Por Mario Alarcón Muñiz
Si le preguntáramos a don Antonio…
Está abierto el debate sobre la educación. La necesaria inclusión no se alcanza mediante el facilismo. Hoy se impone la consigna de promover antes que saber. Se desvaloriza el esfuerzo, imprescindible para el crecimiento en todos los órdenes de la vida.
Casos hay miles. Con seguridad cada lector recuerda uno o más. Puedo citar varios, pero en este momento mi memoria prioriza la lección de un maestro: Antonio Gamboa Igarzábal. Falleció en 2006 a los 97 años y tuve la suerte de conocerlo y compartir con él largas charlas mate por medio -o un vino bueno, según la hora- en su casa de calle Urquiza, casi avenida Ramírez, en Paraná. Allí don Antonio cuidaba -no sin rezongos motivados por el clima- un jardín cubierto de plantas que había traído de la selva misionera, una de sus pasiones. Era un observador agudo de la realidad. A veces coincidíamos, otras no, siempre con profundo respeto y afecto entre ambos. En su niñez Gamboa Igarzábal sólo pudo cursar hasta tercer grado, porque la escuela de Puerto Ruiz, su lugar de nacimiento, no superaba ese nivel. Sin embargo, apoyado en constantes lecturas -su otra pasión- ejerció el periodismo en Gualeguay con evidente aceptación, al punto de radicarse luego en Paraná para continuar en esa actividad. Dueño de una gran fuerza de voluntad, ya adulto terminó la escuela primaria en la capital provincial, se incorporó a la secundaria, se graduó de bachiller y lejos de conformarse logró también el título de maestro a los 50 años. Inició entonces el profesorado de literatura, pero no llegó a graduarse. Faltándole un año se le presentó la oportunidad de trasladarse a Misiones para ejercer la docencia en aquella provincia. Así lo hizo hasta la jubilación. Regresó a Paraná, cursó el profesorado de historia, alcanzó el título, continuó estudiando en la Escuela de Artes Visuales y se graduó de maestro ceramista. Tenía 71 años. Mientras desarrollaba toda esa actividad, don Antonio escribía e investigaba. Publicó cuatro libros de poemas y varios ensayos históricos.Aprobar en lugar de saber Esto quiere decir que con voluntad y esfuerzo, se puede. ¡Vaya novedad! No obstante, debo expresarlo así. A don Antonio quizá alguna vez lo aplazaron o le regatearon una nota, no lo sé. Queda claro que nada lo frenó. Tampoco se amparó en facilismos circunstanciales que terminan en extravíos o naufragios. Quizá había heredado la perseverancia que suele atribuirse a sus antepasados vascos o era simplemente la forma de satisfacer sus deseos de superación personal. Sea como fuere, su recuerdo (felizmente no es único) sirve para contemplar desde allí la idea que está avanzando en la educación argentina de estos tiempos: hacerla más fácil. Es decir, más liviana, menos consistente. Aprobar, en lugar de saber. El resultado por encima del contenido. La cáscara, el envoltorio, más importante que el producto. Al cierre de esta columna, el domingo anterior, opinábamos que el descenso de la calidad educativa -lo muestran las estadísticas y es de sencilla comprobación por cualquiera de nosotros-, obliga a buscar el camino entre todos para recuperar el nivel perdido. "Se trata del futuro de la Patria y de nuestra gente", señalábamos. La ley nacional de educación 26206 lo ha previsto. Por supuesto, tiende a la inclusión de todos los sectores sin distinción de niveles sociales. Hasta menciona a los pueblos originarios, como corresponde. En ninguno de sus artículos habla de "facilidades". No creo que tampoco la pedagogía las propicie.Lea más en la edición impresa en papel
