Beveraggi y Romay en el recuerdo de Luis Garibotti
Cuando se teme por la pérdida de valores creo que debemos recuperar al menos dos; la solidaridad y el agradecimiento. Hoy quiero testimoniar mi permanente agradecimiento al Dr. Enrique Beveraggi de cuya muerte me enteré tarde. Me hubiese gustado poder decirle de mi permanente agradecimiento por sus gestos generosos.
Asistió a mi pedido por tres queridos amigos. El primero fue ahí en Gualeguay. Los estudios no eran alentadores y me dijo algo que recordaré siempre: "Tenemos que lograr que el enfermo que hoy no tiene cura este vivo mañana cuando descubramos el nuevo tratamiento". La esperanza a flor de piel. Años después otro amigo, Alberto, me pidió por su hermano, internado en un sanatorio del Gran Buenos Aires. Quería que el Dr. Beveraggi lo viese. Era la esperanza. -Si me dijo, pero estoy sin auto; Usted me puede buscar y vamos? -Y el sábado a primera hora pasé por su casa y con la humildad de los grandes asistió al amigo enfermo. Después la vida me permitió conocerlo más de cerca. Y vi, al que seguro sería serio y concentrado en el quirófano, mostrándose como un tipo alegre, contando como un brillante Luís Landriscina retratos risueños de su querida Chaco. Fue en una cena de RUS donde se me concedió el honor de compartir su mesa. Ahí conocí a su esposa, Margarita, de una sonrisa cálida y comprensiva. Fue ella la que atendió mi último llamado pidiendo por otro querido amigo. Y fue Margarita, médica como él quien me dijo: -Enrique no lo podrá atender, pero tengo al mejor para que lo haga; es nuestro hijo Enrique-. Y allí estuvo Enrique Beveraggi hijo, honrando a su padre y a toda una tradición de médicos, en el querido Hospital Italiano, sin demoras, claro en el diagnostico, sincero pero alentador para con el enfermo que llega buscando la cura, el alivio, la mano cálida. A toda la familia Beveraggi mi agradecimiento siempre. Y ojalá su ejemplo se conozca, se difunda, cuando pareciera que no encontramos en quien parecernos. Cuando casi cerraba estas líneas me llega la noticia de la muerte de Alejandro Romay. Me lo anunciaron amigos que sabían de mi afecto por él. No me sorprendió porque sabía de su penosa decadencia. De esa tragedia que nos deja sin recuerdos. Sin reconocer los rostros amados. Si me dolió mucho si porque estuvimos muy cerca; porque me abrió su casa y me invitó a su mesa. Trabajé con él en una de sus radios, en Feeleing y con ella viajé por el país y el mundo porque fue novedosa y recogimos reconocimientos. A partir de allí pude verlo de cerca. Cálido, generoso, gran conversador, a veces desbordante, de lo que el mismo se reía. Primero fueron las oficinas de la avenida Figueroa Alcorta. Después las del nuevo edifico pero en la misma gran mesa que podría contar mil historias de contratos, acuerdos y desacuerdos. Me dedicó libros, recitábamos a nuestros poetas preferidos y me contó mil historias. Incluso aquella de su Tucumán natal cuando le preguntó a su madre, a la que siempre llevó con él; -"Mamá, todos van a rezar a la iglesia; nosotros a cual vamos? Y su madre le dice: entra a esa, refiriéndose a un templo cristiano, y hablá con Jesús, el que está en la cruz, él también es judío como nosotros"-. Y me habló de Yupanqui, de cómo se conocieron, de la vieja Radio El Mundo, de Lita, su esposa, de la Zwi Migdal, que tuvo sus sórdidos calabozos en los terrenos de Gelly donde se levanto después su canal y de mil cosas más. No fui a su velatorio porque no me gusta ese que suele ser un desfile obsceno de vanidades. Si le rendí mi homenaje en silencio. Como se lo quiero rendir a Enrique Beveraggi, gran médico y persona. Como a todos los que hacen bien lo suyo y nos dejan su ejemplo para iluminarnos el camino. Es el ejemplo y es a la vez el compromiso permanente de tratar de ser mejores en lo nuestro, y esencialmente tratar de ser mejores personas.
