Daño a la República
La muerte del fiscal Alberto Nisman provocó una gran consternación en la Argentina. El dolor y la tristeza se percibieron inclusive entre los ciudadanos poco interesados en la administración pública. Esta situación no sorprende: el fiscal que había expresado severas denuncias sobre diversos integrantes del Kirchnerismo, incluyendo a Cristina Fernández de Kirchner, apareció muerto en la madrugada del día de su declaración ante el Congreso de la Nación.
La Presidente, en un gesto poco atinado a mi entender, eligió referirse al tema que sacude al país y que tuvo gran repercusión en el exterior mediante su cuenta de Facebook. Con una primera carta, por un lado, respaldó la teoría del suicidio (luego explayada y divulgada por los periodistas militantes fundamentada en un supuesto miedo al fracaso en el que se habría visto expuesto Nisman) sin que la fiscal haya finalizado siquiera con las pericias más básicas. Por otro lado, en un segundo escrito, modificaría profundamente su análisis para afirmar que se trató de un asesinato en detrimento del Gobierno. En este contexto, la prudencia brilla por su ausencia, claramente. No hay razón en la muerte del fiscal Nisman que pueda justificar al Gobierno. Soslayando la hipótesis más escabrosa -que fue asesinado por las esferas Kirchneristas debido a su investigación y sus acusaciones-, todos los otros trazos de la investigación también sitúan al oficialismo en una ubicación para nada positiva de cara a la sociedad civil argentina. Tanto el suicido como el suicidio inducido se encuadran en la investigación que el fiscal llevaba adelante. No existe ningún argumento coherente que pueda encontrar razones desconectadas del caso por el cual había sido víctima de numerosas amenazas de muerte y por el que también había experimentado una feroz campaña en contra por parte de los medios afines al gobierno. El mismo fiscal lo planteó en vida: "yo puedo salir muerto de esto". Si, como sugiere en su última carta Fernández de Kirchner, se trató de un asesinato realizado para perjudicarla a ella: ¿qué debería pasar con los encargados de la seguridad concedida al fiscal (la Policía Federal Argentina)?. Asimismo, ¿no hay nada que criticarle al secretario de Seguridad Sergio Berni que en su objetivo de minimizar los daños para su Jefa no siguió, ni siquiera mínimamente, los protocolos que hay para casos como este?; ¿se debe omitir por qué el ahora enemigo Antonio Horacio Stiles -más conocido como Jaime Stiusso, denunciado hace ya más de una década por el ex ministro Gustavo Béliz- haya permanecido como director de operaciones de la SI (ex SIDE) hasta hace tan solo unas semanas? La muerte del fiscal Nisman justo antes de dar a conocer en el Congreso sus pruebas sobre el aparente encubrimiento político ejercido por el Gobierno Nacional en la causa AMIA, vino a formar parte del sombrío combo de deudas de la democracia y daños hacia las instituciones republicanas. Las vacilaciones abundan: ¿suicidio, suicidio inducido, asesinato? Y en cada cuestionamiento, además, las dudas de cuál fue el motivo y quién. En el contexto del enfrentamiento interno que existe en los servicios de inteligencia, cada parte puede ser sospechada con motivos factibles. En adición, se trata de la investigación de un atentado en donde se disputan intereses internacionales. Todo esto conforma el cuadro perfecto como para que, probablemente, nunca se sepa la verdad. O si esa verdad es revelada, nunca la creamos. Es casi obvio que tendremos que esperar mucho tiempo para encontrar la verdad en la muerte del fiscal Alberto Nisman, y tal vez, lamentablemente, nunca llegue a tal objetivo. De todas formas, uno de los puntos triste a considerar es que la República sufrirá esta herida en su institucionalidad, su familia poseerá ese gran dolor del ser querido para el que no hay justicia y todos experimentaremos la sensación de que en momentos críticos para nuestra Nación, el poder público deja bastante que desear.Julián Lazo Stegeman
