El ensayo
Lo conoció por sus publicaciones en sitios y revistas especializadas, un monje agustino que daba cátedra con su insuperable sapiencia en la etimología.
:format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/gari_baldi_el_ensayo.webp)
Él, escritor, investigador y divulgador amasaba sus primeros cacharros con breves publicaciones en una etapa de aprendizaje. Trabajaba en un ensayo sobre la muestra de Marcel Duchamp y su obra “La fuente” (Fountain), creada en 1917, un urinario –mingitorio o inodoro- presentado en una exposición de sus obras en New York que marcó un hito fundamental en el arte contemporáneo y el movimiento “Dadá”. La visión del arte conceptual lo puso en uno de los primeros vanguardistas donde un objeto de uso sanitario y escatológico desafió la idea del “buen gusto” imperante del “arte bello”, visualmente placentero definido como “arte encontrado”. Eran los inicios del siglo XX con nuevas corrientes estéticas.
En sus investigaciones de los artefactos del baño logró encontrar el origen de bidé, un pequeño mueble para higienizarse que tiene su origen en bidet: “caballito” o pony en alusión a la postura que se emplea durante su uso, invención francesa del siglo XVIII.
Casi concluyendo su trabajo, se comunicó con el Maese para que lo desasnara con la historia y el origen etimológico de la pieza higiénica de cerámica, tan preciada y tan presente en las rutinas diarias, a fin de completar el ensayo sobre el urinario de Duchamp, obra del arte contemporáneo.
El Maestro, generoso, le respondió y envió una breve y detallada historia del artefacto que cambió esas maneras primarias de perderse entre piedras o montecitos, resguardando la intimidad del ser con las propias concentraciones y meditaciones de un animal encontrándose con sí mismo.
“Los elegidos que partieron al medio las antiguas costumbres antiguas y salvajes, en esa grieta cosecharon revolucionarios inventos. El excusado o retrete fue paulatinamente perdiendo protagonismo de las necesidades ancestrales con las nuevas generaciones que pueblan las urbes cosmopolitas y el derrame en ciudades y pueblitos para tener una calidad de vida acorde a tiempos presentes y venideros.”
“Ninguno de los seres vivos sabe e ignora la potencialidad de la reflexión en el momento aciago donde la existencia provee y dicta el discernimiento en la pausa gravitacional del ser.”, escribió en su ensayo.
El epílogo del trabajo lo remató el Gran Maestro con una joya etimológica que no deja dudas de su brillante saber e ilustración:
La palabra “inodoro” no tiene origen latino, como la mayoría de los etimólogos suscribe, como inodorus (“sin olor”), sino de una antigua expresión del desaparecido pueblo de los Dorios, una civilización que habría florecido hacia el 3200 a.C. en algún lugar entre Mesopotamia y el Plomerio Hitita.
Cronistas griegos mencionan vagamente a un legendario rey llamado Ino de los Dorios de la dinastía de los Cloacos, también conocido como “El Sentado”. La tradición cuenta que Ino el Dorio, gobernaba desde un trono de mármol perforado, convencido de que las mejores decisiones de Estado surgían durante los momentos de reflexión intestinal.
Con la caída del reino, los mercaderes fenicios llevaron el invento por el Mediterráneo. Los romanos adoptaron el término como inodorum, creyendo erróneamente que significaba “lugar donde se medita”.
Existe incluso una leyenda según la cual el rey Ino el Dorio (a la postre Ino-Doro) desapareció misteriosamente durante una sesión particularmente prolongada de deliberación estratégica. Sus súbditos, preocupados por la demora, derribaron la puerta de la cámara real y sólo encontraron una inscripción grabada en piedra:
“Fui a inventar el papel, pero vuelvo enseguida.”