Pbro. Jorge H Leiva
6 de agosto
Yo era un muchachito de 14 años y recuerdo que en una tarde nublada de 6 de agosto llegué a la casa de una amiga, Carolina, y con cara asustada y triste me dijo “Murió el papa”: era el año 1978, había muerto Pablo VI en el día de la Fiesta de la Transfiguración cuando los cristianos recordamos el día en que Jesús subió al monte Tabor y en presencia de Pedro Santiago y Juan se transfiguró dejando anticipar su gloria. Quedamos paralizados.
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Un tiempo después leí que un monje de medio oriente había escrito ese día acerca del difunto sucesor de Pedro: "El profeta todos los días subía al monte de la contemplación...ese día 6 de agosto ya no bajó".Con el tiempo supe después que este día es también aniversario de la horrenda explosión de la bomba atómica en Hiroshima. La luz de aquella explosión es la contracara de la luz del monte de la Transfiguración porque es luz de muerte odio y destrucción.En algo-sin embargo- se parece la luz del Tabor y la luz de aquella ciudad de Japón: en la sangre de inocentes derramada.Cuenta el Padre Arrupe, sacerdote jesuita que sobrevivió a ese espanto en esa ciudad: "Recuerdo a una muchacha japonesa de unos 18 años. La había bautizado yo tres o cuatro años antes y era cristiana fervorosa: comulgaba diariamente en la misa de 6,30 de la mañana, a la que venía puntualmente todos los días. Después de la explosión de la bomba atómica de Hiroshima, recorría yo un día las calles destrozadas, entre montones de ruinas de toda clase. Donde estaba antes su casa, descubrí como una especie de choza, sostenida por unos palos y cubierta con hojas de lata: me acerqué y quise entrar, pero un hedor insoportable me echó hacia atrás. La joven cristiana -se llamaba Nakamura- estaba tendida sobre una tabla un poco levantada del suelo, con los brazos y piernas extendidas, cubierta con unos harapos chamuscados. Las cuatro extremidades estaban convertidas en una llaga, de la que emanaba pus. La carne requemada apenas dejaba ver más que el hueso y las llagas. Así llevaba 15 días sin que la pudieran atender y limpiar, comiendo sólo un poco de arroz que le traía su padre también mal herido(...) Anonadado ante tan terrible visión no sabía qué decir. Al poco tiempo Nakamura abrió los ojos y, al ver que era yo quien estaba allí sonriéndole, mirándome con dos lágrimas en sus ojos y en un tono que nunca olvidaré, me dijo, tratando de darme la mano: 'Padre, ¿me ha traído la comunión?'.¡Cuántas cosas serias y bellas para meditar este domingo!: Sólo la cruz del servicio es camino de gloria, la santidad de un sucesor de Pedro el papa beato Pablo VI, el espanto de la guerra, la primacía de la comunión con el Cuerpo de Jesús.Y... que Carolina había entendido que hay que prestar atención a la vida y la muerte de los profetas.
