MARÍA AUGUSTA GANGALE DE SOLARI
Todos sabemos del dolor que nos invade cuando perdemos un ser amado. En los primeros días de su ausencia, sobre todo, nos parece casi imposible que nos recuperemos, para volver a disfrutar de las cosas cotidianas en la misma medida que antes de la pérdida.
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Cuando una persona fallece, todo el universo interior que ella creó se pierde irremediablemente porque la realidad no es la misma para todos, cada uno la va construyendo con lo que se percibe o deja de percibir. Una persona que vivió su vida intensamente, que construyó una relación sólida con su compañero de vida, concibió hijos y los formó moralmente, que colaboró con obras concretas para ayudar al prójimo, tuvo una vida bien vivida. Esto es lo que sucedió con la querida Guesa, como le decíamos, para abreviar su nombre. Ella y su compañero, Guido Solari-Carboni, formaron su hogar siendo muy jóvenes, planeando traer varios hijos al mundo. Ambos proyectaban ser pilar de una familia numerosa. Superando momentos de congojas por pérdidas tempranas siguieron adelante sin renunciar al sueño de crear una familia donde varios niños pudieran alegrar la mesa de todos los días. Y El Señor los premió con cuatro hijos sanos, inteligentes y llenos de energía, capaces de servir a la sociedad. Cuando, cumplida con creces su labor maternal, llegó el tiempo de los nietos,se entregó a ellos con su enorme carga de amor. Y en cada retacito de tiempo que le dejaba su rol de madre y abuela, colaboró con Cáritas San Antonio, haciendo toda clase de tareas para ayudar a los necesitados, con la humildad que suelen tener las almas grandes, en silencio, sin pregonar a los cuatro vientos su colaboración y, detalle muy importante, con la alegría que trae intentar hacer el mundo un poco más justo, sin esperar otra recompensa que la que otorga el cumplimiento de esa misión. Siempre serena, siempre sonriendo, siempre ofreciendo a los demás lo que ella podía dar en tiempo, esfuerzo y realización. Por eso, creo que, dentro de la lógica angustia que causa su ausencia a toda su familia y a todos los que la conocimos y tratamos, hay algo muy rescatable que nos puede ayudar a que ese dolor, tan profundo en este momento, no se convierta en sufrimiento. Porque, dicen los sabios que el dolor es inevitable; pero el sufrimiento es opcional. Allí, en la hondura del alma de su esposo, sus hijos, sus nietos y en nosotros, hay encendida una llamita que no se apagará nunca: el sano orgullo de haber tenido una esposa, una madre, una abuela, una amiga que cruzó por la vida, dejando un rastro valioso y bello para los demás; para el prójimo, del que dicen Los Evangelios: "Lo Amarás como a ti mismo" Y Guesa cumplió con ese mandato. Es para estar orgullosos de ella. Tuky Carboni
