Posmodernidad: el nuevo malestar
La ciudad del mundo nuevo, duerme su sueño de paz. Ve la vida en un video y se le va la vida al creer Megáfonos recomiendan: Use máscara de gas, Hay oxígeno vencido en esta farsa de la paz.” Pappo, “Mundo nuevo”
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Sumado a ser más rápidos, más fuertes, más ricos, más hermosos y más exitosos, la posmodernidad también nos propone ser más saludables. La enfermedad, el desfallecimiento físico, la perdida de las aptitudes del cuerpo, pierden su carácter contingente para convertirse en una suerte de cálculo de "factores de riesgo" o de "conductas saludables". La letanía de lo saludable se deja escuchar en cualquier sintonía y su ritmo monótono y recurrente es el signo de aquello de lo que se trata realmente.Los conceptos: alimentación balanceada, riesgo probable, cirugía preventiva y variaciones. La humanidad sigue enfermando igual que siempre y sigue muriendo las mismas muertes. Algo se mantiene sin variación: La salud como imperativo genera un efecto de enfermedad. Silvia Ons define sintéticamente la posmodernidad como la época de la desaparición de las fronteras. Entre sus muchas consecuencias, que pueden preguntarse principalmente a los sociólogos, una que nos interesa particularmente es el quebrantamiento de los lazos sociales. Los discursos, los "grandes relatos", caen y dejan de estar cerca de los objetos que representan. Así, aparecen discursos que deambulan como fantasmas, apuntando a una nada que nos esforzamos por hacer consistir con todas nuestras fuerzas. Las palabras se convierten en apariencias. Lo que se dice está cada vez más lejos de lo que se hace, para sintetizar.Observemos que el imperativo kantiano barre con los intereses individuales y se afirma contra todo interés particular. Sobra decir que la moral de Kant no tiene nada que ver con la moral moderna. "Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo, tu acción se convierta en ley universal." La moral moderna, empujada al todo y más allá del todo, absolutamente individual, también trata de ir más allá del placer. Los psicoanalistas tenemos una idea de qué hay en ese más allá.La búsqueda de la felicidad individual es uno de los efectos de la ruptura de los lazos sociales. Gracias al lazo, la felicidad, en el sentido de la virtud antigua, se encontraba con el otro, con el prójimo. Ahora, si el prójimo goza más que uno, o no sirve como medio de goce, se convierte en una molestia insoportable, incluso angustiante.Señalábamos que cuando la búsqueda del placer se convierte en un deber, genera precisamente el efecto contrario. Entonces el vuelco es hacia el goce (que no es lo mismo que placer). Una operación que pone a la bestia en el centro del escenario posmoderno. No se escucha que la gente diga hoy, en la época del levantamiento de toneladas de represiones respecto de la sexualidad y de un nada decoroso libertinaje, que su sexualidad ha dejado de serle problemática o que padece menos la neurosis. Por el contrario, asistimos a pandemias de ataques de pánico y consultas por impotencia, curiosos efectos justo después de descubierto el sildenafil.Así el resultado de una cultura que promueve el exceso no puede ser otro que un empobrecimiento psíquico y cultural. Es ciertamente curioso cómo mientras más se expande la salud mental, más cosas de la vida común resultan ser patológicas, más niños resultan medicados y menos tranquilidad hay en la cotidianidad.Es una tesis sencilla. La salud como imperativo genera un efecto de enfermedad. Los efectos de esta dinámica son claramente visibles en la actualidad. El ejemplo que resulta más convincente es el de la salud mental. Mientras más se amplían los servicios de salud mental, mientras más estudios acerca de condiciones de vida saludables surgen, mientras la psicología habla un lenguaje más accesible al consumidor, mientras más y más patologías se suman a los manuales de diagnóstico, mientras más se "refinan" los métodos de tratamiento; mas enfermos aparecen y más medicados están.El efecto de homogenización de la posmodernidad genera violentas reacciones subjetivas; las más notables son los efectos de segregación. No sería raro encontrar que la violencia en general se origina más como afirmación desesperada de la subjetividad que como "falta de educación" pulsional. Freud y Lacan han señalado ampliamente cómo las afirmaciones narcisistas se encuentran en el núcleo de la agresividad. Lo curioso es que esto parece pasar desapercibido a la posmodernidad, que insiste, a pesar de las evidencias en lo social, en generar una especie de sujeto tipo, cuyos patrones de consumo y tendencias de conducta sean predecibles por el mercado. Por supuesto, no puede decirse inocentemente que la responsabilidad es del mercado; pues el sujeto posmoderno, el último hombre de Nietzsche, ha cedido, indudablemente, aquello que lo haría único: Su síntoma. La enfermedad, hoy, no es propia del que la padece. Ha sido sustraída al sujeto y ahora pertenece a la tecno medicina. Ya no es el antiguo mal que nos aquejaba, pero nos acompañaba, ha sido despojada de su poesía y es hoy promocionada por el mercado de la salud, a través de un mecanismo tan paranoico como destructivo.Borges decía que "Uno se acostumbra al dolor igual que a la vejez, a la vida, a una enfermedad, a un sanatorio o a una cárcel". Frase en la que el poeta señala a la enfermedad como parte de la vida, del decurso normal de la existencia. Más saludables quiere decir más padecientes bajo el imperativo categórico, más aferrados a un ideal etéreo que no para de alejarse; mientras que la dignidad de lo posible se hunde en el barro de un olvido programado.Fuentes: -Alexander Cruz, notas- -Silvia Ons (2009).
