La banalización de la injusticia social
Christophe Dejours (escritor francés) describe y se ocupa de estudiar la evolución de la relación del empleado con el trabajo en las empresas desde los años 80, en el mundo moderno, sus ideas suscitaron cierto escepticismo cuando publica sus libros en los años 1.998-99. Con el correr del tiempo estos datos se han confirmado en gran parte. La situación se ha agravado porque ni en Francia ni en el extranjero se tomaron medidas para promover, en materia de organización del trabajo, opciones que podrían ser mucho menos nocivas para la salud mental de nuestros contemporáneos.
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En todos los países del Norte las encuestas muestran que la salud mental en el trabajo sigue deteriorándose y que esto se traduce en costos exorbitantes (entre el 3 y 6% del PBI, según las estadísticas de cada país). Pero las consecuencias de las nuevas formas de organización del trabajo no solo se perciben hacia el interior de la empresa. La degradación de la relación con el trabajo tiene implicancias sobre toda la población (incluidos los jóvenes que todavía no trabajan), sobre la relación de los niños con la escuela y la educación, sobre aquellos que han perdido su empleo y están condenados a la precariedad, sobre la gente que vive en barrios donde nadie ha tenido un trabajo estable en muchos años y finalmente, sobre sus familias, que se ven obligadas a vivir con adultos mentalmente quebrantados a causa de su relación con el trabajo. La ciudad entera se ve afectada por estas nuevas formas de organización del trabajo que crean una creciente pobreza y generan, entre aquellos que excluyen, un resentimiento que acarrea el nacimiento de nuevas formas de violencia social que deterioran la calidad de vida en las ciudades y sus suburbios o periferias, dice el investigador.Dice Dejours: "La clínica del trabajo frente a la cual me vi confrontado en el terreno de mis investigaciones, me hizo testigo no sólo de un sufrimiento asombroso (que entonces comenzaba a generar suicidios en los lugares de trabajo), sino también de un cinismo y una determinación de los ejecutivos y directivos de empresa que lograron impresionarme como médico que soy. El "mal" estaba sin duda a la orden del día, con la particularidad de aparecer sin disfraces, sin "complejo". Las críticas al uso que he hecho del término han sido numerosas, no nos cabe duda, y muy a menudo irónicamente, ya que en el estilo típico de París reinante, evocar el mal sólo puede ser obra de un retrasado que no ha entendido que el "realismo económico" está más allá del bien y del mal. La progresión del sistema neoliberal, los daños humanos causados en su nombre y el consentimiento de la mayoría de nosotros a aportar nuestra contribución a su éxito, planteaba el problema de los límites."-"¿Quién, en esta progresión, podrá detener el impulso del sistema neoliberal? La mayoría de nosotros, que desaprobamos la manera en que los seres humanos son tratados por los nuevos métodos de organización del trabajo y de dirección, fuimos sin embargo cómplices de su éxito. El sistema que produce el mal y lo hace pasar por bien, ¿en qué se diferencia de un sistema totalitario, particularmente del nazismo?Me he esforzado, basándome en el método clínico, por poner al día los procesos que intervienen en el consentimiento para servir a un sistema que reprobamos, los procesos que intervienen en la participación en acciones que moralmente situamos del lado del mal, y creo haberlos identificado. Creo que es posible identificar, los eslabones intermedios de la servidumbre voluntaria, entre los que conviene reconocer un papel fundamental y específico al trabajo. Mi análisis de los procesos implicados en la adhesión a los principios de la gestión y organización de la empresa neoliberal aporta, a mi entender, una contribución al análisis de la colaboración de "buenas personas" con el sistema nazi. Lo que revela mi investigación sobre la servidumbre voluntaria en el sistema neoliberal es que la mayoría de la gente puede ser enrolada al servicio de un sistema del que sin embargo desaprueba profundamente sus métodos. Hay entonces buenas razones para que el investigador y el filósofo activen la señal de alarma. Lo que se requiere es coordinación, órdenes, instrucciones sobre cómo "trabajar juntos". Pero la hora de la acción no parece haber llegado, y parecemos más inclinados a permanecer en nuestro camino hacia la decadencia, si por este término entendemos la ruptura perjudicial de los lazos que, desde tiempos inmemorables, los hombres se han esforzado por crear entre el trabajo ordinario y la cultura."Tanto quienes han perdido su empleo como aquellos que no pueden conseguirlo, o volver a tener un empleo (y viven x lo tanto un proceso de desocialización progresiva) son hombres que sufren. Este proceso, conduce a la enfermedad mental o física, y estas producen un ataque contra las bases mismas de laidentidad. No todo el mundo comparte el punto de vista según el cual las víctimas del desempleo, la pobreza y la exclusión social serían también víctimas de una injusticia. La infelicidad que provoca el desempleo no es reconocida así por los que sí lo tienen o el ciudadano común. Esto sería según Dejours el "proceso de banalización de la injusticia social". El hecho de que en nuestra sociedad la injusticia y la exclusión infligidas a otro no produzcan movilización política alguna se debe a una disociación entre infelicidad e injusticia, para que no resulte tan angustiante el tomar conciencia, es un mecanismo de defensa para no sentirnos cómplices.Bibliografía:Dejours, C. (1980): Travail: Ursure Mentale, Quatrième édition revue ET augmentée (2008)Dejours, C. Conjurer la violence. (Violence, travail, santé),Editions Payot-Rivages, Paris.
