Un santo para nuestro pueblo
Encontrarse argentinos en Roma y el Vaticano no es una novedad, particularmente desde la elección del Papa Francisco. Pero esta vez se podían identificar fácilmente, estábamos por todas partes, con banderas albicelestes o algún distintivo particular. Para muchos era la primera vez. No se puede decir que los argentinos hubieran invadido la ciudad pero, entre tantos turistas y peregrinos, esta vez había una algarabía especial que hacía sentir su presencia: la canonización del primer santo auténticamente argentino, San José Gabriel del Rosario Brochero (el Santo Cura Brochero).
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Esta frase de por sí necesita alguna explicación. La canonización es la ceremonia por la cual la Iglesia declara oficialmente que una persona es santa. Para ello es necesario un largo proceso de estudio y análisis de su vida, sus escritos y discursos, y también, después de haber muerto, su intervención exclusiva en por lo menos dos milagros inexplicables por la ciencia.Para los católicos, un santo es una persona que podemos asegurar que está en el cielo intercediendo ante Dios por nuestras necesidades. Y además su vida es un modelo para los que aún estamos acá. Los santos nos muestran que nadie nace santo, sino que nos vamos haciendo santos a lo largo de la vida, en la medida que por la fe seguimos las enseñanzas de Jesús y las ponemos en práctica.Decimos que el Cura Brochero es el primer santo auténticamente argentino porque nació, vivió y murió en nuestras tierras. En 1999 había sido canonizado Héctor Valdivielso Saenz, un joven nacido en nuestro país en 1910 de padres españoles, pero que a los cuatro años se mudaron a su tierra de origen donde San Héctor se crió y murió mártir con 23 años de edad.Pero además, quien declaró santo al Cura Brochero, en una soleada mañana del 16 de octubre, es un connacional: el Papa Francisco. Algo que nadie se hubiera atrevido a soñar hace cinco años atrás. Es un acontecimiento de fe, pero además un hecho histórico. Y así se vivió en Roma y en Argentina, como una fiesta, con la profunda sensación de que cada instante sólo podía haber sido tejido cuidadosamente por la mano de Dios. No era una casualidad del destino.Un gran tapiz del cura santo montado sobre su mula colgaba del frente de la Basílica de San Pedro junto a las otras personas que fueron canonizadas en la misma celebración. ¿Qué pensaría Brochero al ver su imagen allí? Imposible predecirlo. Pero para nosotros es todo un mensaje. Sintetizaba la vida del nuevo santo, un sacerdote metido entre su gente, saliendo a los caminos, preocupado por la vida y la fe de su pueblo. Es una foto de un Brochero en acción, no mirando al cielo como las clásicas estampitas, sino con los ojos fijos en la cámara, casi de manera interpelante. Es una imagen típicamente argentina. Por eso contemplarla, antes que despertar una exaltación de patriotismo, lo que hacía era emocionar y animar. La emoción no puede explicarse, se siente. Pero también animaba porque mostraba que la santidad es posible.La celebración central fue una Misa presidida por el Papa al estilo del Vaticano. Las misas son las mismas en todas partes del mundo, pero los estilo son diferentes por la música, el lenguaje, la solemnidad, etc. Cada uno ubicado en el lugar que le correspondía en la imponente plaza de San Pedro. Todo prolijamente preparado y sincronizado. Los sacerdotes quedamos a un costado del altar principal, detrás de los obispos, frente a las autoridades oficiales e invitados especiales. De allí pudimos apreciar cada instante, sentir la alegría de la gente y los aplausos argentinos cada vez que alguien decía por los micrófonos en latín o italiano el nombre del nuevo santo.El momento central fue cuando el Papa pronunció en latín, de manera solemne, la fórmula por la cual se reconocía la santidad de estos siete hombres y mujeres, entre ellos, Brochero. El coro irrumpió con un canto de acción de gracias y se acercaron las reliquias de los nuevos santos. Emoción de todos. Lágrimas. Alegría.Días antes, la canonización estuvo precedida por vigilias de oración; días después, por misas para agradecer a Dios el regalo de tener a alguien nuestro como intercesor y modelo. Alguien que con su vida entregada a Dios y a su gente nos muestra, imitando a Jesús, que el camino de la felicidad está en darse si medida. Brochero, un cura como tantos de su época, ya es santo. Montado sobre su mula parece estar listo para salir y nos mira como preguntándonos si también nosotros nos animamos a seguir ese camino que vale la pena recorrer.
