De regreso en “Las tierras blancas”
En la entrevista realizada a Deolindo Romero reapareció la pista en la memoria y se desnudó la cicatriz. Deolindo había vivido en las tierras blancas hasta los diez años. Cuando fue pibe, como pibe fue Odiseo. Desde que vivo en Gualeguay pienso en la relectura de la novela de Juan José Manauta. Desde que miré, ya no como visitante, el puente Pellegrini de este lado. El libro no ocupaba un lugar en mi biblioteca porque en su momento leí de prestado, y devuelvo los libros. En la librería Buena Letra conseguí un ejemplar. Me gustó observar que estaba en la vidriera: un espacio destacado para un escritor ilustre de la ciudad de Gualeguay.
Leí la novela allá lejos y hace tiempo. Aquella lectura se prendió en el rastro que comenzaba a dejar mi alma: hizo nido, formó señal, y se fue de certero puñal a la sangre, a las ideas. Así guardó su aroma durante treinta años. Hoy, el muchacho que fui mira desde lejos, como si mirara desde Gualeguaychú; y el hombre que soy respira en Gualeguay, en la otra orilla del río: el abrazo que nos separa y une. Tan distinta el alma en que, a su tiempo, fundamos nuestras almas simples: siempre fuimos varios. Él y yo reunidos, revisitándonos hoy entre las páginas de esta novela que leí en un puñado de días. Él y yo tan increíblemente distintos, y tan iguales en recuerdos de infancia, en los muertos que llevamos ardiendo en la memoria. Él tan inmortal, yo tan cercano a cada día. Pero hay una cercanía todavía mayor entre nosotros, y es el conocimiento acabado de lo que significa la infamia que vive el hombre que tiene hambre. Porque hay hambre en "Las tierras blancas". Por Manauta supo el muchacho, por releer a conciencia supo el hombre. En Gualeguay las descarnadas vivencias: "Las construcciones de Odiseo, sin embargo, revelaban un sentido que parecía simbólico: el hambre, en la primera etapa diurna del apetito cotidiano. Hasta se podía observar que llegadas a cierta altura imposible de sobrepasar, Odiseo sentía la necesidad de sustento. Al día siguiente crecían otra vez, a manera de juego. Pero era que el hambre, de ese modo, no quedaba satisfecha después de comer, aunque -lo que no era probable en esos contornos- se asistiera a un festín. El hambre no era sólo una pasajera necesidad de las vísceras, sino que las trascendía y llegaba a convertirse en un estado permanente y espiritual. El hambre persistía aún después de haber comido, puesto que cuando reaparecieran con esa fatal terquedad de la vida (como reaparecen -puesto que tienen que respirar- las cabezas de los macaes que bajan al río en las siestas de verano) la languidez y los dolores de estómago. Y aun cuando se los pudiera eliminar cada vez que aparecían (lo que allí era tan improbable como acertarle un tiro a la cabeza de un macá), el hambre persistiría porque ella iba incrustada en el alma. Desde antes de nacer los ha penetrado con esa avidez sustancial, contagiándoles el deseo indiferenciado de ingerir no importa qué alimento ni a qué hora del día y de pensar en ello, de estarse sometido a ello aún después de haber satisfecho el pasajero apetito.Si a través de los ojos de Odiseo asomaba algún rasgo de su secreto inmaterial, podía inferirse que el color del hambre se parecía al color de la tierra que manchaba su cuerpo: una especie de bivalencia de ese color blanquecino y gris, ingrávido y fatal".Odiseo construía torres de tierra blanca y agua jabonosa. Vivía junto a su Madre. El padre aparecía rara vez por el rancho ubicado en el desierto ribereño.Manauta cuenta a través de capítulos cortos la relación entre Odiseo y su Madre, refugiados en las tierras blancas: un lugar cuyo destino de lejanía protege su sustancia de olvido e injusticia: una lejanía tan cercana a la ciudad de Gualeguay. Sobrevivir es la idea primera para estos personajes, entre ellos la eterna relación de la pobreza y las monedas: "Los pensamientos precedentes acerca de las dos monedas de veinte centavos que aún no había guardado en la bolsa desembocaron en el recuerdo de la Madre, desde que tales monedas -y todas las que juntaría en el resto del día- serían para ella. Tal era su modo de valorizar y amar el dinero. El dinero era feo y poco gracioso; no servía para jugar ni para comer. Relacionado con la Madre, en cambio, se incorporaba al mundo de ella, como la batea de lata y el agua jabonosa que él utilizaba para sus torres. Desde ese mundo de la Madre provenían diversos dones, que él, directamente, aun utilizando monedas recolectadas en su diario periplo, no se hubiera atrevido a aspirar. No hubieran tenido el mismo gusto ni el mismo aspecto las cosas que, aun pagándolas él, no provinieran de la Madre, como no hubiera sido la misma un agua jabonosa que no proviniera de la conocida batea de lata".Aparecen personajes como el Panadero y el Pescador, en ellos Manauta refugia la posibilidad de la esperanza. Se identifican con una postura ética y una relación íntima con el paisaje. En las vivencias y comportamientos de estos hombres reside la oportunidad para que Odiseo pueda reafirmar el camino, iniciado a través de su mirada e intuición, hacia una toma de conciencia:Lea más en la edición impresa en papel
