Homenajes por el Día del Periodista
Taky: La inconclusa crónica de sus crónicas
Día del Periodista, y, entre las crónicas, sobresale ésta, la madre de las crónicas. Esa crónica de crónicas donde el autor es, también, el protagonista. Pero ésta es una crónica que, tristemente, quedó trunca. Incompleta.
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El muñeco pegó uno de sus gritos, apartó el teclado, se paró y se las tomó. Sin explicaciones de algún tipo. Así era él. Se fue y dejó inconclusa aquella crónica, su crónica. La dejó en sólo 48 apasionados y apasionantes capítulos. Incomprensiblemente poco. ¡Había tanta tela para seguir cortando! ¿Un capricho del destino?, sí, puede ser.Pero no soy quien para cuestionar a nadie, menos al Barba. Aunque sí pude ser suficientemente atrevido como para chusmear en esa crónica así abandonada. La de un personaje que, por haber tenido la suerte y el honor de conocerlo, despertaba mi curiosidad. De ese modo me puse a recorrer las huellas de Hernán Alfredo Almeida, Taky, hijo de Doña Teresa y Don Aldo, hermano de Patricia y Silvia, de Javier y Fabián. Una familia de barrio, de calle Monte Caseros, cerca del Parque Quintana. Precisamente, en esas calles de siesta se desarrollan los primeros 24 capítulos de esta crónica grande, comenzando con las travesuras de la Patota Rigoberto, pandilla inocente que asolaba las siestas de aquel entonces. Eran miembros de la misma los Almeida, los Kablan, Torcuato y Morgante, entre otros. Otros capítulos hablan de su perfil de ávido lector, incluso del diccionario, mientras hubiera contenidos interesantes. Ya de chico demostraba un gran interés por la información. En otros momentos de la crónica descubrí su lado bohemio, como poeta, con no pocas poesías escritas, como disc-jockey, amante de la música de los 80s, y fanático del grupo noruego A-ha, y su vocalista Morten Harket. También era hincha de River.Estos primeros capítulos de esta crónica exhiben las características salientes del muñeco: un tipo apasionado, temperamental y multifacético, atributos que madurarán con él en los siguientes 24 capítulos, donde en el personaje coinciden dos roles que lo definen. El haber elegido ser maestro y periodista habla mucho de su personalidad, de su responsabilidad social, de su comunión con el otro, de su compromiso con el saber y la información. Dicen que fue un torbellino. Lo era, pero con un eje de fierro. Quienes fuimos más allá de esa virulenta coraza encontramos una esencia de nobleza, de generosidad, de códigos de bondad. Un torbellino sí, pero que dejó huellas por donde fuera que pasara. Dan fe de eso quienes lo tuvieron de compañero de escuela, o quienes lo tuvieron al frente de su aula, o quienes compartieron la redacción de El Debate Pregón, o los Lagrenade, o los entrevistados, o los chicos de Prensa Municipal, o quienes lo tuvimos de colega.Respecto de su labor como periodista, a través de los 24 capítulos se puede confirmar su compromiso honesto y riguroso con la verdad, desde la búsqueda de la noticia hasta la producción de los contenidos. Por eso, cuando ese torbellino se apagó, dejó espacios vacíos en el pecho de muchos de los que lo conocíamos, vacíos que tienen que ver con su karma, ese que se hacía notar donde fuera que él fuera. Era imposible desconocer su presencia.Si hoy tuviera que escribir un epílogo para esta crónica de insuficientes 48 capítulos, me referiría a ese karma, ese que lo destacaba donde estuviera y que hoy está presente entre quienes compartimos con él algunos renglones de su historia. Es cierto, los capítulos son pocos, pero sobran para legarles a Casiano, Pedro y Beltrán un valiosísimo ejemplo de vida, que, tal vez hoy, por fresco, aún no puedan vislumbrar, pero que, conforme mermen los dolores, ellos irán descubriendo y capitalizando para sus propias crónicas.Esto es una síntesis de lo mucho que descubrí al chusmear la madre de las crónicas de Taky Almeida. Caprichosamente inconclusa, pero emocionante y rica.Norman
