Raquel Oliva: “Los brazos me alcanzan para abrazarlos a todos”
Su sonrisa resiste el paso del tiempo y los años se suceden, mansamente, como si viviera con otro calendario. Raquel “La Nona” Oliva lleva noventa y siete octubres viviendo en Gualeguay y alrededores, abandonando el pago solamente para algún paseo esporádico. La casa que la cobija desde hace más de cuarenta años, se erige antigua, frente al Palacio Municipal en calle Tres de Febrero. Hasta hace no mucho tiempo, tras el sonido del timbre, con paso lento pero firme, la propia “Nona” abría la puerta. Lógicamente, los años han hecho mella en sus fuerzas, pero aún se desplaza con su bastón y, sobre todas las cosas, su sentido del humor permanece intacto como la costumbre de saludar con dos besos.
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Escuchamos su voz: "Nací el 6 de octubre de 1919 en Gualeguay, en una casa cerquita de la Plaza San Martín. Mi mamá se llamaba Ana Dolores Arrativel de Oliva y falleció cuando yo tenía 5 años. Me crió mi abuelita Gertrudis hasta los 11, que era una persona muy buena". De esa primera infancia le quedan algunos recuerdos bien claros: "Cuando era niña jugaba al ring raje, en lo Arribillaga, donde hoy está Lucecitas, corríamos hasta calle Belgrano y nos escondíamos". De todas maneras, fue una infancia de necesidades: "Estaba mi abuelita con los cinco nietos, y un día encontré plata y se la traje re contenta. Enseguida la ocupamos a la plata, compramos comida. No eran tiempos buenos, eran tiempos tristes. Me crié con una hermana más y después me invitaron mis hermanos a vivir a Buenos Aire y estoy agradecida de no haberme ido. Fuimos ocho hermanos, seis mujeres y dos varones, todos se fueron a Buenos Aires y no tuve más noticias, hasta que volvieron a visitarme siendo casados. Éramos Ester , Lidia, Lola, María, Catalina y yo. Nicandro era el mayor y Carlos el más chico, yo era la tercera. Su destino quedó unido a Gualeguay y pronto llegó el tiempo de mudarse al campo, donde pasó buena parte de su vida: "Me llevaron a la casa de un tío en el campo, en el Tercer Distrito". Esto coartó sus deseos de estudiar: "A mí me gustaba mucho leer y estudiar, pero en el campo fue imposible, no había comodidades para viajar".La vida en el campoDesde su más tierna juventud, Raquel tuvo que trabajar con el ritmo sostenido que caracteriza a la vida rural: "A bailes fui a muy pocos, no había en qué viajar, sabíamos ir en un carro de dos ruedas, cargado de chicas, que era manejado por un varón. No fue una vida de decir, cuánta joda. En el campo había baile, pero no se salía mucho, como acá, todos los sábados". Las obligaciones eran otras: "Me hacían trabajar en el campo, doy gracias, porque yo ahora estoy bien, pero se lavaba a mano, no había lavarropas. La plancha era a brasa, había que tener cuidado de que no se cayera ceniza. También cocinaba como para seis personas: cocinaba puchero, guiso, estofado. Todo a base de carne". En aquellos años, los avances tecnológicos llegaban para resolver necesidades reales: "El agua había que cargarla en un barril, en un caballito, un par de chacras. Después se puso una bomba y por suerte no se acarreó más agua". Corrían los años treinta, y Raquel tenía por entonces 14 años: "Me gustaba correr a caballo: Una vez me acuerdo tenía una yegüita que se llamaba Pandorga, y antes la mujer no podía andar a caballo montada, tenía que ir sentada. Hasta eso nos prohibían. Y una vez me caí para atrás, me quedé enganchada con un pie en el estribo, y me arrastró un ratito. Es increíble pero real. Entonces, vino un hombre y me salvó, porque en el campo, sola, me podría haber pasado cualquier cosa. Esas son cosas tristes" recordó.El casamiento y la llegada de los hijosEl tiempo pasó con esos familiares que se hicieron cargo de ella, hasta que llegó el momento de construir su propio proyecto familiar: "Me casé con Arturo Vallenari a los 25 años, y él me llevaba 28 años a mí. Lo conocí porque jugaba con las sobrinas de él". La pareja fue moviéndose en distintas zonas del Departamento Gualeguay: "Cuando recién nos casamos, fuimos a vivir Segundo Distrito, después nos fuimos a la Aldea Asunción". Y los retoños no han sido pocos: "Tuve diez hijos, pero una chiquita de 10 días falleció porque nació enfermita del corazón. El mayor de mis hijos tiene 71 años, que es Lalo. Siguen Lola, Jorge, Quique, Mari, Quela, Norma, Graciela y Pocho. Ocho nacieron en Gualeguay: El primero y el último hijo nacieron en el Segundo Distrito". Raquel sabe que lo que hizo no es nada fácil: "Los crié sola, yo no tenía a nadie, y los crié bastante bien. Estuve enferma y le dije a Lola que yo no podía hablar, y le pedí a ella para que hablara más fuerte, porque no podía hablar. Gracias a Dios los tengo a todos sanos. Lola estuvo muy grave, me acuerdo que era medio porfiadito mi viejo (por su marido), y yo quería traerla a Gualeguay al médico, y Lola se salvó. Entonces, yo dije: Si se llega a morir, yo me voy, no sigo más con el viejo. Me separaba. Estuvimos en Gualeguay, ella estuvo internada en un hotel, y entonces iba el médico al hotel. Estaba el Hospital San Antonio, pero gracias a Dios nunca fui". Entre tantas otras historias que se mezclan, "La Nona", nos cuenta que los dos chicos que nacieron en el Segundo Distrito, tuvieron que ver con una falla en los cálculos. Se iba acercando a Gualeguay a medida que avanzaban los embarazos, pero en esos dos casos no llegó y nacieron a mitad de camino.Vuelta para GualeguayEl matrimonio se puso grande, especialmente, Arturo que le llevaba algunos años de ventaja a Raquel y trabajaba a destajo en el campo: "Lalo se quedó en la casa y un día nos dijeron: van a tener que ir a vivir a Gualeguay porque están viajando mucho y les queda lejos. Entonces compramos la casa de 3 de febrero, frente a la Municipalidad, que en mayo ya se cumplieron 41 años". Sin embargo, la llegada a la ciudad no fue un retiro apacible en los primeros tiempos: "Vendí ropa, vendí libros, hacía salame, tortas fritas y pastelitos. Iban a preguntar los municipales si vendía salame. También vendía libros a domicilio". Al fin llegó el tiempo de para un poco y empezar a disfrutar: "Después viajé un montón. Anduve en Mendoza, Piriápolis (Uruguay), fui al sur, al norte, estuve en Bariloche tres veces. Tenía un viaje a Brasil y me enfermé. Mendoza me encantaba, porque había cada un vino muy rico". Raquel sabe disfrutar de un buen trago cuando el cuerpo se lo pide: "Tomo un poquito de vino, whisky, fernet con coca. Pero siempre ando bien del estómago porque me cuido, no puedo pasarme con la comida".Bailando hasta el finalRaquel sigue con muchas ganas y se queja de los achaques: "Ahora me siento cansada, ¿viste como camino? Ando con el bastón, y quieren que use andador o el de tres patas (trípode), pero nunca me caí con el bastón". Una de las razones de esa vitalidad, es la alegría que exhibe sin pudor, especialmente, en sus fiestas de cumpleaños. Los que tuvimos la suerte de disfrutar algunas, podemos dar Fe de las bacanales que se viven, en reuniones que convocan cientos de personas, las mejores carnes asadas y bebidas espirituosas que acompañan la mesa dulces, el interminable truco y las sorpresas de siempre. "Hasta los 85 no festejábamos nada, y ahí empezó. Y ya van casi quince años de joda tras joda. La mayoría han sido en salones de Gualeguay, pero también las hubo en Galarza y Mansilla. Su verdadero orgullo, y el cierre de esta nota son sus nietos y biznietos. Da gusto verlos desfilar por su casa, hombres grandes algunos, bebés los más pequeños. Todos quieren otro beso de La Nona. Algunos se entreveran en un chinchón, otros comparten una copa. "Bisnietos tengo veintinueve y nietos diecinueve, además de mis nueve hijos". Sus palabras de cierre nos emocionan inevitablemente: "Quiero a toda mi familia, que es grande, pero los brazos me alcanzan para abrazarlos a todos y doy gracias a la vida por la familia, por todo, porque tenemos nuestros momentos tristes pero también de alegría".
