Nuestro viaje por Asia Tres islas: Hong Kong, Okinawa y Taiwán Segunda parte
Taiwán, donde lo cotidiano se vuelve extraordinario Si la primera parte del viaje nos enfrentó a la inmensidad y a la memoria, Taiwán nos recibió con algo más sutil, pero igual de potente: la capacidad de transformar lo cotidiano en una experiencia extraordinaria. Llegamos a Taipei sin saber del todo qué esperar, y quizás por eso fue el destino que más nos sorprendió.
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La ciudad se despliega como un equilibrio perfecto entre lo moderno y lo tradicional. El
Taipei 101, que durante años fue el edificio más alto del mundo, no es solo un ícono
arquitectónico: es también un mirador privilegiado para entender la escala de la ciudad. Subir
hasta su observatorio y ver cómo Taipei se extiende entre montañas y ríos nos dio una
primera dimensión del lugar. Pero como en tantos destinos, lo más interesante sucede al bajar.
Uno de los espacios que más nos impactó fue el Templo Longshan. Vibrante, lleno de
detalles, con fieles que rezan, encienden incienso y consultan oráculos en medio de una
atmósfera tan espiritual como cotidiana. Nos quedamos largos minutos observando, tratando
de comprender un ritual que no nos pertenecía, pero que nos invitaba a participar desde el
respeto. Esos momentos, en los que uno deja de ser turista para convertirse en observador, son
los que realmente quedan.
Muy cerca de allí, los mercados nocturnos abren otro universo. Visitamos el famoso
Shilin Night Market, aunque entendimos rápidamente que en Taipei cualquier mercado
nocturno tiene su propia identidad. Luces, carteles, voces, humo de comida que se cocina en
el momento. Probamos sin demasiado plan: dumplings, brochetas, té con leche, y el infame
“stinky tofu” o tofu apestoso, cuyo olor y nombre anticipan una experiencia desafiante. Lo
probamos y terminamos riéndonos más de la situación que del sabor. Es que viajar también es
eso: animarse a lo desconocido, incluso cuando incomoda.
Otro de los lugares que nos regaló una postal inolvidable fue Jiufen, un antiguo pueblo
minero en la montaña, a poco más de una hora de Taipei. Sus callecitas estrechas, las casas
colgando sobre la ladera y los faroles rojos encendidos al atardecer crean una atmósfera que
parece salida de otro tiempo. Muchos lo asocian con la estética de las películas de animación
japonesa, y no cuesta entender por qué. Caminamos sin rumbo, probamos dulces locales y
terminamos nuestro día en una casa de té con vista al mar. Fue uno de esos momentos en los
que todo se detiene.
Pero hay una dimensión de Taiwán que aparece de forma más silenciosa, casi como un
trasfondo constante: su compleja relación con la China continental, al igual que Hong Kong.
La isla se gobierna de manera autónoma, con un sistema democrático consolidado y una
identidad propia cada vez más afirmada, pero vive bajo la presión de Beijing, que la considera
parte de su territorio. Esa tensión no se manifiesta de manera explícita en cada rincón, pero
está presente en el clima general, en la forma en que se habla —o se evita hablar— del tema,
en una conciencia colectiva que parece siempre atenta a lo que ocurre del otro lado del
estrecho.
Como visitantes, lo percibimos más en lo implícito que en lo evidente. Taiwán transmite
una sensación de normalidad vibrante —calles llenas, mercados activos, tecnología,
cultura—, pero también una resiliencia tranquila. Es una sociedad que funciona, que avanza,
que se proyecta al mundo, aun conviviendo con una incertidumbre geopolítica que no eligió.
Lejos de opacar la experiencia, esa dualidad la vuelve más profunda: entender Taiwán es
también comprender cómo una identidad puede afirmarse con calma, incluso en medio de una
tensión que nunca termina de desaparecer.
Sin embargo, si hubo un elemento que atravesó toda nuestra experiencia en Taiwán fue la
calidez de su gente. Desde quienes nos ayudaron a orientarnos en el metro hasta los
vendedores que, con gestos y sonrisas, lograban comunicarse más allá del idioma. El sistema
de transporte, eficiente y claro, nos permitió movernos con una facilidad sorprendente,
reforzando esa sensación de comodidad que pocas veces se logra en un destino nuevo.
Taiwán no nos impactó con grandes gestos, sino con una suma de detalles. Con la
armonía entre lo antiguo y lo nuevo, con la energía de sus calles y la tranquilidad de sus
templos, con su capacidad de recibir sin imponer.
Al cerrar el viaje, entendimos que cada destino nos había ofrecido algo distinto: Hong
Kong, el vértigo; Okinawa, la memoria; Taiwán, la cercanía. Y nosotros, como viajeros,
fuimos cambiando con cada uno de ellos.
En este recorrido maravilloso por Asia lo que nos queda no son solamente los lugares,
sino las vivencias compartidas y el comprender las múltiples maneras en que el ser humano
ha construido sus tradiciones, sus religiones y su cultura. Y aún más: a pesar de la
globalización y el avance de las redes y la tecnología, es maravilloso descubrir que continúan
manteniendo fervientemente sus tradiciones.
Porque viajar no es sólo recorrer un destino y su geografía, sino construir algo más
abarcativo pero a la vez más profundo: una mirada común sobre el mundo.