La mascota a su lugar
Algunos habitantes de estas “Provincias Unidas del Sur” nos criamos escuchando, en la llamada poesía gaucha asociada al folklore, bellas referencias a las mascotas como fieles compañías, sobre todo de los hombres de campo.
:format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/adjuntos/289/imagenes/000/343/0000343495.jpg)
Recuerdo, por ejemplo, “Nadie salió a despedirme cuando me fui de la estancia/Solamente el ovejero, un perro/Cosas que pasan”; y también el dramático final del poema “Malevo” en el que se retrata la amistad del hombre de campo con su perro, al que debe sacrificar porque está rabioso y quiere atacar al hijito.
Parece que lo oigo a Argentino Luna o a Víctor Velázquez diciéndole, casi entre lágrimas, al perro ya muerto: “Hermano tabas enfermo/Fue por el cachorro ¿sabes?/ ¡De no, no lo hubiera hecho!/Meneó la cola una vez, dos veces Y quedó muerto/Por eso es que desde entonces/No me gusta tener perro/Y cuando voy de a caballo/Me parece que lo siento/Seguir abajo el estribo/Trote y trote por el tiempo”. Pero, en mi mente, de aquel bucólico y sacrificado paisaje rural de trabajo, de vida en familia y de campos de trabajo, la mascota pasó a la vida del interior de la casa, como si fuera casi un habitante del espacio íntimo de las personas y las familias.
Por otro lado, la mascota -en el imaginario de los que pisamos los 60 años- antes tenía que rebuscársela para conseguir alimento y de paso poner en su lugar a los roedores del barrio; pero resulta que ahora tiene su plato de comida especialmente elaborada y nutritiva en un privilegiado sitio de la casa. El catecismo tiene una bellísima página que quiero compartirles de nuevo: “Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial.
Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria. También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri. Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen. Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos.
Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen en límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.
Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos”.
Asimismo, el Papa Francisco-en un nuevo contexto- llamó al comienzo del año pasado a tener hijos o adoptarlos y cuestionó a quienes prefieren a las mascotas antes que a los niños. “Los perros y los gatos ocupan el puesto de los hijos.
Este renegar de la paternidad nos quita humanidad, la civilización se hace más vieja”, afirmó el sucesor de Pedro. Es cierto que para algunas personas que viven solas la mascota da sensación de compañía, pero nada reemplaza al encuentro, el abrazo, el beso de las personas que se aman y trazan sendas de la ida y vuelta de la empatía. La “revolución de la ternura” de la que habla el papa no vendrá sino de la capacidad que tengamos de encontrarnos.
Es cierto también que las mascotas en cierta percepción poética nos dicen algo acerca de nuestra condición comunitaria como cuando el poema gauchesco ya citado dice: “Que animal capacitao /Trajinando en un rodeo/De ser cristiano/ Clavao: era Doctor ese perro” Pero desde la educación en la familia, la escuela, las asociaciones intermedias, las comunidades religiosas nos urge trabajar para despertar el apasionante ejercicio del encuentro entre las personas, los pueblos y las ricas tradiciones del pasado: de este modo, la delicadeza con que tratamos a los animalitos, como sucedió con San Francisco y San Felipe Neri, nos conducirá también a custodiar en cada uno el Misterio de Dios, de la dignidad personal y de la creación toda.