La revolución de la ternura
Cuando el otro se vuelve abstracto, su presencia deja de ser ante mí y puedo no saludarlo, no percibirlo, fagocitarlo como si fuese mercancía, utilizarlo como si fuese instrumento, y puedo matarlo como si fuese una hormiga. Cuando el otro es abstracción puedo ponerlo en la lista de enemigos como un indeterminado “hombre de color” o “hijos de Abraham” o “cerdo burgués” o “subversivo” o aborigen.
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Puedo hacerlo desaparecer porque tengo permiso para no percibir que tiene una madre que lo llora, unos hermanos que lo esperan, una comunidad que lo acuna. Por ejemplo, en la bella canción de Chico Buarque llamada "Construcción", el cadáver del pobre obrero que cae del edificio termina siendo una molestia que entorpece el sábado: "Y tropezó en el cielo con su paso alcohólico/ Y flotó por el aire cual si fuese un pájaro Y terminó en el suelo como un bulto fláccido/ Y agonizó en el medio del paseo público Murió a contramano entorpeciendo el tránsito". En cambio, cuando el otro tiene rostro, tiene corazón, entonces me interpela, me saca de mi aislamiento: su rostro se vuelve "Epifanía", es decir, manifestación de la Divinidad, como decía el filósofo Levinás.La "posesión del otro" genera el encantamiento de Narciso: para Narciso sólo existo yo. Ese terrible encantamiento se genera cuando se intenta poseer al otro...como cuando Caín mató a Abel: el sujeto es cautivo de sí mismo y ya no existe "el otro" en su mente. porque ese otro es el que "entorpece el tránsito"; se ha cosificado..., se ha convertido en un cadáver, como decía el cantante brasilero.Por el contrario, cuando nace el lenguaje, cuando surge el diálogo, el otro empieza a ser en mí un acontecimiento que me interpela y me saca de la "idolatría de mí mismo"... idolatría en la que Dios tiene mi nombre. Cuando nace el lenguaje y el diálogo hay lugar para el rostro del otro y se genera la atmósfera propicia para el encuentro: así el otro deja de ser el "bulto fláccido que entorpece el tránsito" como decía Chico Buarque: pasa a ser mi hermano del que tengo que hacerme cargo en la medida de mis posibilidades.Cada vez que me detengo en los ojos de los demás, cada vez que saludo con amabilidad, cada vez que comparto mi corazón y mis bienes, me encuentro con la mirada, con el rostro y con el corazón de quien está a mi lado o de quien está a la distancia. De ese modo, empieza a acontecer lo que nos pide el papa Francisco: la revolución de la ternura.Pbro. Jorge H. Leiva
