Julita Saizar
Esta no pretende ser una nota necrológica. Lejos de eso está mi intención al escribirla. Estas palabras, nacidas de mi corazón, más que de mi condición de escritora, pretender ser una celebración. La celebración de una vida plena y vivida con la intensidad que tienen las almas grandes.
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Conocí a Julita allá, por nuestra lejana adolescencia y siempre me conmovió esa sonrisa luminosa que ella tenía permanentemente cuando se comunicaba con otros seres humanos. Teniéndolo todo en la vida: salud emocional e intelectual, belleza física e interior, posición social y holgura económica, pudo haberse envanecido de ser dotada por tantas gracias divinas. Pero ella eligió la sencillez, el servicio bien entendido como tal, al prójimo; el prójimo que era cualquier ser humano que se acercaba a ella, en busca de una ayuda; tal vez porque reconocía intuitivamente su vigor espiritual, que no decayó nunca, a pesar de haber vivido experiencias tremendas que hubieran sepultado en un pozo sin salida a otras personas, con menos fe que ella. Tuvimos el placer y el honor de compartir con ella los servicios de Lucecitas, donde la gente, y yo misma entre ellas, aprendíamos a servir con amor. No como una obligación social ni como un rótulo de aparente humildad; sino sintiendo la felicidad que sólo se siente cuando se colabora con una obra maravillosa y las personas se sienten parte de algo mucho más grande, que camina y prospera; y va levantando, con su pequeña contribución, las limitaciones de un grupo humano; va transformándolas en pequeños triunfos del amor, sin esperar ninguna otra recompensa, más que el hecho mismo de ver progresar en la vida a los niños especiales; con otras aptitudes, que no son las comunes, pero que suelen desarrollar otras cualidades, muy valiosas por cierto. Cuando se nombre o se recuerde a Julita Saizar en la presencia de todos los que la conocimos y somos testigos de su caudal de amor, no será sólo su rostro el que evoquemos. No será sólo su presencia física, sino también la energía de su amor, de su sonrisa sanadora y la presencia inclaudicable de su fe en una Realidad mucho más grande, más justa y más maravillosa, que es la humana. Julita: ya sé dónde estás ahora, con el Padre, acompañada del amor de tus seres queridos que te precedieron en el tránsito a la Eternidad. Tuky Carboni
