Turismo en Gualeguay: ¿potencial dormido o decisión postergada?
En Gualeguay, la palabra turismo aparece con frecuencia en discursos, folletos y conversaciones. Se la pronuncia con orgullo, casi como una certeza instalada. Pero cuando baja la espuma de los grandes eventos y el calendario avanza, surge una duda inevitable: ¿el turismo en Gualeguay es una política sostenida o apenas una suma de buenos momentos?
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La ciudad ha demostrado, una y otra vez, que sabe atraer visitantes. El carnaval es prueba contundente: organización, identidad, convocatoria y proyección. También lo son las fiestas populares, el río como escenario natural y una ubicación estratégica que la vuelve accesible para escapadas desde grandes centros urbanos. Nada de eso es menor. El problema no está en lo que Gualeguay tiene, sino en lo que todavía no logra consolidar.
Porque una ciudad turística no se define solo por sus picos de ocupación ni por la cantidad de público en una noche de corso. Se define, sobre todo, por lo que ofrece cuando no hay espectáculo central. ¿Qué encuentra el visitante un martes cualquiera? ¿Qué alternativas reales tiene una familia, un joven o un adulto mayor si se suspende un evento o si la visita ocurre fuera de temporada?
Ahí aparece el vacío. Falta una agenda permanente, faltan espacios recreativos que funcionen todo el año, falta una decisión clara de transformar atractivos aislados en una red turística integrada. La ausencia de propuestas como un parque acuático —que en ciudades vecinas demostró impacto real—, la escasa visibilización de balnearios privados como parte de una oferta conjunta, o el eterno proyecto termal que nunca termina de materializarse, son señales de oportunidades perdidas más que de imposibilidades.
Incluso en ámbitos donde Gualeguay ha avanzado, como el automovilismo, la falta de previsibilidad —un calendario claro, una programación sostenida— vuelve a dejar la sensación de que todo depende del “cuando se puede” y no de una estrategia definida.
El turismo no se improvisa ni se sostiene solo con buena voluntad. Requiere planificación, inversión y, sobre todo, continuidad. Requiere pensar al visitante, pero también al vecino: porque los mismos espacios que hacen atractiva a una ciudad para quien llega, mejoran la calidad de vida de quienes viven en ella.
Tal vez la pregunta de fondo no sea si Gualeguay es o no una ciudad turística, sino si está dispuesta a serlo en serio. Si está dispuesta a dejar atrás la lógica del evento aislado y apostar a un modelo que funcione los doce meses del año. El potencial está. La decisión, todavía, parece estar en pausa.