Nuestra Capital de la Cultura
Jorge Luis Borges solía decir que la memoria no sólo está hecha de recuerdos personales, sino también de recuerdos ajenos.
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Si esta afirmación nos alcanza a todos los humanos que, individualmente, atesoramos distintos momentos de una misma historia, ¡cuánto más a un pueblo, a una ciudad y los habitantes en su conjunto! Y es la suma de esos recuerdos individuales y colectivos, es esa argamasa de vivencias la que hace la cultura de ese pueblo, de esa ciudad, de esos habitantes. Cultura e historia en una asociación simbiótica que siempre encuentra buceadores del pasado, rescatadores de esas historias que suman haciendo la historia grande de la patria chica, esa patria chica tan inmensa para el corazón que la guarda. Y esos buscadores de tesoros del pasado se vuelven, a la sazón, historiadores serios, indagadores que rescatan del olvido información, buscando detalles que hacen puntual esa historia en frases y palabras, que más allá de informar, grafican, pintan, dibujan ese pasado enriquecedor que no es otra cosa que nuestra cultura vívida, cuando el relato gracias al prodigio de nuestra imaginación se vuelve eso: imagen. Hoy en cambio lo que disfrutamos culturalmente debe ser registrado de manera casi urgente porque dos armas letales, la inmediatez y el momentismo, niegan muchas veces lugar al recuerdo.Particularmente a nuestra ciudad esas historias que enriquecen su acervo -el nuestro- la han llevado a ser reconocida, merecidamente, Capital de la Cultura Enterriana. Reconocimiento a nuestro terruño que avalan tantas historias de la historia. Aquella que nos cuenta que en 1885 un pequeño de siete años elabora un croquis que le permite a la policía identificar a un delincuente. Han cometido un robo en una casa vecina, nada se sabe al respecto, pero, "-Yo vi salir a un hombre", dice el chiquillo. Ante la pregunta "-¿Quién era?", pide un lápiz y dibuja una cabeza. "-¡Es fulano!"_ exclaman varios al mismo tiempo. Horas después, efectivamente, lo detienen. Desde ese instante quedó sellado el destino de aquel niño, Cesáreo Bernaldo de Quirós. La pintura y el dibujo serían su oxígeno.O la de otro niño que desde sus embrionarios estudios, a partir de 1911, en el Conservatorio Beethoven de nuestra ciudad, creció musicalmente hasta llegar a crear la banda sonora de películas europeas hoy históricas como "Muerte de un ciclista" o "El expreso de Andalucía", o ese remanso sonoro que es su obra "Macías el enamorado". Hoy el nombre de aquel niño, Isidro Buenaventura Maiztegui, continúa sumando a la cultura local desde ese magnífico emprendimiento que es la Escuela Municipal de Música.O aquel otro recuerdo personal: "-Vuelvo a la Biblioteca. Y lo hago porque al comienzo de la adolescencia, tanto cuando vivía en mi pueblo natal, como cuando regresaba a él en el período de vacaciones fui uno de sus concurrentes más asiduos...Creo que en la Biblioteca vi por primera vez al poeta Juan L. Ortiz, que habría de ser uno de mis más grandes amigos. Me superaba algo en edad y mucho en versación. A veces lo acompañaba hasta su casa situada en un extremo del pueblo, a pocos pasos del río. Aún no había formado su hogar, de modo que vivía solo en una casa esquinera..." Este recuerdo personal terminó siendo ajeno, siendo de todos porque su protagonista se transformó en un gualeguayense universal, como Juan L. y del que hoy aquella biblioteca de su adolescencia lleva su nombre, Carlos Mastronardi.O Antonio Castro, que de su casa paterna en Julio A. Roca y Juan Cruz Míguez salió un día y caminando por la vera del Gualeguay sucumbió a su embrujo y se quedó para siempre cerca de esas orillas. De esa costa y ese río que pintó con pasión y alegría.Y como el tiempo en la memoria adquiere una perdonable falta de respeto a las cronologías, y por una simple y maravillosa cuestión contemporánea disfrutamos con profunda admiración a escritores que tenemos acá, que están junto a nosotros, pasean nuestras calles, escritores que hace mucho tiempo cruzaron los límites de esta capital de la cultura para trascender de sus relatos que, asombrosamente, vuelven imagen la palabra. Y nos placen con orgullo, con algarabía: Tuky, quien en el espejo luminoso de sus escritos nos refleja nuestra idiosincrasia desde nuestras profundas y limpias raíces. El teatro y la poesía premiados de Daniel González Rebolledo. El campo, el árbol, el caballo y el corazón en la tierra en la obra de Vicente Cúneo. Y la ciudad inundada de música por obra y gracia del Encuentro Internacional de Coros que une a todos los gualeguayenses sin distingos, ni reparos en unas jornadas memorables.Y "La estrella enlodada" que en "La noche ávida" encontró Roberto Beracochea, a la que sin duda pintaron con su enorme y bohemio talento Roberto Cachete González o Derlis Maddoni. Con el mismo sentimiento que alguna vez volvió casi humano al "abuelo timbó" de la Escuela Normal rescatándolo del olvido el gran Rosendo Taborda. Emma Barrandeguy asegurándonos, con una convicción vasca, que "Amor saca amor". Teresita Valiero y María Elena Pérez Petre que, (como la luna del tango), volcaron su clara poesía sobre nuestra Gualeguay.Y la culta ciudad del sur entrerriano ratifica ese peso cultural brindando al mundo hijos que se destacan en una actividad, que no por no desarrollarse en ella le fue ajena, el cine, en el que sigue brillando la obra de Fernando Ayala y la chispa de Beatriz Bonnet. Con nuestro Teatro Italia, dueño de una de las más ricas historias de los teatros del interior del país.Además del periodismo gráfico representado por el "Debate- Pregón", el diario más longevo de Entre Ríos y uno de los añejos del país.Y así se desgranan fechas, nombres, hechos, mitos, recuerdos, (como dijo el maestro Borges), personales y ajenos que hacen al enorme patrimonio cultural que marcó a fuego a este pedazo del mapa entrerriano.
