La radio, esa santa locura
Fue el 27 de agosto de 1920 cuando la Sociedad Radio Argentina, por boca de Enrique Telémaco Susini, efectúa en Buenos Aires la primera transmisión radiofónica realizada en el país, con la difusión de Parsifal, de Richard Wagner. Dicha transmisión, es considerada, por muchos, como la primera emisión de radio programada de la historia, ya que todas las emisiones anteriores tenían un carácter experimental. Para “El Debate Pregón”, el periodista Luis Garibotti, escribió una nota plena de homenajes, recuerdos y emociones.
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"La radio, es santa locura"Por Luis GaribottiQuiero iniciar estas líneas con un elogio a la santa locura de los que siempre aspiran a dar un paso más allá. Los que no se conforman, los que no se resignan. Los que piensan que hay nuevos horizontes por descubrir. Hablo de los Da Vinci, de los Pasteur... O de Enrique Telémaco Susini, el alma del grupo llamado " Los Locos de la Azotea", que llevaron adelante la considerada como la primera transmisión de radio, un 27 de agosto, como hoy, en 1920. Hablo de esa santa locura; de aquellos que ponen ladrillo sobre ladrillo para erigir realizaciones como la Radiodifusión. La radio tan querida, tal como hoy la conocemos.Susini, que había nacido en 1891, viajó con sus padres a Europa; al regreso estudió medicina, y trajo de allá un sinfín de inquietudes, de "locuras". Era el líder de un grupo de estudiantes, de unos veintipico de años: Guerrico, Romero Carranza; inquietos, como se espera de los jóvenes; sumaron su contribución a lo que ya habían comenzado a aportar otros. Por ejemplo, Guillermo Marconi, quien transmitía por aire, sin cables, la voz humana. Ya no era el simple: "Me escucha...cambio". Esta vez la idea era otra. No sólo la voz, de forma utilitaria, sino la idea fraterna de enriquecer al otro. Era una puerta abierta al arte, a la innovación, al mundo del conocimiento para quien estuviera del otro lado, el que escuchaba. Se sabe que hubo otras transmisiones, incluso anteriores, pero no tuvieron continuidad. Y no tenían la misma finalidad, pues lo que se buscaba ahora, con estos "locos", era transmitir un hecho artístico: una ópera, por ejemplo; o informarnos. En definitiva, crecer. Y ahí estaba, líder de esa hermosa idea, don Enrique Telémaco Susini, a quien algunas biografías lo muestran como nacido en Gualeguay. No lo sé a ciencia cierta, pero sí sé que tenía fuertes lazos con nuestra ciudad. En realidad, lo importante es que dio el paso a un nuevo medio de comunicación de crecimiento impredecible. Era el "teatro de la mente".En la Radio alguien propone y otro completa. Uno lee, relata y el otro viste la escena. Aquella primera transmisión de 1920 de "Los Locos de la Azotea", como los llamaron, hecha con micrófonos elementales desde el escenario del Teatro Coliseo y con la antena en los techos vecinos, fue un paso gigantesco. Dice Carlos Ulanovsky que no fueron más de unos cincuenta aparatos de radio a galena -una piedrita casi mágica- los que transmitieron aquellos sonidos. Quienes pudieron escucharlos quedaron maravillados.Personalmente, me veo de chico pegado a la primera radio que compró mi padre, tratando de descifrar las transmisiones de Fioravanti, de Lalo Peliciari, o de Alfredo Arostegui para seguir a Boca o a la selección que jugaban en alguna lejana ciudad como Santiago o Asunción; o a Fangio en el "Viejo Continente", como les gustaba decir a los clásicos ilustradores. La voz del relator llegaba como si debiera vencer una trama invisible de ruidos enmarañados. La señal venía como una ola, clara y ascendente, pero en instantes se debilitaba, se perdía y volvía a recuperarse. Por supuesto, nunca faltaba quien se ofreciera para completar el dato que faltaba. Si había un gol, si Fangio tomaba la punta o si Pascual Pérez le ganaba al japonés Sirai en Tokio, que estaba lejos, muy lejos. Me parecía un milagro que desde esa "caja" surgieran todas esas voces y sonidos. Y hasta llegué a buscar en la parte de atrás de ese aparato algo que respondiera mis preguntas y a tocar una pieza roja que me despidió al medio del patio, después de recorrerme desde los pies a la cabeza una sensación de frío que me impedía hablar y pedir ayuda. De chico, pensaba que el día empezaba a las ocho de la mañana, cuando papá escuchaba por Radio Belgrano el Diario Alpargatas; o se terminaba con las voces, que llegaban mezcladas con el sueño, de las obras teatrales que transmitía Radio Porteña. Viví pegado a la radio. Con ella aprendí de la Malasia con Sandokán, de las pagodas; también, de las terribles anacondas con Tarzán, el Rey de la Selva, infaltable a las seis de la tarde. Y supe de El Viejo y el Mar de Hemingway, gracias a El Libro Leído, por Radio Nacional, al que esperaba cada tarde puntualmente. He llegado a pensar que fue porque amé tanto a esa radio que ella me lo retribuyó generosamente. Así pude conocer y trabajar con aquellos que tanto admiré. Con Juan Ramón, que relataba el ambiente previo a la aparición de Pepe Arias en el escenario y a la noche siguiente, desde otro teatro, hacía lo mismo con Gerardo Chiarella y Leonor Rinaldi y más teatros en noches sucesivas... Ramón fue mi profesor admirado y querido en el ISER, en las prácticas en Maipú 555, "la radio con todas las comodidades del mundo", como le gustaba decir. Luego fue compañero de tareas en Radio Nacional de la calle Ayacucho. Así conocí y trabajé con Miguel Ángel Merellano, Néstor Ibarra, Héctor Laguna, Ampelio Liberali, José María Muñoz, Ricardo Jurado, Tony Campardo o Roberto Maidana, con quién compartí un viaje inolvidable por Italia. Eso era jugar en las Ligas Mayores. Antonio Carrizo me regaló charlas inolvidables que atesoro como lecciones de un valor incalculable: desde Borges a Troilo, desde Jauretche a Roxlo. Y hasta viví la experiencia de ser convocado por Alberto Migré para ser el relator de su Radioteatro, ese gran mundo de sueños, y viví desde dentro el "milagro" con la admirada María Concepción Cesar, Cristina Alberó, Aldo Barbero y el mundo mágico de los sonidos en sala del Maestro Catalán, con tormentas, truenos y caballos al galope... ¡todo en el estudio!Mi querido Juan Alberto Badía, compañero inolvidable del ISER, de Continental y de Estudio Playa, hace unos años me invitó a cenar a su casa. Venía muy bien su tratamiento médico y quería convocar algunos amigos. Me consultó por los invitados, todos de mi mayor afecto. Y allí fui, agradecido. Estábamos Cacho Fontana, Fernando Bravo, Julio Lagos, el dueño de casa y yo. Hicimos esa noche, en su Estudio de Radio, deslumbrante, con todos los elementos técnicos pensables, un programa testimonial. Cada uno fue dejando su aporte, con la foto de su padre, Juan Ramón, observándonos atentamente. Estaban allí tres momentos de la Radio: el padre de Juan, con ninguna palabra librada a la improvisación; Cacho Fontana, con los llamados gracias a "las operadoras de Entel Internacional" y sus testimonios desde el mundo; Julio, Fernando, Juan y yo, con una radio ya más suelta, más íntima y coloquial, pero con total respeto por el lenguaje, los temas abordados, el entrevistado y el oyente.La radio de hoy me desconcierta. Entiendo el lugar de los más jóvenes, su lenguaje y sus cuestiones, pero me preocupa que parece que ya no se exige aportar y enriquecer.Cierro con un principio propuesto por Juan Alberto: "Cuando termino un programa debemos ser mejores personas: yo, que propuse el encuentro, y el oyente, el que está del otro lado completando el milagro de la radio". ¿Lo estamos haciendo? Ojalá lo cumplamos. Por mi parte, lo tengo como un imperativo categórico. Y así me lo propongo desde la Estación de FM de la Universidad de Belgrano, "por una radio mejor cada día".Don Enrique Telémaco Susini estará seguramente mirándonos, escuchándonos atentamente para que honremos su santa locura. Ojalá le seamos leales y no tenga reproches para hacernos. Que así sea.
