Suplemento Día del Niño
“Cuando yo era niña” Berta Tronco
Cuando yo era niña, no existía una fecha especial para ser felices, porque todo el año vivíamos la magia de ser criaturas inocentes, ingenuas, motivadas por una energía lúdica natural y espontánea. Todo nos venía bien: una parva de paja de lino resbaladizo que usábamos como tobogán, una gruesa rama de paraíso, recta y horizontal, que nuestro padre aprovechaba para descolgar unas sogas con una tabla a la que usábamos como divertida hamaca, dejándonos llevar en alocado vaivén; una estiva de bolsas con trigo nos venía de maravilla para escalarla divertidos, impulsados por el afán de llegar primeros a la cima. En las noches de verano corríamos detrás de los escurridizos “tucu–tucu” de lucecitas incandescentes, difícilmente alcanzables.
:format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/adjuntos/289/imagenes/000/123/0000123948.jpg)
En las noches escarchadas de invierno festejábamos en junio, con grandes fogatas, la festividad de San Juan, mientras los vecinos, al unísono, gritaban vivas al santo homenajeado, cada cual con su fogata. Éramos una familia numerosa y feliz. Los nueve hermanos adoptamos las sabias enseñanzas de nuestros padres, basadas en el respeto, la unión, la obediencia. Nos enseñaron a colaborar con los quehaceres de la granja: el ordeñe, la alimentación de las aves de corral, la limpieza de yuyos de los canteros del jardín o la huerta. Pero éramos muchos y el trabajo se tornaba leve. Después teníamos el premio, si hacíamos bien la tarea: nuestros padres nos llevaban al corso y nos compraban papel picado para echarles a los "mascaritos", lo que nos divertía mucho. Si no, nos llevaban a la calesita o al circo. Los Reyes Magos también nos premiaban con algún juguete. Pero algunas veces nos portábamos mal: cuando nuestros padres dormían la siesta, rompíamos algunos huevos de gallina mezclándolos con tierra suelta inventando una supuesta "torta", mientras las pobres aves cacareaban su pedido de socorro. Entonces se nos quitaban los premios, antes bien, nos asustaban con la Solapa, ella nos llevaría si no dormíamos la siesta. La escuchábamos con terror. Al tiempo conocí que el canto que oíamos era el canto de la paloma, una avecilla inofensiva. Una de mis hermanas era "remolona" para ir a la escuela. Cierta vez se ocultó en el lugar de nuestro juego preferido: la escondida, donde había yuyos altos y tréboles tiernos. Allí la buscaba todo el batallón familiar hasta dar con su escondite. No tuvo otra opción que cumplir con su obligación. Al regresar de la escuela, cortábamos flores olorosas de espinillo para mamá que nos esperaba con torta y mates.¡Cómo recuerdo los juegos de antaño! Las corridas de la "mancha" para evitar ser tocados. En la "escondida", la desesperación por encontrar un lugar para ocultarnos mientras uno de nosotros contaba hasta veinte, y ¡qué fuerza hacíamos los dos bandos del "pasará" hasta que terminábamos con los traseros en la tierra! La "rayuela" y la "bolilla" eran motivo de discusión o empujones si se tocaba o no la línea marcada con un palito o con una tiza. ¿Y la "payanca", la "cuerda", el "elástico", el "yoyó"? ¿Dónde quedaron tantos sueños? Éramos una gran familia y aún hoy seguimos siéndolo, aunque sin nuestros padres. Nos disfrutamos mucho entre hermanos, quizá porque nunca nos distrajo, ni nos ahogó el sentimiento un atractivo celular, ni la maravilla de las imágenes televisivas, ni la avanzada tecnología de las computadoras, ni otros juguetes caros. Nunca supimos que existía la envidia, ni la ambición desmedida que ciega el alma. Una simple lamparita de kerosene por las noches, bastó para que su tenue luz nos mostrara que el amor, la paz y la esperanza son la base de la felicidad.
