A UN AÑO DE LA TRAGEDIA DE ONCE
Seguramente durante esta semana ocurrieron varios hechos que merecen un espacio en esta columna, tal es el caso de la paritarias docentes nacionales y sus dificultosas negociaciones. Sin embargo, hubo un acontecimiento que por la tristeza e impotencia que emana, merece toda la atención del presente columnista y de todos los posibles lectores: el primer aniversario de la nefasta tragedia de Once donde murieron 51 personas.
Pasó un año de aquella fatal hecatombe ferroviaria y aún nada ha sucedido en lo que respecta a la búsqueda de culpables. Los familiares de los fallecidos en ese terrible episodio lloran y lamentan sus pérdidas pero no sólo ello sino que también persisten en los pedidos de justicia para los implicados de uno de los accidentes más oscuros de la historia Argentina. Nadie se hace cargo, el Gobierno mantiene un irascible silencio que sólo genera rencor y muestra su cara más opaca. Schiavi, Jaime, De Vido, Cirigliano y, obviamente, CristinaFernández de Kirchner son culpables directos e indirectos de esta fatalidad. Son responsables de no haber mantenido un eficiente y regular control del sistema ferroviario nacional y de privilegiar sus negociados antes que la vida de los estudiantes y trabajadores que viajaban en el Sarmiento. Nada recuperará la vida de esas personas ni siquiera los recientes intentos tardíos del oficialismo de dar mejoras al sistema de trenes. Aunque sise analiza bien, forma parte de la miserable lógica gubernamental en nuestro país: esperar que las cosas sucedan para actuar. Como se contradice el discurso kirchnerista "antineoliberalismo" cuando ocurren situaciones como estas. Los trenes en Argentina comenzaron su decadencia con las privatizaciones en la década menemista de 1990. Y ahora, más de veinte años después, la desidia continúa. Y esta ineptitud se ha pagado con vidas inocentes. De vuelta, como en el menemismo, se privilegió el capital por sobre el trabajo, característica más precisa del capitalismo recalcitrante y depredador. Se sitúa el dinero y los beneficios por encima, inclusive, de los individuos y su bienestar. Basta con tomar el transporte público ferroviario (viajando como ganado al matadero) para apreciar esta turbia particularidad en todo su esplendor. Es la realidad que nos choca y nos pega de frente. No obstante, parece que esto no les sucede ni a los funcionarios ni a sus empresarios amigos. Claro, ahí está el quid de la cuestión, esta negativa cotidianeidad los soslaya y evita, o mejor dicho, la evitan.Las palabras expresando condolencias por parte de nuestra presidente no alcanzan. Como dijo Paolo Menghini, padre de Lucas, una de las 51 víctimas del accidente del tren de Once: "no necesitamos un mensaje de condolencias sino que el Gobierno asuma su responsabilidad". Precisamente, la responsabilidad es lo que no quiere asumir el oficialismo. Para esto, cuentan entre otras cosas, con sus medios de comunicación aliados que intentan desentender al kirchnerismo del asunto. Por otro lado, Menghini declaró lo siguiente: "La realidad del Sarmiento no es un tren pintado ni un monitor de plasma, la realidad del Sarmiento debe ser un tren que llegue, que llegue a tiempo y sin pasajeros hacinados y seguros. Cuando se llegue a eso vamos a poder hablar de un cambio". Y es acá en donde se percibe que lo que molesta y exaspera, además de la falta de responsables y el silencio obtuso, es la falta de gestión y control en el ámbito de los trenes. TBA hizo lo que quiso en el sistema ferroviario argentino y nunca nadie hizo nada. Celebro las políticas de derechos humanos del actual Gobierno. No obstante, vale recordar que el derecho a la vida es algo que todos los ciudadanos gozamos y la negligencia de las cúpulas de poder no lo puede arrebatar así sin más. En fin, paso un año desde aquella tragedia y solo me queda utilizar este espacio para sumarme a los pedidos de justicia. Recordando que la mejor manera de homenajear a las víctimas es buscando, juzgando y encontrando a los culpables de lo ocurrido.Julián Lazo Stegeman
