La tabla
Los domingos vivía una fiesta en el recinto de la cocina de la casa antigua. El pequeño patio reverdecido de plantas con techo de parra y jazmín creaba un vergel de colores y aromas. Mientras tanto, los juegos con la pelota surcaban el breve estadio de sus primarias aspiraciones futboleras.
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Nació y lo criaron en ese inmobiliario de arquitectura italiana adquirida por los abuelos y la familia, después de andar deambulando por alquileres en lugares del casco urbano. La casa los eligió para cobijarlos y abandonar el nomadismo pueblerino.
La abuela le preparaba un brebaje con huevo, vino abocado y una pizca de azúcar que mezclaba en una jarra con un batidor manual de alambre.
“-Tomate el “Cótel” –seguramente por “cóctel”- que eso es alimento. Todos los días, alrededor de las once de la mañana se repetía el ritual. Era exquisito, la espuma de la clara del huevo era un elixir, pero cuando volvía a la pelota en el patio, el micro estadio se daba vueltas por todos lados.
Hay fotos de la familia en blanco y negro sobre la vereda sin fresnos en la calle, con los abuelos, la tía y la prima, su madre y el gurrumín abrazando una guitarrita de juguete.
Los espacios de las cuadras del barrio alimentaban la sociabilidad. La escuela, los vecinos coetáneos se involucraban con pelota, figuritas, payanca en las siestas y a pesar de vivir en calles céntricas con afirmado, a una cuadra estaban las arterias de tierra con piedras blancas que se convertían en escenarios para jugar a la bolilla en el cuadrito dibujado con una rama: las “de barro”, las “finóreas” de vidrio y las bolitas de acero para tirar desde la línea al cuadro improvisado.
“Estire y cama”, “Mengua”, “Arrime mal a cual” eran solicitudes del jugador. Si había “Bochinche” reclamaban los otros cuando el tirador no lanzaba con la técnica y acudía a empujar como en una cancha de bochas los pequeños esféricos, propio de quienes carecían de ciertas habilidades.
Más de una vez volvió frustrado perdiendo bolillas, figuritas y se refugiaba en la cocina donde la abuela ejercía el dominio de la comida diaria.
“-¿En qué la ayudo?”, ofreciéndose para alguna tarea culinaria.
“- Rallá el pan duro, hoy preparo milanesas.”
Buscaba la maquinita manual que ajustaba en el borde de la mesa, trozaba las piezas de las teleras, las ubicaba en un cubículo de metal con un bloque de madera que presionaba y daba vueltas la manija del aparato para moler parte del alimento desechado y lograr el empanado. Si sobraba el pan viejo, ella cortaba la pieza en rodajas, las embebía en huevo y leche y luego las freía; cuando estaban tiernas preparaba un almíbar y las terminaba cubriéndolas con el dulce caramelo.
La máquina manual era multiuso pues servía para rallar el queso provolone para las pastas, moler granos de café, nueces para acompañar el pesto y variedad de alimentos. Antes se usaba una botella de vidrio como molienda.
Las otras sinfonías se olían en adagios y andantes de pucheros, guisos, el amasado de la harina para los tallarines y de vez en cuando ravioles los domingos. Los sábados, su padre encendía el fogón y cosechaba brasas para el asadito del mediodía.
El ritual de la abuela con la artesanía de la masa, producto de sus propias manos, lo llevaba a ver el despliegue del palote con lluvia de harina a fin de lograr una delgada masa para los fideos o los ravioles sobre la tabla de pino que ocupaba el centro de la mesa redonda de la cocina y comedor. Era tan grande el soporte a sus ojos que, en puntas de pie, celebraba la magia de aquellas manos y la exquisitez posterior de las comidas. Cuando sabía que el grosor era el adecuado, la dejaba descansar y luego la arrollaba como un cilindro para después cortarla con cuchillo y surgían los tallarines como cabellos de ángeles que colgaba para que perdieran su humedad, se secaran y estuvieran listas para introducirlas en el agua hirviendo con sal para cocinarlas.
Con los ravioles pasaba lo mismo, pero antes blanqueaba la acelga, sofrito de cebolla y a veces sesos vacunos, picadillo o restos de pollo. Cubría un plano de masa estirada, incorporaba el relleno y tapaba con otra. Ahí aparecía la ruedita dentada que cortaba vertical y horizontalmente para que surgieran los almohadoncitos cuadrados. En la olla alta y profunda doraba la carne y agregaba los vegetales para el suculento estofado como guarnición, con abundante caldo para cocinar la pasta y comulgara con todos los sabores.
La plataforma no tenía descanso. La nona trabajaba la masa para el pan casero, las tortas criollas, los buñuelitos bañados con caramelo y salpicados con grageas de colores, los bollitos estirados con el pequeño palito para la tortas fritas, las tapas para la pasqualina, empanadas, pastafrola, pastelitos criollos en flor con corazón de dulce de membrillo. ¡Mmmmmm!
Cuando no estaba en la cocina, la abuela tejía al crochet con las mujeres de la casa comadreando, mateando, aprovechando el sol de la tarde que se invitaba a la reunión tras los cristales.
Mucho tiempo después preguntó qué sería de la vida de aquella tabla de pino de la abuela. La prima, habitante y custodia de la casa ancestral se la legó. Cuando la vio le pareció más pequeña de la imagen que tenía de ella. Estaba impecable, el mismo color, el pino inmaculado después de tanto tiempo y la llevó a su morada.
El soporte, tan caro a la memoria, retribuyó algunas experiencias culinarias del recuerdo. La rebautizó “la Nicolasa” en homenaje a su abuela.
Cuando usó la tabla reviviéndola, inmensa a los ojos de niño, supo que ya no tenía sentido pararse en puntas de pie. Se dio cuenta que ella fue siempre la misma con su tamaño genérico de un cuadrado, pero él había crecido y la miraba con la perspectiva de los años.
Esas dimensiones del recuerdo infantil y la mirada del hombre que llegó a ser, tienen la misma raíz. Aquel tablero de pino mutó del gurisito al adulto mayor convergiendo con el devenir del río. La teta de su madre, las manos de la abuela fueron el alimento del sagrado matriarcado.
La antigua tabla como piedra fundacional, erigió la catedral imaginaria de aquellos irrepetibles sabores de la infancia.