LAS FRUTAS DEL MBURUCUYA
Mamá, o Abu-Zete , todas las noches nos contaban un cuento, para hacernos dormir. Y otras veces Cata, nos cantaba y nos cantaba, sentada al borde de la cama:
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"El pañuelito blanco /que te ofrecí/bordado con mi pelo/"es todo lo que recuerdo de esa canción. Pero a los cuentos los recuerdo a todos.En el borde del alambrado de tía Elena, vimos un día, con Juan, una planta que tenía unas flores azules y muy raras. Además eran hermosas, nunca habíamos visto nada igual. Y entre las flores había muchas fru¬titas rojas, cortamos una, y la probamos, nos gusto y comimos varias. A la noche los dos estuvimos muy mal y papá llamo al Dr. Beracochea, porque no sabían que nos pasaba. El médico nos miro muy serio, y mirándo¬nos con ojitos cómplices nos preguntó: -¿Que comie¬ron ustedes hoy?- Y como sabíamos que no se debía mentir, le contamos todo. Se rió, y dijo, mirando a papá y a mamá que estaban muy preocupados:-No es nada, con esto se les va a pasar.- Y nos dio un medicamento, para que se nos pasara el dolor. Al rato no teníamos nada, pero no nos podíamos dormir. En¬tonces mamá, se sentó con nosotros en la cama y nos contó este cuento, que nunca pude olvidar.Las frutas del mburucuyáEra la hora de la siesta y los padres de Ramón descan¬saban. Él no se podía dormir y tenía ganas de escaparse un ratito pero su mamá siempre le decía que no debía salir solito al patio y menos a la siesta para que el señor sol no le hiciera daño. Además, debía cuidase mucho de la solapa, que a esa hora se paseaba por los jardines soleados, para atrapar a los chicos desobedientes que se escapaban sin permiso.Ramón nunca la había visto. Sus amigos lo asustaban contándole cosas que le daban mucho miedo. Le de¬cían que la solapa era una vieja mala, muy mala, pero él nunca la había visto, porque sus papás no lo dejaban salir a esa hora al patio. Al patio grande como el cielo, sin alambrado y cubierto de plantas y nidos de pájaros, que a él le gustaba mirar cundo su papá lo levantaba y podía asomarse sobre el nido para ver los huevos o los pichoncitos. -Pío, pío,pío-.Se sentó en la cama y comenzó a mirar por la ventana. ¡Que lindo estaba afuera! El sol se reflejaba en un char¬co de agua donde se bañaban los patos que nadaban felices a esa hora de calor. Ramón los miraba embele¬sado, hasta que no pudo más y, casi sin darse cuenta, salió caminando. Vio reflejado algo redondo y muy rojo, justo sobre la tortuga Felipa, que también estaba disfru¬tando del fresco. ¿Qué era eso?, iba a llamar a su padre para preguntarle, cuando vio prendidas de un árbol un montón de pelotitas rojas que colgaban de una enreda-dera. Mientras que un picaflor sobrevolaba sobre una de las flores que era redonda y azul. Quiso atraparlo y se levantó corriendo, pero el animalito desapareció rápida¬mente.Ramoncito se quedó muy quietito, luego alargó su mano y trató de sacar uno de los redondeles rojos. Esta¬ba tan tierno que cundo lo apretó se le rompió entre los dedos y un montón de semillitas negras se le resbalaron y no podía sostenerlas...Quedó asombrado, y sin poder contenerse se la acercó a los labios y sintió un sabor agradable, tan agradable que se lo comió. Era muy rico, entonces cortó otra y otra, y comió tantas pelotitas rojas hasta que no quiso más. Y se sentó abajo del árbol por donde trepaba la enredadera.¡Qué ricas eran! Muy quieto siguió mirándolas hasta que se quedó dormido. Y Ramón se durmió, se dur¬mió tanto que cuando su mamá se despertó y no lo encontró en la cama, comenzó a llamarlo y llamarlo: -¡Ramón, Ramón!- Pero él no oía nada, estaba profun-damente dormido. Entonces su mamá salió al patio y lo vio. Se asustó mucho porque el nene estaba dormido debajo del señor sol, que a esa hora quemaba mucho.-¡Cómo te has dormido, hijito! -dijo su mamá-. ¡No sabes que el sol a esta hora es malo y enferma a los chi¬quitos que salen al patio y se quedan dormidos!Quiso despertarlo, pero no pudo.¡Ramón, Ramón!- repetía, pero el gurisito no se desper¬taba. Entonces lo tomó en sus brazos, lo besó mucho, mucho y lo acostó en la cama.La pobre madre llamó desesperada a su Juan, que vino rápido. Tenía el cuerpo muy caliente y notaron que sus manos y su boca estaban manchadas de rojo. ¡Ha co¬mido mburucuyá!, dijo el padre. Sí -contestó la madre-, pero no son venenosos.¿Qué vamos a hacer ahora? No sabemos cuanto ha co¬mido, ¡y calientes! Llamaremos al médico, yo voy ense¬guida dijo el padre. Salió al patio, montó su tordillo y salió al trote.Cuando llegó al pueblo se dirigió al consultorio del doc¬tor que lo atendió muy bien. El doctor Marcelo llamó
