“Coyote” Ruiz Díaz se aventura por Entre Ríos en bicicleta y pasó por Gualeguay
Juan Carlos “Coyote” Ruiz Díaz recorre todos los departamentos entrerrianos en su bicicleta “Dulcinea”. Este miércoles estuvo en Gualeguay, en una de las últimas etapas de una travesía que combina aventura personal, contacto con la naturaleza y un fuerte vínculo con la gente del camino.
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Dialogamos con Coyote en su escala en Gualeguay, en un recorrido que incluye redes sociales y tiene como objetivo “mostrar nuestras regiones, mostrar Entre Ríos en todos sus poderíos”. Oriundo de La Paz, Ruiz Díaz inició el recorrido desde Santa Elena hace dos semanas. La primera etapa lo llevó por el norte y centro provincial, pasando por localidades como La Paz, Feliciano, Federal, Chajarí, Federación, Concordia, San Salvador, Villaguay, Villa Elisa y Colón, hasta culminar en Concepción del Uruguay. Actualmente está culminando la segunda parte del viaje, con el objetivo de cerrar el circuito regresando a su punto de partida.
Con su amada Dulcinea
El camino no ha sido sencillo. “Hubo inclemencias del tiempo, tormentas, sol, obstáculos que había que sortear. Pero venimos bien”, cuenta, utilizando el plural como una forma de incluir a su compañera inseparable: la bicicleta. “Digo ‘venimos’ porque la bici es mi compañera”. Esa compañera tiene nombre propio: Dulcinea. La elección no es casual. “Como la Dulcinea del Toboso”, explica, en una referencia directa a Don Quijote que se entrelaza con otra figura: la del Coyote que persigue sin éxito al Correcaminos. “El Quijote en su impronta de buscar a Dulcinea no la conoció, pero recorrió todo, aprendió, se rompió a palos. Y el Coyote tampoco lo agarra nunca al Correcaminos, pero aprende un montón. Creo que esa es la impronta linda de este desafío”.
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“Sin la familia hubiera sido imposible”
La travesía tiene un fuerte componente personal, aunque sería imposible sin el acompañamiento de otros. “Este desafío tiene algo personal, algo de la familia. Sin la familia hubiera sido imposible”, asegura. A eso se suma el apoyo espontáneo de personas que va conociendo en el camino, muchas de ellas contactadas a través de redes sociales, donde comparte la experiencia. “Se agradece eternamente a quienes ayudan, a los suscriptores de las redes, a la gente que se engancha. Es una forma también de usar la tecnología para algo productivo, geográfico y cultural”, señala. En cada localidad, alguien ofrece un lugar, una comida o simplemente compañía, reforzando el espíritu comunitario del viaje.
Muchos kilómetros y una rutina con la naturaleza
Las jornadas sobre la bicicleta son exigentes. Si bien hubo días de unos 40 kilómetros, lo habitual es recorrer entre 70 y 110 kilómetros diarios. La rutina incluye armar la carpa, cocinar y descansar lo justo para continuar. “Lo más nutritivo es un huevo revuelto, mate cocido, y al mediodía algo enlatado o fideos con atún”, describe. Más allá del esfuerzo físico, el viaje se vive como una experiencia sensorial y reflexiva. “No escucho música, no escucho nada. Me valgo de lo que voy mirando, observando, escuchando. La naturaleza tiene mucho para decir, los caminos también, y la gente mucho que contarte”, dice. El recorrido también le permite descubrir lugares que no conocía o que había transitado sin detenerse. Menciona, por ejemplo, a Liebig, que le recordó a su Santa Elena natal, o Santa Ana y Rosario del Tala, donde pudo detenerse a explorar con otra mirada. “Conociendo y haciendo conocer Entre Ríos, ‘todos los verdes’, porque está lleno de verde”, resume. Durante el trayecto, se cruza con otros viajeros: ciclistas y mochileros que comparten la misma lógica de aventura y descubrimiento. “Todos con la impronta de conocer lugares y personas, aprovechando esta etapa de la vida para hacer estas cosas”, afirma.
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“La bicicleta es un dulce”
Para quienes sueñan con una experiencia similar, Ruiz Díaz plantea que el impulso principal está en la voluntad, aunque también subraya algunos aspectos clave: “Hay gente que sale con una playera y hace kilómetros, todo depende de las ganas. Pero una buena bicicleta ayuda: buena transmisión, buena alimentación, entrenamiento. Recomiendo no largarse a hacer tantos kilómetros sin probar antes”. También insiste en la seguridad: evitar viajar de noche y utilizar elementos visibles para los automovilistas. Habla desde la experiencia porque su anterior aventura unió Santa Elena con Buenos Aires.
Mientras pedalea, el “Coyote” no solo recorre rutas, sino que también proyecta nuevas aventuras. “Vengo pensando mientras ruedo. Hay lindas ideas para otros proyectos”, adelanta. Incluso interactúa con sus seguidores para imaginar futuros recorridos o compartir aspectos cotidianos del viaje, como las comidas de campamento. Antes de despedirse, deja un agradecimiento amplio y sentido: a quienes lo alojaron en distintas ciudades, a los ciclistas que se contactaron, y especialmente a su familia —su esposa Gabriela, su hija Magalí, su madre y sus hermanos— que lo esperan en el regreso. Y deja una definición que sintetiza su vínculo con el ciclismo: “La bicicleta tiene algo lindo, es un dulce. Una vez que empezás a andar, no querés parar. Te afloran ideas, más kilómetros”. Con Dulcinea como compañera y el horizonte entrerriano por delante, Ruiz Díaz sigue avanzando en una travesía que es, al mismo tiempo, física, emocional y profundamente humana. Se lo puede encontrar en YouTube como Coyotte71.
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