SUSY QUINTEROS
Sus manos recogieron fechas, reminiscencias, sabores y cartas. Lazos familiares le dejaron una pared que adornó con cuadros y una planta que floreció mil veces. Los colores escondieron quejas, la forma multiplicó espacios, sutiles hallazgos enredaron el sentimiento y la creación. Supo que nació para soñar en lugares donde los sueños son extraños. Fue y vino en colectivos, contó monedas, subió escalones agazapada en regresos, donde siempre había un silencio que la desconocía. Nunca la asustó la gran ciudad. El anonimato le permitió ser verdadera, llevar un portafolio de minutos dados al desierto, no ser nombrada, anclar la mirada en cúpulas y ventanas. Nada le contaminó el ánimo. A pesar de los días con horario y boina gris, hubo atardeceres en bares con buen café y conversaciones de almas. La búsqueda llevó un tiempo largo. Todo olvidó la candorosa. El día de la redención, compró una caja, la hizo mágica, se encerró en ella y la arrojó al río de lo perdido.
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El secreto"Gracia ordenada en lomas y en parecidos riachos. En su anchura porfían los hombres con la suerte..."(Luz de Provincia - Carlos Mastronardi)Reinaldo Ascúa era un ser distraído con su propia interioridad. En ocasiones, un agotamiento del espíritu le dejaba en la cara signos de adultez que no condecían con su edad. Su dimensión del mundo se guardaba entre el atardecer y la noche, esa hora imprecisa en la que el día no quiere desaparecer pero tampoco puede quedar. Con los escasos elementos que le daban sus horas solitarias, armaba y desarmaba infinitas historias con una imaginación que no le daba sosiego. -Mi cabeza es una rueda que no para -decía, cuando el dolor, le llenaba la frente de negrura. Esa mañana no había sido luminosa. Pájaros grises aletearon sobre la tierra y en intervalos de picoteo y vuelo le dejaron movimiento a un campo cuya sordera a veces lo aturdía. Trabajó poco; el día anterior le había dejado un cansancio quejoso, después de doce horas arriba del arado. Con las ganas volteadas se dio un respiro de tabaco y algunos vasos más en el almuerzo. Nunca había sido besado. Lo crió una abuela diligente de ásperas maneras y en sus recuerdos de niño no aparecían demostraciones de ternura. Venía de una sucesión de vidas y muertes que lo instalaron a su debido tiempo en el lugar en que estaba. Su criadora, la madre de su padre lo mandó tres años a la escuela, suficientes para que aprendiera a leer y hacer algunos cálculos. El hombre que le había dado la vida era de pocas palabras y mucho trabajo. Lo veía entre sueños, siempre con un mate amanecido. Se perdía después en el campo, siempre solo, salvo en las cosechas cuando llegaba la máquina trilladora y el verano y los peones cambiaban las cosas de lugar. Por las noches, la fatiga le acentuaba el mutismo, y con un "hasta mañana si Dios quiere", ocupaba el catre pegado a la pequeña ventana. De la madre nada sabía, nadie la nombraba. En una ocasión se atrevió a preguntarle a la abuela, y la respuesta escueta y definitiva, le ahuyentó para siempre las ganas de saber. -Por hay andará, vaya uno a saber -le dijo-, acá no le gustaba; se fue con el que le regaló un vestido celeste. Desde entonces se la imaginó como la virgen de la capilla, volando por los cielos, intocable y linda como un ramo de nubes. La dueña de los quehaceres, murió un atardecer siguiendo los rumbos del sol, como debía ser según esos designios que ya no eran sorpresa. A ese hombre sin palabras, la tristeza le envileció la sangre para siempre. De otras mujeres ni hablar, las detestaba. En las raras ocasiones en las que el patrón llegaba con la suya, se notaba el malhumor de sus ojos maliciosos que miraban para otro lado.Reinaldo Ascúa pasó a ocupar el lugar de la única que tuvieron cerca. Cocinaba, ordenaba el rancho y lavaba la ropa pero jamás planchó. La plancha a carbón que se calentaba con brasas para alisar las prendas quedó en el estante, alejada de su realidad. Andaban con la ropa arrugada pero limpia. Con quince años a cuestas, el trabajo era su despertar, su mediodía, y su noche. Dominaba como adulto cada tarea: siembra, animales, gallinero, quinta y el permanente arreglo de alambrados y de todo lo que se rompía. -Traiga pa'cá -decía el padre- todo tiene arreglo; y esa habilidad arregladora, recibida en herencia de rutinas, había pasado a su propio acopio de saberes.Al día siguiente de cumplir los veintitrés, la voz del padre le clavó un cuchillo en el cuerpo: -Estoy jodido m'hijo, lléveme a la casa del dotor, apúrese. Ató el sulky y a los tumbos por el camino de tierra poceada, lo llevó al pueblo. Callado como vivió murió el taciturno. Nunca pudo entender los alcances de esa palabra extraña que dijo el médico, "peritono" o algo así. La tardecita se llevó los cincuenta y tres años de su vida sin alegría. Lloraba un incendio sobre los animales, que, lentos, se iban acomodando a los grises contornos del campo, ese campo entrerriano que tenía la belleza sin igual de la sencillez. El crepúsculo redimía lo que el día negaba. A partir de ese hecho, el morochito del El Paso se instaló en una soledad que fue definitiva, un peldaño más en la escalera de ausencias. No supo llorar, ni estar triste, ni preocuparse por lo que vendría. Todo estaba ahí, en las paredes prolijas de barro y paja de ese rancho con alero sin macetas de flores, sin fotografías, sin olor a mujer, sin radio ni carcajadas. Una vez más y como siempre, se sentó de cara al atardecer, mirando al oeste, para despedirse del sol que desaparecía detrás de los paraísos. -Ahora estoy solo como vos, -le dijo al inmenso medallón del cielo- por eso te acompaño cuando te vas, nadie quiere estar solo al morir.Reinaldo Ascúa era un entendido en cosas de animales; pero de la gente nada sabía. Cada dos viernes iba al pueblo, un pueblito de estación de trenes, de pocas casas y pobres acontecimientos. El almacén de Ramos Generales y Acopiador de Huevos y Cereales, de Don Carlos, era su meta obligada y previamente establecida por arreglos ajenos. Allí encontraba todo: comestibles, pan, ropas, semillas, herramientas y bebidas. El almacenero anotaba todo con suma prolijidad en una pequeña libreta con tapas de hule negro. También ahí vendía 13 el patrón sus cosechas, los huevos, las naranjas y limones. Entre ellos se arreglan; los que tienen plata siempre se arreglan. Él no sabía nada de esas cuestiones. -De ese asunto me encargo yo -había dicho el patrón- ustedes tienen todo lo que necesitan en el almacén. Y era cierto. Hasta las grapas que el padre tomaba, servidas en unas copitas petisas de vidrio grueso, unas copitas que se perdían en sus manos pasaban a la famosa lista. Un crepúsculo morado, distinto a todos, estaba sentado como acostumbraba sobre el banquito de madera que tenía encima un cuero de oveja, cuando vio pasar hacia el horizonte una bandada de tordos renegridos. -Sería lindo volar como ellos, pensó- así podría tocar la cara del Sol Díaz, mi amigo de allá arriba. Lo de ponerle nombre al sol se le ocurrió el día que conoció a Antonio Díaz, un jovencito conversador y chistoso que llegó un verano para la cosecha y al que le envidió las ganas de reír. Desde entonces, ante cada poniente aparecía en su imaginación la idea de que el sol era una persona mandada por leyes que nadie podía entender, repitiendo caminos de silencio y lejanía, inalcanzable como la madre perdida. -Pucha que estás pálido -le decía en días nublados- a ver si mañana te venís con mejores ganas. En veranos muy calurosos le reprochaba el achicharramiento de las plantas y de los animales, y en los inviernos le agradecía la tibieza de algunas tardes que lo dejaban terminar tranquilo sus traqueteos. El morochito de "El Paso" descubrió una mañana que el fresno había crecido torcido y se encimó a uno de los costados del rancho. Lo habían plantado muy cerca y ahora sus ramas caían sobre las pajas. Con prolija lentitud fueron y vinieron las paladas de tierra. El sudor le enturbiaba los ojos. Suspendió la tarea hasta después del almuerzo y una vez comido, desperezado y con los platos limpios volvió a insistir. Cuando el hoyo tocó la pared, cavó del otro lado. De pronto, la palarebotó contra algo duro; insistió creyendo que eran siempre las obstinadas raíces, pero ante sus ojos bizcos de incredulidad aparecieron restos de maderas y un esqueleto de pelo negro y lacio vestido con jirones de tela celeste. Veinte años más tarde, alguien dijo que al almacén de Ramos Generales y Acopiador de Huevos y Cereales del hijo de Don Carlos, llegó un hombrecito flaco de pelo blanco y escaso, medio chiflado, que tomó dos cañas y se marchó. En la escueta conversación que mantuvo con otro parroquiano dijo que él pasaba nomás porque seguía al sol.
