Año nuevo: virus de la guerra y deseos de paz
Al llegar al fin de año tenemos una hermosa oportunidad de hacer una triple práctica espiritual:
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Por un lado, es bueno agradecer lo vivido y sus enseñanzas, por otro pedir perdón por lo que no hemos realizado y tendríamos que haber hecho y también por aquello que expresamente hayamos realizado sin amor y por último el fin de año es momento de pedir nuevas gracias al Cielo para el nuevo tiempo que se acerca pues siempre un nuevo ciclo vital es fuente de esperanza.
En la iglesia católica ocho días después de la Navidad contemplamos y celebramos a María de Nazaret como Madre de Dios admirando así su vocación más íntima: la de ser Madre del Hijo Amado.
Los papas, al comenzar el año, desde hace ya varias décadas nos invitan a rezar especialmente por la paz. Comparto algunas líneas del mensaje que el papa Francisco ha dado para esta jornada mundial de la paz: El lema es “Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz”.
Dice el sucesor de Pedro: “… en el momento en que nos atrevimos a esperar que lo peor de la noche de la pandemia del COVID-19 había pasado, un nuevo y terrible desastre se abatió sobre la humanidad. Fuimos testigos del inicio de otro azote: una nueva guerra, en parte comparable a la del COVID-19, pero impulsada por decisiones humanas reprobables. La guerra en Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo; también afecta a quienes, incluso a miles de kilómetros de distancia, sufren sus efectos colaterales —basta pensar en la escasez de trigo y los precios del combustible—.
(…) esta guerra, junto con los demás conflictos en todo el planeta, representa una derrota para la humanidad en su conjunto y no sólo para las partes directamente implicadas. Aunque se ha encontrado una vacuna contra el COVID-19, aún no se han hallado soluciones eficaces para poner fin a la guerra. En efecto, el virus de la guerra es más difícil de vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino del interior del corazón humano, corrompido por el pecado (Mc 7,17-23).
¿Qué se nos pide, entonces, que hagamos? -se pregunta el papa- En primer lugar, dejarnos cambiar el corazón por la emergencia que hemos vivido, es decir, permitir que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y de la realidad a través de este momento histórico. Ya no podemos pensar sólo en preservar el espacio de nuestros intereses personales o nacionales, sino que debemos concebirnos a la luz del bien común, con un sentido comunitario, es decir, como un “nosotros” abierto a la fraternidad universal. No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y nuestro planeta, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común (…)
Y repite bellamente el sucesor de Pedro: “las diversas crisis morales, sociales, políticas y económicas que padecemos están todas interconectadas, y lo que consideramos como problemas autónomos son en realidad uno la causa o consecuencia de los otros. Así pues, estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión.
Concluye el obispo de Roma diciendo: “A todos los hombres y mujeres de buena voluntad, les deseo un feliz año, en el que puedan construir, día a día, como artesanos, la paz. Que María Inmaculada, Madre de Jesús y Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero”.