La mansión
Un sábado a la tarde, día de descanso de sus actividades laborales, sonó el teléfono fijo. Atendió y desde el otro lado se presentó la persona:”- Le hablo desde La Mansión, un pub situado frente a la plaza principal, no sé si lo conoce.” El asunto, le cuenta, que había aparecido una pareja –una cantante y un bandoneonista- y necesitaban un guitarrista que los acompañe esa misma noche, si estaba dispuesto a sumarse. No le escapó al convite. Dijo el emisario que el bandoneonista quería conocerlo antes para evaluarlo, escucharlo y tomar una decisión si cumplía sus expectativas. El quía le indicó la dirección, que los esperaría afuera, afinó la “vieja viola” y los esperó.
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El guitarrero tenía alguna experiencia “orejera”. En el género, su bautismo fue con su padrino quien después de dormir la siesta lo convocaba para “pelar” con su mandolín tangos de la “Guardia vieja” como el “Don Juan”. Después, otro cantorazo y amigo lo convocó para acompañarlo, cumpa de orquestas de baile. Con esas cucardas y la oreja se defendía.
La calle de su casa era de tierra con profundas cunetas y poco alumbrado público. Se hizo noche y apareció un vehículo. Seguramente quien lo había llamado lo conocía pues cuando lo vio detuvo la marcha. Se apearon del auto y el músico con la caja del fuelle trastabilló y cayó a la cuneta que no era tan profunda y estaba seca pues hacía semanas que no llovía. Lo auxiliaron, el chofer tomó el estuche y lo ayudaron a reincorporarse, limpiándose pastos y tierra de su traje negro y enderezó sus anteojos.
Los invitó a pasar y con buena luz en su humilde morada, reconoció al chofer pero no su nombre –en pueblos chicos todos se junan-. El músico tenía en sus lentes unos gruesos cristales como “culo ‘e botella”. Contó que andaban en gira con Susy, cantante y su novia, que viajaban en el tren “Gran Capitán” y bajaban en cualquier estación para ofrecer su “show” y después seguían su bohemia hacia otros andenes hasta llegar a Misiones y conocer las Cataratas del Iguazú.
También le presentó sus credenciales: empleado de una empresa de energía eléctrica, que su pasión era la música con su “cumpa asmático” y había integrado varias orquestas en las décadas gloriosas del 40 y el 50 cuando era joven, como segunda fila de bandoneones repitiendo las líneas de los arreglos, que se habían enamorado con Susy y decidieron quemar las naves de sus matrimonios y lanzarse a la aventura.
Despertó del sueño a su compañero en el pequeño sarcófago, lo hizo respirar y le preguntó al convidado:
“-¿Conoce El entrerriano?”
“-Dele que lo sigo.”, le dijo y surgieron otros, algún vals, una milonga. Tras el breve ensayo, lo miró detrás de los gruesos cristales, los acomodó para verlo mejor y le dijo: “-Hay 50 pesos…”. Y al ver esa patriada de amor de dos viejos enredados y en concubinato con el tango y sus deseos de vivir lo último que les quedaba, respondió: “-¡Meta, Maestro!
* * * * *
Llegó al lugar y vio el pizarrón: “Hoy 22 horas canta SUSY DE BUENOS AIRES.”
Lo recibió el chofer y el bandoneonista y le presentaron la cantante: una mujer entrada en años, look de rubia Mireya, mucho revoque en su rostro, labios “carmesí” y vestido glamour.
Comenzaron su show con bonitas páginas archiconocidas, ella desplegando su encanto y emoción para seducir al breve público con sutiles desafinadas y su partenaire respirando el forillo sonoro con su eterno camarada, el órgano de capilla a fin de cumplir la liturgia.
Para cerrar, presentaron al invitado y se desplegaron las orilleras composiciones instrumentales para que se luciera el viejo fuelle. Antes del último “bis” solicitado por el escueto público convocado, el “gatillador culo ‘e botella” agradeció la recepción, lo miró y se detuvo confesándose ante el público pidiendo disculpas: “-Esto no se debe hacer” y mirándolo con respeto le preguntó al guitarrista invitado: “-¿Cuál es su nombre?”. No se habían presentado y supuso que no era necesario, habían hecho lo que debían hacer.
Susy de Buenos Aires y su bandoneonista volvieron al andén y un tren se los llevó, quien sabe a qué incierto destino.
Mucho tiempo después, el chofer asumió como intendente y le ofreció al guitarrero la dirección de la Escuela de Música Municipal. ¿Casualidad o causalidad?
Los años pasaron vertiginosos como el agua bajo el puente. El viejo músico guitarrista conoció a otros especímenes de la fauna musiquera construyendo manadas y cofradías.
Siempre se preguntó por el final de tantos artistas peregrinos con su personal camino de Santiago de Compostela y la fe de sus propios destinos. ¿Qué habrá sido de su música, sus vidas, los sueños y bohemia, el ser fiel a sus convicciones?
Lo cierto es que hay personas que patean el tablero del orden social y cultural y construyen lo propio a pesar de ser marginados por el stabilishment.
¿Por dónde andará cantando Susy de Buenos Aires, en algún pueblo perdido con su miope compañero bandoneonista enamorado, de quien el guitarrero convidado nunca supo su nombre…?