País azul
Las semanas transcurrían con el tic-tac de un antiguo reloj de péndulo, a cuerda, que marcaba el paso del tiempo en el comedor principal de la casa. La escuela, la pelota, el dibujo conformaban la trilogía principal de la infancia.
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Las rutinas domingueras se mezclaban con la misa de las diez de la mañana, el almuerzo con las pastas de la abuela, la matineé en el Mayo y luego de la siesta de mi padre, ir a un boliche en ruta once al borde del Arroyo Clé.
El cascarudo “Chivo 37” llevaba la familia a disfrutar los días de guardar a un lugar elegido por mi viejo, asiduo habitué de boliches de cualquier estirpe, sitio ideal para distenderse de la semana pasada y encarar la venidera.
Don Vicente Estévez abrió un almacén de ramos generales en ese páramo, una construcción antigua –supuestamente asentada en barro- con estilo italiano de “casa chorizo” que, supongo, había comprado. América Almenares, nacida en Gobernador Mansilla, era su esposa y compañera y entre ambos reflejaban un matrimonio de criollos viejos a mi joven mirada por sus cabelleras blancas, con cordial bonhomía a los visitantes de toda laya, tanto del boliche como en la casa. Gente sencilla y trabajadora con una pequeña hacienda: vacunos, huerta, un chiquerito y algunas ovejas que contribuían a sobrellevar la condición humilde.
El “chivo” aparcaba a las cuatro de la tarde entre los postes de quebracho donde, silenciosos, los matungos esperaban sus jinetes entregados a copas y naipes. Mi viejo acudía a mezclarse con la paisanada, truquear, beber y después de unos “califoratos” o vinos contaba cuentos para seducir la peonada, mientras mi madre visitaba a doña América en el patio rebosante de plantas, flores y helechos con vista al arroyo.
Mientras tanto y según la época, yo con mis amigos del barrio invitados pescaba en el arroyo Clé mojarritas, boguitas, taruchitas y alguna doradilla. Cuando venían mis primos de Buenos Aires compartíamos la rutina. Otras veces nos perdíamos en la galería de sauces para conocer el monte, jugar con la pelota o irnos bajo los puentes a escuchar pasar los vehículos que estremecían la estructura de cemento, una experiencia temerosa que experimentábamos con adrenalina que se nos cayera la ingeniería encima. Otras veces, si el invierno estaba bravo, llevaba papeles y lápices y dibujaba lo que miraba a través de las ventanillas del “Chivo”, siempre bajo la sobreprotección de mi madre para que no pasara frío y me enfermara.
Mientras mi padre confraternizaba con los peones rurales, mi madre compartía mates con doña América y alguna exquisitez que preparaba para alimentarnos: pan casero con chicharrones, torta criolla con huevo, azúcar y semillas de anís o una torta alta con harina leudante y cubitos de dulce de membrillo en su interior con huevo y azúcar de cobertura, conversando de bueyes perdidos entre comadres.
La anfitriona, quien no tuvo hijos con Vicente, había adoptado un lorito encontrado en el monte que desde pichón lo crio y bautizó Rodolfo. El ave participaba en la reunión mientras comía las migas desparramadas en el suelo después de la merienda y, parlanchín educado por su dueña, decía: “-Rodolfo: ¿Querés torta?
La otra habilidad circense de Rodolfo fue cuando lo vi con mis propios ojos, desplegando su perfomance en el patio con pisos de ladrillos, las sillas de sauce tejidas con paja mansa y doña América presentando la mejor de las aptitudes artísticas de su “niño”. Lo alzó con sus manos, puso a Rodolfo en su hombro y comenzó a silbar el Pericón Nacional, mientras el pajarraco bailaba dando vueltas en círculo moviendo su cabecita siguiendo el ritmo del tres por cuatro.
Inaugurando mi curiosidad investigué la denominación del viejo arroyo, afluente del Gualeguay y no hay registros certeros. Antes de Rocamora el arroyo ya se lo identificaba como Clé, Cleé según los documentos. ¿Una voz indígena, un apellido de algún forastero terrateniente en tiempos lejanos? Siempre escuché que las mejores tierras del mundo estaban en sus márgenes por la profundidad del humus, residuo de sedimentos seglares. Todo bien argento: la avenida más larga, la otra más ancha, la calle angosta y otros imaginarios. Esos arroyos siempre estuvieron presentes en lecturas antropológicas donde el agua proveía comida, la sobrevivencia y encanto de vivir en las riberas como patrimonio de los primitivos y genuinos dueños de la tierra.
Decía mi viejo que un día se le presentó a don Vicente un hombre mayor, diciéndole que era su hijo. No hubo conflicto ni rencilla y sin ADN el bolichero lo reconoció, le dio una parte del predio. Armó un rancho para vivir con su familia, puso una carnicería y convivieron en paz.
Mi padre, encopado, daba rienda suelta a sus intervenciones artísticas recitando. Su más celebrada era “Dicen que me voy a morir…” cuando la tarde caía y era hora de regresar. Ante el mutis de la paisanada y el descanso del mazo, el viejo copaba la atención:
” -¡Dicen que me voy a morir…!”. Y agudizando el parlamento lo repetía cada vez más angustiado. ” -¡Dicen que me voy a morir…!”. Hasta que en un momento de dramatismo existencial concluía su lírica:
” -¡Dicen que me voy a morir…! ¡¡Si se cagan, mierdas!!”, haciendo un corte de manga mientras la paisanada aplaudía y reía pidiendo a don Vicente “otra vuelta” de copas para reanudar el truco.
* * *
“País azul” es una canción que escribí hace décadas rememorando esa vivencia temprana de tantos domingos inaugurales.
Mucho tiempo después supe que doña América, ya viuda, vivía en el pueblo y la visité. Sin su Vicente ni Rodolfo se encantó de recibirme. Siempre generosa, me convidó con lo que su austeridad le permitía. Al momento de irme, me entregó un sobre con dinero a lo que me reusé, pero dada su insistencia lo tuve que aceptar.
Entrado en bulines de la bohemia, recibía correspondencia epistolar de amigos, músicos y periodistas del país y el mundo. Un día recibo una carta a mi nombre que no tenía identificación de domicilio y se leía solo el remitente. Los carteros, duchos de quien era el depositario por otras tantas epístolas semanales, sabían que era el destinatario y la dirección. La misiva era de doña América, disculpándose por si me había ofendido, que no hubo intención para que me haya sentido mal por su actitud.
Después, nunca más la vi.
” -¡Dicen que me voy a morir…!”, como recitaba en joda mi viejo, pero que al fin de cuentas no deja de ser una perogrullada. Aquellas rutinas domingueras son parte del recuerdo, la propia historia: mi padre, mi madre, Vicente, América, mis amigos de la infancia. Todos siguen estando presentes y aun cuando perezca como cualquier mortal, esa y otras historietas se diluirán en cenizas mientras la palabra escrita resguarde el valor del tiempo vivido, con su paleta colorida en laberintos de la mezquina memoria.