Espacio Literario
Carta abierta de Tuky Carboni para Estela Beatriz Diez
Mi querida y admirada amiga Tuky Carboni me ha solicitado publicar en mi espacio una carta para Betty Diez, esa mujer maravillosa que se ha visto sorprendida por el dolor más grande que puede sufrir una madre. Sin más palabras, me uno a ellas en un apretado abrazo.
Querida, querida compañera: Sé perfectamente que en el estado emocional por el que estás atravesando, casi no hay consuelo. Estás todavía en la perplejidad, en el asombro doloroso, en el creer que estás soñando un mal sueño. Después vendrá la angustia, el dolor propiamente dicho, que arde como una llaga en carne viva. Después, la malsana tentación de sentirte víctima y pensar ¿por qué esto me pasa a mi?; y de renegar de la Vida y hasta de Dios. Es casi natural; es propio del ser humano reaccionar así. Pero no te detengas demasiado tiempo en esa fase; porque el daño que le hacemos a lo más sagrado de nuestro ser es más cruel que la propia pérdida. Tu hermoso hijo se marchó llevándose tu imagen de mujer luchadora, de mujer solidaria, fuerte para sostener a otros (y pienso en tantas actitudes tuyas de compañerismo sano y comprometido, en la adolescencia...) luminosa, llena de afecto por todos los sufrientes, generosa, dotada para el amor. No permitas que desde donde ahora está tu amado hijo, contemple tu caída en la desesperación. Recordá aquella dorada edad en que teníamos toda la vida por delante; los proyectos, los planes, la esperanza en el futuro. De ese racimo de jóvenes llenas de fuerza vital, a varias nos ha tocado tener que despedir un gajo de nuestra sangre y la mitad del alma: Cristina Walter, Cristina Etcheverry, Lucrecia Ceballos... La primera se refugió en el amor de su compañero de vida, de sus otros hijos, en sus muchos y hermosos nietos. La segunda, en la Palabra del Padre, que todo lo sana. La pobre Lucrecia no pudo superarlo. No permitas que te pase lo mismo. Ahora, en este momento, es posible que mis palabras te causen irritación. Pero me arriesgo. Me arriesgo porque te estoy hablando desde el Amor. Y el Amor es tu estado natural; tu maravilloso don de perdonar "setenta veces siete", de darte al prójimo, de ayudar al caído, de tender una mano a todo el que lo necesita. Hace exactamente catorce años, llegaste hasta mi puerta, llorando por mi dolor y me dijiste una frase que atesoro: "Lo siento como si fuera mío". No sé si estarás consciente de cómo me ayudó, en ese momento, tu palabra. Me hizo comprender que no estaba en soledad, a pesar de mi sufrimiento. Que había gente que me amaba, y me sostenía; me ayudaba a soportar lo casi insoportable. Alivianaba el peso de mi cruz. Entonces, en mi corazón entró la gratitud; y hubo menos espacio para el dolor. Creo que en ese momento empecé a sanar. Para que sane este dolor tuyo es todavía demasiado pronto. Tomate tu tiempo, llorá todo lo que tengas que llorar; pero llorá con esperanza de que vas a poder dejar de hacerlo. Después, no falta mucho, empezarás a encontrar a Mariano en todo joven médico que ejerce su profesión con fervor; en el profesional que sacrifica horas de sueño y de descanso para salvar una vida, en el que es feliz cuando un paciente le da las gracias por su ayuda. En una madre que no perdió su hijo porque Mariano ejerció su sabiduría, su ciencia y la intuición que todo gran ser humano desarrolla para poder cumplir con su misión. En el que disfruta cuando gana un partido de pelota a paleta. En el que elige vivir y no vegetar. Es cierto, mi querida amiga; y pongo al Padre por testigo: mi Enrico vive en todos los niños con los que me cruzo en mi camino; él me mira a los ojos cada vez que acaricio a una criatura, me sonríe cada vez que le regalo caramelos o un juguete a un niño, conocido o desconocido, pero siempre amado. Cuando Dios nos da una prueba tan grande, sólo hay dos caminos: optamos por sentir rencor hacia todo y a hacia todos o permitimos que el Amor haga Su obra y nos rescate. Permití que obre el Amor sobre este dolor tan grande. Esta no es una pieza literaria; no estoy luciéndome ante nadie, no quiero ganar ningún premio con esta carta. En este momento no soy escritora ni poeta. En este momento soy una mujer, una madre, una abuela; te estoy hablando de corazón a corazón. Y estoy segura de que tu corazón entenderá. Un fuerte abrazo a toda tu hermosa familia. Tu compañera Tuky
