2 da Parte
Deolindo Romero le saca lustre a su historia
Fueron años de esfuerzo: “En la escuela me destaqué mucho por la lectura, y sin tener nunca un manual, en mi casa no teníamos nada, a los doce años yo estudiaba con una mesa de luz y un candil. Como tenía que ir a trabajar, los deberes los tenía que hacer de noche, a la mañana la escuela, a la tarde el taller. Fui el mejor alumno de cuarto grado. Cuando llegabas a sexto podías presentarte en otros trabajos, como el banco o a la Casa Bisso, pero yo elegí el taller, me gustaba el trabajo”.
Deolindo Romero fue a trabajar al taller de la carpintería Sperandío, fundada en 1888: "Mi viejo llevaba con el carro los muebles que fabricaba Sperandío. Cuando tuve edad, me metió al taller. A los diecisiete años ya era oficial lustrador, fui muy conocido en Gualeguay por hacer este trabajo. En el taller se hacía de todo, yo lustraba muebles, si faltaba un carpintero, te ponían ahí, aprender bien algo llevaba muchos años. La paga era poca, fui oficial mucho antes, pero bueno, así era el asunto".Rescata en su formación como hombre dos "suertes" para su destino: "Siempre fui gran lector, me compraba libros, y después hay que tener la fortuna en la vida de tener buenos amigos que te van guiando, los amigos son la verdadera familia de tu vida, los buenos amigos. Disfruté las noches de música, de bohemia, de sincerarme con el amigo. Yo siempre fui candidato a seguir aprendiendo, hasta hoy soy alumno, por ahí escribo algo, soy amigo de muchos poetas de Entre Ríos".La vida laboral de Deolindo tiene ribetes de personaje de película de miedo, aunque asegura que él nunca se sintió afectado: "Hice la colimba en Rosario del Tala, en Artillería a caballo, año 1963, me tocó cuidar las elecciones donde fue elegido Arturo Illia. Me soltaron el 22 de noviembre de 1963, el día que mataron a Kennedy. Entro de nuevo a la casa Sperandío. Después me oferta trabajo la funeraria Otegui. Me dijeron que yo entraba para lustrar ataúdes, que no iba a tener que andar con los muertos. Sorpresa mía fue cuando tuve que ver con los muertos. Yo no sabía, como el 1 y 2 de noviembre era día de ánimas, se pedía el lustre de los cajones en los panteones del cementerio.Durante octubre casi ni pisaba el taller, trabajaba en el cementerio. Al final, nunca me impresionó trabajar con los muertos. No había diferencia entre un ataúd que estaba vacío o uno que no. El cementerio lo caminé mucho, desde 1965. Cerró Otegui y abrió la casa Grasso, que habían sido empleados de Otegui, año 1969. En Grasso hacíamos de todo, desde hacer el cajón hasta encajonar. Después me cansé, era mucho trabajo, días largos. Yo era muy amigo de ellos, pero trabajé hasta el 77. Me llamaron de Sperandío, estuve 22 años, hasta que cerraron. Después hice changas por mi cuenta: lustre, tapizado, restauración de muebles. La gente me conoce, de gurí iba en el carro a llevar muebles, y después la bicicleta, desde que vine de la colimba no me bajé más de ella. También caminé mucho, porque era deportista, hice boxeo, fútbol, natación, maratón".En relación al tema de la muerte y sus ceremonias, Deolindo recuerda: "En la ranchada donde yo me crié se hacía un fuego para atender a los que venían al velorio, un asado. Se estilaba en las casas: bebida fuerte para los hombres, anís para las mujeres. Allá se ahogaban muchos chicos: el río, los arroyos. Los acompañamientos de las criaturas se hacían a mano: los pibes nos turnábamos hasta el cementerio, llegábamos hechos pedazos. Se pasaba por la iglesia donde había un personaje que se llamaba Catón, y que acompañaba a todos los muertos de Gualeguay. Él estaba siempre ahí, preguntaba: ¿Quién es el finadito?, y marchaba para el cementerio. Era costumbre.Catón vivía en la calle, lo hizo hasta que le llegó el momento de morir".En cada charla que se da con Deolindo en la puerta de casa, justo cuando él va camino o está saliendo del almacén de don Enrique, siempre aparece, es inevitable, su pasión: la historia. Pregunto por el origen de esta elección de vida: "En la escuela me interesó mucho la historia, prestaba mucha atención, yo no tenía libro, todo lo entendía en la escuela, donde la maestra exponía el tema. A mí no me mandaban a cortar figuritas, ¿de dónde las iba a sacar? Saber de San Martín, Belgrano, pensaban tan lindo, me gustó tanto que quise ser militar. A los dieciséis años hice un intento en la escuela de suboficiales de Campo de Mayo, pero pedí la baja. No era lo que yo había pensado, la injusticia me corrió, no me entraba en la cabeza que me dijeran que esto era verde y yo veía que era blanco. Después seguí leyendo historia, me interesó el revisionismo. Era deportista y además quería tener cultura. Leí sobre los caudillos, me interesó Pancho Ramírez. Leí muchos autores, porque si se escribe desde Buenos Aires, las cosas se cuentan al revés. Rosas, Urquiza, tipos bravos en tiempos en que a veces no había que dejar prisioneros y se mandaba a los degolladores. Y de leer sobre personajes de la historia, llegué a interesarme por la Masonería, otro de mis temas de lectura preferidos. No tengo método, me gusta conocer, soy autodidacta, como en la música o la escritura, hago las cosas a mi manera".Si pienso en la Gualeguay que estoy descubriendo, enseguida veo un hombre en bicicleta. Siempre sonriente y con ganas de comunicarse. Deolindo Romero, el hombre de la bicicleta, aquel que fue presidente en 1966 del hoy desaparecido club Reconquista, sale en busca, cada día, de la historia y su gente, todo ese paisaje a la sombra que se acomoda dentro de la historia grande que se guarda en los [email protected] Lois / Noviembre 2013 / Gualeguay
