Adolfo Bioy Casares
Se inició en la escritura a los 11 años, cuando le regaló su primera novela a una prima de la que estaba enamorado. A los 14 escribe su primer cuento fantástico y policial: Vanidad o Una aventura terrorífica. A los 18 años, en 1932, conoce en casa de Victoria Ocampo a Jorge Luis Borges, con el que fundó la revista Destiempo. Juntos escribieron varios volúmenes de novelas policíacas, mezclados con observaciones irónicas sobre la sociedad argentina y suscritos con diversos seudónimos: H. Bustos Domecq, B. Suárez Lynch, B. Lynch Davis y Gervasio Montenegro. Su principal personaje es el detective Isidro Parodi.
En 1940, se casa con Silvina Ocampo y publica La invención de Morel, con el que obtiene el Primer Premio Municipal. En 1954 nace su única hija, Marta, y se publica El sueño de los héroes. Le otorgaron elPremio Nacional de Literatura en 1970 y el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1975.Entre sus títulos más destacados están: las novelas La invención de Morel (1940), Plan de evasión (1945), El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969), Dormir al sol (1973) y Aventuras de un fotógrafo en La Plata (1985), y los libros de cuentos El perjurio de la nieve (1944), La trama celeste (1948), Historia prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959), Historias desaforadas(1986) y Una muñeca rusa (1991). Publicó parcialmente sus memorias y el texto de dos filmes coescritos con Borges: Los orilleros y El paraíso de los creyentes (1955).En España, le concedieron, en 1990 el Premio Cervantes.Adolfo Bioy Casares falleció el 8 de marzo de 1999 en Buenos Aires, a los 84 años, por problemas de salud derivados de su avanzada edad. La muerte le sobrevino en el sanatorio bonaerense Cemic.Fotografía de Adolfo Bioy Casares tomada en 1968. Autora: Alicia D'AmicoPOSTRIMERÍAS(cuento)Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999)Cuando entró en el edificio, buscó las escaleras, para subir. Encontrarlas era difícil. Preguntaba por ellas, y algunos le contestaban: "No hay." Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y por subir otro piso. La circunstancia de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas, aumentaba su fe. En un piso había una ciudad, con plazas y calles bien trazadas. Nevaba, caía la noche. Algunas casas -eran todas de tamaño reducido- estaban iluminadas vivamen¬te. Por las ventanas veía a hombres y mujeres de dos pies de estatura. No podía quedarse entre esos enanos. Descubrió una amplia escalinata de piedra, que lo llevó a otro piso. Éste era un antecomedor, donde mozos, con chaqueta blanca y modales pésimos, limpiaban juegos de té. Sin volverse, le dijeron que había más pisos y que podía subir. Llegó a una terraza con vastos parques crepusculares, hermosos, pero un poco tristes. Una mujer, con vestido de terciopelo rojo, lo miró espantada y huyó por el enorme paisaje, meciéndose la cabellera, gimiendo. Él entendió que cuantos vivían allí estaban locos. Pudo subir otro piso. En una arquitectura propia del interior de un buque, en la que abundaban maderas y hierros pintados de blanco, halló una escalera de caracol. Subió por ella a un altillo donde estaban los peroles que daban el agua caliente a los pisos de abajo. Dijo: "Sobre el fuego está el cielo" y, seguro de su destino, se agarró de un caño, para subir más. El caño se dobló; hubo un escape de vapor, que le rozó el brazo. Esto lo disuadió de seguir subiendo. Pensó: "En el cielo me quemaré." Se preguntó a cuál de los horribles pisos inferiores debería descender. En todos él se había sentido fuera de lugar. Esto no probaba que no fuese la morada que le correspondía, porque justamente el infierno es un sitio donde uno se cree fuera de lugar.La francesa[Minicuento. Texto completo.]Adolfo Bioy CasaresMe dice que está aburrida de la gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan interrogándola en español: "¿Usted es francés?" y continúan con la afirmación en francés: " J'aime la France". Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar de su nacimiento ella contesta "Paris", todos exclaman: "Parisienne!", con sonriente admiración, no exenta degrivoiserie como si dijeran "comme vous devez éter cochonne!". Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella. Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprendo -no comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.FINLa salvación[Minicuento. Texto completo.]Adolfo Bioy CasaresEsta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo" -sin duda estaba pensando el tirano- "es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?" Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. "Por humildes que sean" -dijo indicando al pájaro- "hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros".FIN
