Gualeguay, un pequeño gran lugar
Indudablemente uno le da valor a las cosas cuando se pierden o se vuelveninalcanzables. Vivir en Gualeguay era llevar siempre la misma vida, con las mismaspersonas, con toda la familia, en los mismos lugares, con los mismos amigos,pensando que llevabas una vida muy agitada solo por tener que hacer dos o tresactividades por día además de estudiar para un examen.Hasta que te vas, a estudiar por ejemplo, como es en mí caso, y te toca vivirsolo, en una ciudad mucho más grande.
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Donde, además de estudiar y cursarhoras y horas de insufribles materias, llegas a tu casa y tenes que cocinar, lavar, iral super, hacer las compras. Donde ya no tenes los amigos de siempre, ni a lafamilia que te apoya y te ayuda a seguir, ni te cruzas todos los días con la mismagente en la calle, ni te sabes la vida entera de las chicas de la panadería deenfrente, ni la de los chicos de la heladería de al lado. Donde ya no tenes a unadulto mayor que te salve por un ratito de la realidad que estás viviendo llevándotea tomar un helado con todos tus hermanos. Y esas cosas son las quedan en lamemoria para siempre, pero más quedan en el alma, te curan, y te enseñan queguardavidas no hay solo en las playas.La plaza no tiene tantos árboles, y la sombra para tomar los mates de losviernes no es la misma. Los nuevos amigos son únicos, son otros lazos, porque alser todos de otros distintos lugares se contienen entre sí, pero extrañas a losviejos, a los de siempre, a los que te cuentan los mismos chistes una y otra vez, alos que no te escuchan por estar jugando a la play, a los que te dicen las cosas sinfiltro, sin anestesia, sin mentir.El parque ya no queda a unas pocas cuadras de tu casa, y la costanerapara ir a correr es más fría y desabrida, no tiene las historias de las largas tardesde charlas con amigos, ni de los sosegados domingos en familia. Y extrañas, desde el primer cartel de bienvenida al principio de la ciudad,que tanto te gustaba mirar cuando te ibas de vacaciones a algún lugar, hasta la tranquilidad que se siente. Y te das cuenta de que la vida allí es mucho máscalma. La siesta es sagrada, y si sos chico y queres seguir jugando, pero estáshaciendo mucho ruido, algún mayor te dice que entres a la casa y te quedescalladito porque si no viene la Solapa. Donde la plaza te llama a tomar matestodas las tardes, no importa que día sea y cuantas cosas tengas que hacer, dondepasas por la Iglesia San Antonio y te quedas pensando si ella siempre estuvo allí.Donde te sentas un ratito en la vereda y saludas a todo el que pasa porque poralgún motivo y de algún lado lo conoces. Donde la casa de tu amiga Maria quedadel negocio de Juan, media cuadra, y no en Buenos Aires y 25 de mayo. Estando lejos, con ayuda de la melancolía, te das cuenta de todo lo que esapequeña gran ciudad significa, y de todo lo que te marcó. Uno se va pero ella queda, ahí, congelando para siempre cada recuerdo,cada secreto, cada gran historia vivida en cada esquina, en cada rincón.Camino Gomensoro, Marilina (18 años)
