dormitar una siesta.
Mientras las cuadrillas hacían su trabajo de sepultureros juntando occisos, lo creyeron otra víctima y lo cargaron para llevarlo al cementerio de los coléricos. La noche estival lo despertó, todavía sin cal, y emprendió el regreso a su rancho como un resucitado entre los muertos.
Cuando su familia y vecinos lo vieron, con pálido asombro se santiguaron:”-Dios y María santísima!!” entre velas encendidas, capilla ardiente sin finado presente, lloronas, el cura con la palabra de Dios rezando por la resignación y rogativas para que su alma descansara en paz como otra víctima del cólera.
Se salvó pues nadie muere en la víspera. Sus rutinas continuaron con su medicación empírica: en vez de beber agua celebró todos los días con la sangre de Cristo como una liturgia. ¡Salúte, sobreviviente viejo Carlos! No hay capítulo en la Biblia que relate esos milagros…