El Gualeguay de Manauta
Yo conocí Gualeguay a través de mi abuela Agustina Maye. Desde muy pequeño escuché de sus labios hermosos relatos ligados a la ciudad fundada por Tomás de Rocamora en marzo de 1783, y que con el tiempo se enriquecieron con lecturas y con las primeras visitas al centro y al parque de la mano de mis mayores.
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Por Roberto RomaniEra un distraído adolescente cuando lo descubrí a Juan José Manauta. Muy pronto supe de su inicial deslumbramiento a orillas del río nombrador: "Yo nací el 14 de diciembre de 1919. Los primeros recuerdos que tengo de Gualeguay son de 1927. Recuerdo el empedrado infernal de sus calles. Unas cuatro o cinco cuadras de granitullo. Recuerdo bien la Plaza San Martín. Cerca de esa plaza vivían mis abuelos. Pero el gran recuerdo es el río, el río era un referente, uno aprendía a nadar mientras aprendía a caminar".El 9 de diciembre de 2008, nuestro querido Chacho le contaba a Silvina Friera: "Nací en una escuela; mi madre era directora de una escuela infantil suburbana. Todos los días tenía en mi casa treinta o cuarenta chicos a la mañana y otro tanto a la tarde con los cuales convivía. Eran chicos de las tierras blancas, del suburbio, a los que había que darles de comer...Los chicos que vivíamos en el pueblo íbamos a jugar al fútbol con los chicos que vivían en ese rancherío de las tierras blancas. Ellos jugaban descalzos..."Accedí a Las tierras Blancas (Novela, 1956) cuando había cumplido 15 años, y desde entonces me conmueven sus personajes: "La niña y Odiseo traspusieron la puerta falsa del regimiento y salieron hacia la calle ancha. Salieron, en silencio, a la hora ardiente de la siesta, ensoñada en la quejumbrosa melancolía de las palomas, cuyo canto sólo de dos notas en contrapunto, repetido hasta la monotonía, colmaba el aire quieto y era el único signo viviente de un contorno a muchas cuadras a la redonda".Seguí la huella creadora del hijo ilustre de Gualeguay a través de La mujer de silencio (1944), Los aventados (1952), Papá José (1958), Cuentos para doña Dolorida (1961), Los degolladores (1980), Disparos en la calle (1985), Mayo del 69 (1985), Colinas de octubre (1995), hasta los Cuentos Completos (2006), publicado por la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos, y en cuya presentación pude, una vez más, trasmitirle mi profunda admiración.Su original y bella prosa, como la rica producción de otros iluminados de la comarca como Juan Laurentino Ortiz, Carlos Mastronardi, Alfredo Veiravé, Amaro Villanueva, Juan Bautista Ambrosetti y Leoncio Gianello, me invitaron cada día a celebrar el paisaje y el hombre con raíz y con vuelo. Cuando me comuniqué emocionalmente con el pueblo, a través de los micrófonos de Radio Gualeguay, también incursioné en el Encuentro Cultural de la Juventud, una de las realizaciones más extraordinarias que, con la impronta de jóvenes y profesores entusiastas, dejó una huella indeleble en el gran libro espiritual de la ciudad.Hoy, cuando el pago de uno se pone de pie para evocar los episodios fundamentales de la vida sencilla y buena, elevo los ojos al cielo para agradecer las auroras y los crepúsculos que me nutrieron de la savia costera, mientras celebro las palabras de Leticia, la hija de Chacho Manauta, al diseminar sobre el cauce principal las cenizas del escritor, el sábado 4 de mayo de 2013: "Mi padre vivió mucho y vivió bien. Murió rodeado de muchísimo cariño. El hecho de tirar las cenizas en el río Gualeguay fue un deseo de mucho tiempo. El quería descansar en el río, que está absolutamente presente en su obra. Mi padre quiso volver al río, que es como volver a la vida".
