¡¡¡ Feliz Navidad!!!
Esta fecha debería ser la comunicación fraterna con todos nuestros hermanos, en la confluencia del amor, la justicia y la unión de todos los seres en el mundo. Los pensamientos diferentes nos hablan de un enriquecimiento que amplían la visión del hombre. Es la enseñanza que nos da Cristo, que nació un 25 de diciembre, para perfeccionar nuestra condición humana y no ver en el otro un enemigo sino un hermano para enriquecer nuestra vida. Seguir a Cristo es bendecir la vida por el amor.
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MEELONÍAS-- NORMAN ROBSONNorman Robson (autor). Pertinaz, consecuente, con prosa llana asentada en intensas metáforas e ironías, no hay nada que nos detenga en la lectura, porque leer se vuelve la única manera de adueñarnos del alma de la historia. El relato se desliza por indicios que nos desafían y tópicos que se reinventan novedosos en cada relato. A veces oscuro, a veces luminoso pero siempre interesante.Nuestras felicitaciones al autor con el convencimiento absoluto de que MEELONÍAS pasará a formar el orgulloso bagaje de obras gualeyas. Excelente propuesta de lectura para disfrutar y asumir el placer del relato.Reproducimos palabras del autor que nos acercan más a su leitmotiv y construcción del sentido poético de su obra y, a continuación, dos textos como adelanto de un libro que debe estar en todos los estantes."Empachado de tanta emoción por haber materializado un sueño, por haber cumplido con un compromiso, por haber cerrado una etapa, por haber recibido tanto acompañamiento.El sueño fue honrar la ausencia de Meel materializando mis primeras Meelonías, el compromiso fue sentar un ejemplo tangible sobre los beneficios emocionales de la escritura, y la etapa es esa de gestación donde alguien que escribe se somete a la sociedad para saber si es escritor." N.R.El último irreductible Él venía errando, ya muy viejo, por la virginidad de los bosques de ñandubay y espinillo en busca de raíces tiernas, siempre atento a algún desprevenido animal silvestre que pudiera cazar. Sino, se conformaría con chucear algún sábalo lento en las lenguas del gran río.En la soledad de la mañana, al final de la temporada de los días largos, se tomó un descanso. Con la mirada perdida en el gran río, invadido por el aroma agreste de la costa, recordó a su amada. Pudo ver en su memoria la última imagen de ella, junto a sus hijos, despidiéndose desde la toldería. De inmediato, su arrugado semblante se transformó. La sangre le hirvió al recordar, también, el humo y el olor a sangre con que se había encontrado a su regreso, solo unos días después. Había sido la última campaña de los españoles por esos pagos.Desde aquel entonces, la tierra de los ríos se rendía a sus solitarios pies, andando y desandando senderos, dándole tiempo al tiempo, siempre cargando consigo la furia y la impotencia de la historia. Solo, despojado de los suyos y de su gente, hoy cargaba inconsciente el peso de ser el último de los suyos.Su saca de cuero cimarrón bien sobado, colgando de su mano izquierda, ya tenía suficientes raíces y semillas para sobrevivir hasta el día siguiente. Igualmente, su lanza, con punta de hueso, aún presta a pesar de sus años, descansaba atenta sobre su mano derecha.Él era el último irreductible, así lo llamaban ellos, que lo habían visto vagar a lo lejos, para desaparecer fundiéndose entre los pajonales. Él era el último heredero viviente de los matadores de Garay, de los sobrevivientes del Yi, de la matanza de Frutos, allá en su cerro. Por sus venas todavía corría sangre charrúa, sangre guerrera.El sol ya subía rápido y erraba por la costa de su gran río, solo acompañado de su fauna, celebrando la naturaleza con sus gritos de vida. Mientras se mojaba los pies en las aguas de un arroyo que vertía en su río, aprovechó para refrescarse y beber suficiente para enfrentar al sol en su cénit.Repentinamente, algo cambió en el ambiente. Su instinto lo obligó a apretar fuerte la lanza. Sus sentidos se agudizaron. Su cuerpo se agazapó. Sus pasos se hicieron cautos y silenciosos. Oteó el territorio en busca de aquello que lo alertó.Allá, hacia el sur, donde doblaba su gran río, en la margen opuesta, pululaban coloridos sujetos, mientras el sol se reflejaba en sus metales. Eran ellos. Sus ojos se tiñeron rápidamente de furioso odio.Ágilmente, a pesar de sus menguadas fuerzas, se trepó a un añoso ñandubay y se acomodó para observar, desde allí, a su enemigo. A pesar de sus muchos años, su vista aún estaba intacta.Ciertamente eran ellos. Mientras mascaba algunas raíces pudo contarlos. No eran más de ciento cincuenta, todos alborotados en altisonantes debates. Desde su mirador pudo observarlo todo, mientras su furioso odio se iba diluyendo en la resignación. Él sabía que ya todo estaba perdido. El destino se haría cargo.Más calmo, vio que allá en la costa se destacaban los guerreros de acero, todos en incondicional obediencia a su jefe. También pudo apreciar dos figuras, de largos vestidos marrones, en evidente enfrentamiento. Las acaloradas deliberaciones y discusiones que dominaban aquella escena llegaban con el río.Los debates duraron lo que duró el día y parte de la noche, a la luz de un gran fuego. Él, aún sobre el ñandubay, ya terminadas las raíces, fue encontrando su sueño.La lejana fogata, el bullicio que le traía la brisa, los ruidos y los aromas típicos de la noche costera, junto a la complicidad de la luna, conformaron su cortejo final. Aquel fue el indiferente marco de su despedida, en su viaje al encuentro con los suyos. Así moría el último irreductible, al mismo tiempo que, a la vera opuesta de su gran río, nacía la Villa de San Antonio del Gualeguay Grande.Al poco tiempo, una nueva creciente vino a bautizar la nueva villa, vino y lo bañó todo, llevándose con ella los restos de aquel viejo guerrero, el último de los minuanes.Pero mal que le pese a la historia, su espíritu aún reina en nuestras tierras envuelto en las brisas del silencio, dominando los llanos bajos y las cuchillas altas, el río cerrado y el río abierto.Su espíritu sigue errando por nuestras tierras, como burlándose de nuestros eternos desaciertos, de nuestros desencuentros con la naturaleza, sufriendo la merecida pena de los usurpadores.LEA MÁS EN LA EDICIÓN IMPRESA EN PAPELNota colaboración Prof. Selva Olivera
