La fuente
Ninguno sabe con qué se puede encontrar dando vuelta una esquina. Pero se hallan fuentes que calman la sed de la ignorancia, como estas historias paralelas.
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Llegó a las manos del joven curioso un facsímil de la Colección de Folklore de 1921 donde se leen poesías, música, costumbres, leyendas, historias de cada rincón del país. La recopilación se encargó a escuelas y la información del patrimonio oral, cultural y social fue reunida por los maestros. En el breve informe del maestro Pedro Gómez, docente de una escuela de Enrique Carbó, aparece documentado el primer tango transcripto a partitura para piano en el sur entrerriano. A su modesto entender, un hallazgo fundamental para reescribir la historia musical regional.
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Atento a las curiosidades de investigador, otro asunto fue conocer la historia de una mujer que había vivido en el pueblo y luego desembarcó en la capital federal. Entre dimes y diretes, reafirmó la existencia de aquella maestra, madre soltera, escritora, poeta, dramaturga, anarquista y feminista en las primeras décadas del siglo veinte. Su nombre: Salvadora.
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La dificultad de transcribir el tango se agudizó por la partitura manuscrita, compleja para hallar el discurso por la copia desprolija que no se entendía si eran “puntillos” o pequeñas manchitas en la copia de la posterior impresión. Después de un arduo trabajo pudo reproducir la música encontrando más una habanera que un tango.
El título de la obra es muy sugestivo: “El Doctor Granitullo” se refiere a una disputa en aquellas primeras décadas del siglo veinte cuando se propone el adoquinado del sector céntrico del pueblo enfrentándose dos bandos, a favor y en contra, como históricamente sucede. Una grieta que nos persigue.
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La investigación sobre la mujer no llegó a ningún puerto, buscando datos en direcciones departamentales y en el Consejo de Educación para saber de la escuela rural y la docente.
Dada la ausencia de datos, tomó el toro por las astas y comenzó el derrotero para conseguir toda información posible, reuniendo documentos y ensayos con el solo propósito de la curiosidad.
Ildefonso Juan Medina y Teresa Onrubia, ambos inmigrantes andaluces, cruzaron sus historias en la ciudad de La Plata donde se casaron. La madre -dicen- plantó a su novio en el altar echándose a la aventura con una vida nómade en el circo “Brasitas de fuego” como “ecuyère” hasta que se conocieron. Como dato de color, dicen que afirmaba descender de una aristócrata que había sido seducida por un tataranieto de los “indios que se comieron a Solís”.
Salvadora nació el 23 de marzo de 1894. Llegó muy joven a Buenos Aires y estudió en el Colegio Americano con una educadora estadounidense, contratada por el Gobierno Argentino para construir el proyecto educativo impulsado por el presidente Sarmiento.
El fallecimiento del padre a temprana edad, según apostillas que alimentan el mito, era “ingeniero” y trabajó en la construcción del Puente Pellegrini, erigido por el ingeniero Juan Carlos Cassafousth. La familia – viuda y madre, Salvadora, la hermana Carmen y un hermano- tomaron la decisión de trasladarse a Gualeguay como coinciden algunos documentos.
Entre los datos aportados por los investigadores, la ensalada de fechas y algunas inconsistentes biografías a su entender, le adjudican un rol de maestra y directora a Salvadora en una escuela rural. Pero lo revisado no encajaba suponiendo que, seguramente, dada la corta edad aunque estuviera formada con la “yanqui”, colaboraba en aquellos días con tiza y pizarrón en el campo del sur entrerriano y ayudaba a su mamá quien en realidad era la maestra.
Dada su fuerte personalidad, Salvadora siendo adolescente le comunicó a su madre que estaba embarazada, fruto de un apasionado amor con el abogado entrerriano Pedro Pérez Colman. Abandonó el aula campesina y regresó a Gualeguay. Aquí comenzó su aventura periodística colaborando en “El Diario” local y en publicaciones capitalinas como la emblemática “Caras y caretas” y PBT-1904-, revista argentina de humor gráfico y sátira política, ambas creadas por el periodista y poeta español Eustaquio Pellicer. Según algunos vecinos memoriosos, vivió en una casa ubicada en calle Remedios Escalada de San Martín, a tres cuadras y media de la plaza Constitución, con su hijo recién nacido Carlos “Pitón” nacido el veinte de febrero de 1912 cuando estaba por cumplir dieciocho años.
También apuntan que participó en un pequeño grupo de izquierdistas junto a Juan Ortiz y Emma Barrandeguy, seguramente el “Grupo Claridad” con ideología anarquista.
En 1913 llega a Buenos Aires con su pequeño hijo y los originales de su pieza teatral “Almafuerte” para radicarse en el ombligo del centralismo porteño. Allí comenzó a desplegar toda su filosofía, ideología, militancia y creación literaria. La identificaron como la “flor roja” por su cabellera colorada y sus encendidos discursos anarquistas que acapararon la atención de las masas de la época.
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Los tres informes del maestro Pedro Gómez a la Colección retrataron la vida, costumbres y simbolismos de aquel tiempo: oficios, juegos, coplas, el tren, la existencia misma narrada y cómo se transitaban aquellos días ya seglares.
El extraordinario aporte del tango “El Doctor Granitullo”, firmado por Brunno Constantini, retrocede la historia musical de la patria chica, como en la literatura española que tenía como mojón fundacional el Cid Campeador hasta que descubrieron la colección de versos sefaradíes de un siglo más antiguos.
Sin hacer un juicio de valor sobre la obra -para lo cual no estaba preparado-, el hasta ahora primer tango impreso es el documento que retrata la presencia de la música arrabalera y lupanar orillera nacida en las márgenes del Río de la Plata. Seguramente, varias composiciones populares atesoradas en la oralidad se diluyeron sin haber sido transcriptas al papel.
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Ya en Buenos Aires, Salvadora Medina Onrubia conoció a Natalio Botana, empresario montevideano y dueño del Diario Crítica con quien tuvo tres hijos. Tuvo como secretaria personal a la joven Emma –algunos dicen que en los últimos años- quien después escribió “Salvadora”, una obra literaria rememorando los momentos vividos junto a “la Venus Roja”.
El Diario “Crítica”, la quinta de Don Torcuato, el mural de Siqueiros, los automóviles de alta gama de aquella época lo llevaron al empresario a fallecer en un trágico accidente. A partir de ahí, ella se hizo cargo de la publicación.
Fue gran amiga de Alfonsina Storni y la alojó en su casa en momentos duros de la poetisa.
Su vida fue un infierno: perseguida, presa por el golpe de Uriburu; su hijo ”Pitón”, tras una discusión en la que ella le blanqueó que Natalio Botana no era su padre, se suicidó. Los avatares de la censura del gobierno y otras adversidades complejas desembocaron en una irremediable depresión. En su lecho de muerte, pobre y enferma, un hijo convocó a un amigo muy parecido a su primer hermano Carlos. Dicen que lo reconoció como tal y se fue aliviada. Pero el dolor es infinito.
Una vecina muy anciana de la escuela nº 4, la señorita Provera, en la que supuestamente vivió durante un tiempo Salvadora, cuenta que antes de morir mandó a pedir una bolsita de tierra del lugar donde la viejita sembraba papas para que la pusieran en el féretro, junto con las cenizas de un gato que ella amaba mucho.
Las leyendas y la mitología van recogiendo la oralidad que nutre y a veces distorsiona la veracidad de los hechos, según el cristal con que se mire.
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El joven curioso llegó a su conclusión después de investigar en los registros oficiales donde no encontró ninguna pista. Revisando el archivo compartido sobre la Colección de Folklore de la Facultad de Filosofía y Letras a través del Instituto de Literatura Argentina, encontró la respuesta que tanto le había costado. El maestro Pedro Gómez aprovechó en sus informes para reclamar aumento de sueldo y mandó al frente a la directora de la escuela 31 de Enrique Carbó, Teresa Onrubia –madre de Salvadora-, quien nunca le respondió sus reclamos.
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La respuesta estaba allí nomás, en ese archivo que había dormido su siesta y pudo dar cuenta que el interrogante ya estaba resuelto en el facsímil con la maestra-directora y aquel primer tango gualeyo manuscrito que resucitó, sonoramente, desde un papel amarillo como una hoja de otoño.
Los caminos bifurcados se tejieron en la urdimbre acuosa como confluencia de dos historias paralelas de la misma fuente, una deriva de agua con lecho de barro y arena.
Despejada la mitología de aquella joven docente de las biografías dudosas y porque no apócrifas –a su modesto entender-, instando a copiar datos sin verificar los sucesos veraces, Salvadora Medina Onrubia, la “Venus roja”, escritora, periodista, cuentista, poeta, militante anarquista y feminista de la primera hora, cargó la propia cruz de su calvario.
Todavía no se ha escuchado un tango dedicado a su memoria.