El valor de los libros en nuestra sociedad
“Nuestros libros y nuestros bolígrafos son las armas más poderosas”
La importancia de la lectura es fundamental para una sociedad que desea ser libre y eso ocurre desde que nació el idioma. Pero leer un libro editado en soporte papel es un placer inigualable, irreemplazable. “Segunda Sección” recorre hoy las librerías del Gualeguay de antes, del de ayer nomás y del presente. Es así que recordamos a las librerías de Don Ernesto Hartkoff, la de Lito Argot y visitamos “Papelucho, de Elsa Barbagelatta.
La riqueza de un libroLa riqueza de las sociedades se configura desde un elevado umbral cultural basado en la lectura. Muchos nos cuestionamos sobre la literatura y el consumo de libros en tiempos de Internet. Podría suponerse que la lectura en un papel, en un libro resulta un ejercicio anticuado y quizás hasta inútil. Pero, paradójicamente, muchas librerías son visitadas por personas de todas las edades, quienes, ávidas, buscan diferentes autores, temas, géneros, novedades. La edición de libros ha aumentado notoriamente, más allá de lo que podamos suponer, y es justamente que el hecho de poseer un libro en nuestras manos es incorporarlo a nuestro cuerpo, a nuestra alma, a nuestros conocimientos.Una vieja frase dice: "Leer es crecer" a lo que agrego por mi experiencia que leer un libro puesto en las manos, acariciar sus hojas, sentir su aroma, observar sus formas, es uno de los placeres de los que una persona no se puede privar.Desde hace siglos, y en especial durante los últimos cien años, se han ido revelando las bondades que esta práctica tiene para nosotros. Por mencionar sólo algunas de estas, la lectura incentiva la ampliación de nuestra perspectiva (podemos percibir y entender más cosas), nos permite llegar a lugares -sean 'reales' o imaginarios- a los que de otra manera no podríamos acceder, representa una puerta de entrada a ideas, historias e imágenes que enriquecen nuestra existencia. "Todo nos lleva a un libro", decía Borges, tal vez refiriendo al papel que la lectura tiene dentro de nuestra cartografía cultural: el de un pulso fundamental para el desarrollo de la mente.Recordando a Ernesto HartkoffZélika Alarcón de TamañoSin ningún motivo aparente surgen en nuestra memoria momentos o escenas del pasado, recuerdos que creíamos olvidados, tal vez al releer alguna página de un libro que abrimos después de muchos años, o una melodía cuyos acordes nos evocan con enorme nostalgia un universo lejano, el de nuestra juventud, o una brisa que nos trae armonías y perfumes de antaño, o simplemente impresiones, el del eco de una voz, que había permanecido guardado en el fondo de nuestro corazón. Y eso me ocurrió cuando Graciela me pidió una reflexión para publicar en el diario, sobre el Rincón Hartkoff, la librería de don Ernesto Hartkoff, que se encontraba en el local situado junto a Radio Gualeguay, en calle Chacabuco, a pocos metros de San Antonio. Escuché la voz de don Ernesto, hombre de muy pocas palabras, pero de enorme cultura. Para los jóvenes de nuestra generación, dar una vuelta por ese ámbito casi sagrado del Rincón Hartkoff era uno de nuestros paseos predilectos. Observar los estantes y mostradores repletos de libros de distintos autores, muchos en magníficas encuadernaciones, ("los de lujo" como los clasificábamos) o los simples libros de bolsillo, o de encuadernaciones más modestas, que generalmente eran los elegidos por su precio accesible, significaba no solamente saciar nuestra curiosidad, sino penetrar en un mundo mágico. Caminar por entre los estrechos pasillos para llegar al rincón donde se exponían obras de arte, detenernos ante algún cuadro o talla que nos conmoviera, descubriendo una nueva faceta de nuestra sensibilidad ante la originalidad y el asombro,... eso, solamente se ofrecía en Gualeguay, en ese privilegiado rincón. Y allí estaba Hartkoff, siempre presente, como custodio del arte y la cultura, bajo la armonía de la música clásica que suavemente, como respetando nuestro buceo intelectual, ambientaba ese sagrado rincón. Bajo su mirada, a través de sus gafas, el librero, siempre parco y adusto, escuchaba pacientemente nuestras ingenuas preguntas. Con su voz casi monocorde, sin alardes, sus prontas respuestas nos orientaban hacia la lectura apropiada.Concurrir a la librería Hartkoff era tan habitual que muchas veces nos dirigíamos hasta allí y, sin pensarlo, nos deteníamos ante el mismo estante, buscando el mismo libro. Siempre atento, aunque sin demostrarlo, procurando pasar desapercibido, más de una vez se acercó para contarme que mi padre me daba permiso para retirar el libro y anotarlo a su cuenta.Cuando conocí a quien sería mi esposo coincidimos en nuestros gustos de lectura, en nuestras preferencias por determinados autores. Los dos éramos lectores desordenados, casi intuitivos. Compartíamos la apetencia de la lectura y el disfrute del lugar entre los cientos de autores que nos deslumbraban. Mario Tamaño, desde su llegada a Gualeguay, fue un asiduo concurrente a la librería, uno de sus más seguros clientes hasta el cierre de la misma. Supo mantener interesantes diálogos con don Ernesto, a quien consideró su amigo además de guía y consejero intelectual.Nos enamoramos de una obra de Mariette Lydis, una carbonilla que permanecía expuesta desde hacía cierto tiempo, hasta que decidimos comprarla. Recuerdo que don Ernesto nos felicitó por nuestra elección. No era muy común en aquel entonces que una pareja tan joven admirara una obra de arte hasta decidir comprarla.A mi memoria llegan aquellos estupendos trabajos de Ernesto Silva. Sus fotos de la gran danseuse María Fux, a quien admiráramos en más de una oportunidad en bellísimas actuaciones en el Club Social, lo mismo que una exposición de obras de Roberto González , o algún cuadro de Antonio Berni, de Juan Carlos Castagnino, entre otros, o las impresionantes máscaras, de cuyo autor no recuerdo su nombre.El Rincón Hartkoff, el de las emociones compartidas o en soledad, con aquella música que nos envolvía y nos transportaba a mundos evanescentes, a instantes mágicos, el rincón de don Ernesto, el librero, quien nunca dimensionó la real importancia de su trabajo, el de aquel reducto del Gualeguay, el de la mitad del siglo XX, era esencial por su aporte cultural.Las Librerías de Sixto Miguel Argot, "Lito"Lito Argot es uno de los referentes de la cultura de Gualeguay. Amaba diferentes expresiones artísticas en las cuales incursionaba con verdadera pasión y compromiso. Desde muy joven se inició en la actividad teatral junto al profesor Julio Pedrazzoli. Más adelante lo encontramos en el Teatro Crisol de Buenos Aires, o haciendo cursos de actor radial. Esa actividad la continúa en nuestra ciudad fundando el ATEG (Asociación Teatral Experimental Gualeguay) y debuta en teatro leído. Su camino del arte lo sigue de la mano de Pitina Olhaberry en el Teatro "La Escena". Más allá de eso, fue coreuta en la agrupación "San Gregorio Magno". Incursiona en la fotografía artística y participa de la fundación del Foto Cine Club. Amaba los documentales y cortos realizando audiovisuales y otras producciones reflejo de historias y homenajes.Pero en lo que se refiere al tema que hoy desarrollamos, Lito creó lugares al que acudían los estudiantes y docentes en busca de libros nuevos o usados, donde se podían vender, cambiar, canjear. Una puerta abierta a la facilidad para tener ese libro necesario para estudiar o distraerse. En 1985 inaugura una librería en Monte Caseros y Pellegrini y otra en Centenario y A. Palacios (atendida por Martha, su esposa). Su actividad fue muy intensa con todo tipo de libros, principalmente con textos escolares.Sus locales fueron además centro de reuniones de sus amigos lectores. Aquí vendió Antonio Castro sus primeras láminas originales. "Lito" Argot dio mucha importancia al libro y a la buena lectura. Como librero, lo hizo con mucha eficacia, dedicación y placer.
