Soplo Divino: lo distinto y lo complementario
No siempre lo contrario es lo contradictorio: a veces, lo contrario es lo complementario, como cuando se unen los dos polos de la electricidad para convertirse en luz o calor.
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Demos algunos ejemplos para clarificar estas ideas: hay contradicción entre dar vida y matar son, evidentemente, dos cosas distintas y, además, irreconciliables. También hay realidades que son contrarias y realmente contradictorias como la luz y la oscuridad para un caminante; tanto la verdad y el error como la verdad y la mentira no pueden complementarse; el bien y el mal, la belleza y la fealdad tampoco.
Es insoportable para el director de la sinfónica de Entre Ríos que una cuerda del tercer violín esté desafinada porque la eufonía no puede convivir con la disfonía y la cacofonía. Por el contrario, se unen para dar vida el cuerpo y el alma: los distinguimos para unirlos.
Lo mismo sucede con nuestra personalidad, única e irrepetible, en relación a nuestra condición comunitaria: en este caso, lo contrario es complementario. Dos polos que se unen son también la contemplación y la acción, es decir, el descanso y el trabajo. Dos son las manos que usa el artesano para realizar una obra; dos son los sexos en la familia, cuando papá y mamá se sientan a presidir la mesa familiar con sus hijitos. Los gurises intuyen que la realidad del amor de papá y mamá son distintos: es el único cariño de igual intensidad, de distinto color, pero complementarios como los sonidos de una sinfonía.
Es distinto en una “chamameceada” el sonido de una guitarra que el de una guitarra bien tocada: sin embargo, ambos instrumentos hallan su síntesis en el auditorio. El oído de los parroquianos conjuga la timidez de las cuerdas y la madera con las simpáticas flautas de un fuelle. ¿Cómo conjugar las diferencias de los corazones que siendo distintos se aprecian? ¿Cómo hacer para que dos soledades se reverencien en el marco del cuidado mutuo?
Las almas, las familias, los pueblos, las civilizaciones hallan su encuentro en el diálogo, en el discurso que es “discurrir”, como lo hacen las aguas de un río en silencioso devenir. Es que en el ida y vuelta del diálogo que “va y viene” se provoca benéficamente la experiencia de lo distinto que se conjuga en una unidad que no anula la diversidad, sino que accede a una síntesis superior: se provoca benéficamente la experiencia de la comunión.
En esto consideremos lo que dice el papa Francisco: la unidad es superior al conflicto y la parte no es superior al todo. Ser personas distintas no es la dificultad; por el contrario, es la riqueza, siempre y cuando exista esa mediación llamada “encuentro”, llamada “diálogo”. En la Trinidad el Espíritu que une al Padre con el Hijo nos hace vislumbrar como lo uno y lo trino no son contradictorios, sino complementarios. El Espíritu que recibimos en Pentecostés nos da la posibilidad de ser distintos y de preparar/abrir/etc. nuestros corazones para estar unidos sin grietas. Por tanto, toda auténtica vocación humana y cristiana debe desplegarse en el marco de la relación de la vinculación siempre desafiante y siempre bella. El Soplo Divino nos permite complementarnos y de este modo saltar las grietas para que nos unamos en una armonía que no sea la aburrida homogeneidad. ¡Ven Espíritu Divino!