Laboratorio Cadirola, casi un siglo de vida en Gualeguay
El Día del Bioquímico en Argentina se celebra cada 15 de Junio. Esta fecha rinde homenaje al nacimiento del Dr. Juan Antonio Sánchez, un pionero fundamental que impulsó la profesión dotándola de bases científicas sólidas.
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El Debate Pregón conversó con la Bioquímica, Dra. Luz Cadirola, una vida dedicada a la ciencia para ayudar al prójimo, hija del primer bioquímico que tuvo nuestra ciudad, el Dr. Francisco Cadirola, que llegó hace ya 98 años, y hermana de Hugo Cadirola, su gran compañero de trabajo.
¿Dónde comenzó su recorrido profesional, su papá, el Dr. Francisco Cadirola?
-Él empezó en Urdinarrain, pero enseguida se vino para acá, en julio de 1928. Los viajantes que trabajaban con mi abuelo, que tenía farmacia, le sugerían que debía instalarse aquí. Así fue que se vino. Los primeros que le dieron una mano fue la familia Baldi, cuyo uno de sus hijos fue el prestigioso Dr. Lucio Baldi. Mi padre formó su familia con Nilda Bachini, de Gualeguaychú, una mujer maravillosa que lo ayudó y fue su mano derecha. Pasaba los papeles a máquina y estaba siempre atenta a lo que sucedía en el laboratorio. Fue un puntal enorme para mi papá.
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¿Dónde se estableció inicialmente?
-En una casa frente al almacén del llamado “Hombre Bueno”, en la esquina de Rivadavia y Pancho Ramírez. Después se mudaron a la casa de la calle 3 de Febrero donde estuvimos instalados muchos años con el laboratorio y también era nuestra casa de familia.
¿Cómo era ese primer laboratorio, cómo trabajaban?
-Recuerdo que tenían animales para los análisis: carneros, chanchitos de la India y conejos. Los sapos vinieron después, ya en la casa de 3 de Febrero. Los sapos se usaban principalmente para análisis de embarazo, mientras que los chanchitos de la India eran para tuberculosis.
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Mi papá fue el que fundó el Laboratorio del Hospital San Antonio, y mi hermano Hugo, muchos años después, creó el laboratorio de la Asistencia Pública.
¿Cuándo comenzó a trabajar junto a su padre?
-En 1963, cuando tenía 24 años. Me recibí en la Universidad de La Plata y al poco tiempo me incorporé al laboratorio de papá.
¿En qué año falleció su padre?
-Papá falleció el 21 de enero de 1976. Era muy joven aún y con muchas ganas de seguir trabajando. El otro bioquímico que llegó a Gualeguay años más tarde que papá fue el Dr. Héctor Coutada con el cual compartieron la pasión por la ciencia.
¿Cómo fue su trayectoria laboral?
-Aparte del laboratorio, yo trabajé siempre en el Hospital, hasta jubilarme. En esa época no había guardias organizadas, así que trabajábamos día y noche. Recuerdo especialmente los casos de recién nacidos con problemas de bilirrubina: había que salir a cualquier hora. Fue duro, porque tenía hijos chicos, pero era mi vocación.
¿Y su hermano Hugo?
-Hugo se recibió el 17 de marzo de 1971. Él también estuvo en el Hospital. Fundó el laboratorio en la Asistencia Pública y compartía tareas con el Dr. Coutada.
¿Qué es lo que más disfruta de su trabajo?
-Descubrir cosas, investigar con mucha concentración y pasión. Cuando algo es urgente, lo aviso enseguida. No hay que perder tiempo. Este trabajo me apasionó siempre y me sigue apasionando por eso no lo quiero dejar, es una parte muy importante de mi vida.
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¿Qué recuerda del trabajo de su padre?
-Papá trabajó muchísimo. Era el único bioquímico en la zona. Muchas veces no podíamos viajar a visitar a la abuela porque surgía una urgencia, algún diabético que necesitaba controlarse y él no lo iba a dejar; siempre se mantuvo al lado de los que requerían de sus servicios.
¿Cómo eran los métodos de análisis en esos años?
-Se trabajaba con animales: carneros, conejas y sapos. Con las conejas hacíamos la reacción de embarazo. Recuerdo que una vez se murió una coneja que era mía, porque no teníamos más. Las comprábamos en una criadora de la calle Belgrano. Con los sapos era distinto: había que inyectarles orina de la mujer durante tres días, y si era positivo, se encontraban espermatozoides. Se le extraía orina con una pipeta; un método rudimentario, pero efectivo. No recuerdo exactamente cuando dejamos de usar ese procedimiento. Se incorporaron otras metodologías más modernas.
¿Se sumaron otros bioquímicos a este laboratorio?
-Sí, estuvo un tiempo Silvia Villarreal, pero luego se fue al Hospital. Ahora está Alfonsina Beresiartu a la que sólo le faltan dos materias para recibirse y constituye para nosotros de gran ayuda.
¿Cómo se organizaban las tareas con su hermano Hugo?
-Nos repartíamos todo: domicilios, clínica, de todo. Nunca hubo problemas. Éramos conocidos en todos lados, toda la vida. A muchas familias las sentíamos como nuestras y ellos a nosotros. La partida de Hugo fue durísima; pronto va a cumplirse una año. Era un gran compañero de trabajo y de vida.
Usted decidió seguir adelante…
- Sí, ¿qué iba a hacer? Tengo 87 años y sigo trabajando. Estoy bien de salud y de vista. Además, cuento con la ayuda de Alfonsina y Teresa. Este trabajo me apasiona, no concibo otra tarea y menos dejar alejarme del laboratorio.
¿Sus hijos siguieron su vocación?
Caroline es bioquímica, aunque dejó la profesión por algo más redituable. Federico tiene un laboratorio muy importante, con dos sedes en Gualeguay, donde fabrica medicamentos.
¿Qué proyectos tiene actualmente?
-Seguir trabajando mientras pueda. Estoy contenta con la vida que hice. Los pacientes son los de siempre, hijos, nietos de nuestros primeros pacientes, gente que nos acompaña desde hace décadas. A nuestro lado han estado siempre Teresa Azorín, desde que tenía 16 años, luego Mercedes Azorín, hermana de Teresa, desde hace décadas, y Mirtha Ojeda. Son nuestra familia y mano derecha en el laboratorio.