EL MEDIO AMBIENTE, EL PUEBLO Y LAS EMPRESAS
En América Latina, antes de la llegada del capitalismo mediante las conquistas europeas, lo que primaba y se extendía de punta a punta en el continente era el comunismo primitivo. Una etapa en donde la propiedad comunitaria de los medios de producción y el escaso desarrollo de las fuerzas productivas no posibilitaban la explotación ni el ansia de plusvalía tan común en el imperio del capital.
Se respetaba a la tierra no por las plausibles rentabilidades económicas que podía llegar a brindar sino por sus continuas y fundamentales contribuciones a la vida natural. El hombre y la naturaleza eran un solo cuerpo, un daño a esta última, significaba un perjuicio para el alma de los sujetos que tanto la respetaban. Pero además de todo esto, en el modo de producción primitivo se podía observar una esencia que el (neo) liberalismo intentó aniquilar aunque ésta logró mantenerse en lo más profundo del espíritu latinoamericano: la vida en colectividad, situada en las bases de la solidaridad, el trabajo en conjunto y el respeto hacia los demás. Ni siquiera la globalización capitalista pudo erradicar definitivamente esta alteridad y compromiso hacia el otro en nuestro continente. No obstante, es imprescindible mencionar que los proyectos del libre mercado, enfocados únicamente para el bienestar de los más ricos, lograron crear e imponer durante la década de 1990 la cultura del separatismo. El temor entre los individuos era cosa de todos los días y el sentimiento de pertenencia emocional a un determinado territorio quedó suplantado por la necesidad de pertenecer a los estratos "exitosos" de la "pizza y champagne". El hombre hegemonizado por el pensamiento único neoliberal en las tierras americanas, se caracterizaba por una vida sin valores e ideales, un gran vacío existencial y la supremacía del consumo material. En términos del médico Enrique Rojas, era un "Hombre Light". La colaboración en la labor cotidiana, el sentido de arraigo, el "ser" solidario que desempeñaba un quehacer responsable en relación con los terceros para lograr la poderosa comunión colectiva que podía sobreponerse a todo y el respeto por la naturaleza tan pregonado por los verdaderos dueños de este continente, los aborígenes, quedaron sometidas a la maquinaria capitalista. El subdesarrollo de nuestras zonas (según Eduardo Galeano: "El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribunda desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad") no sólo fue económico en lo '90 sino que también cultural. Para quede claro, la cultura del hombre latinoamericano sustentada en los valores, los códigos y las convivencia armoniosa con los recursos naturales fue suplantada por una directa conexión con lo plástico, lo frívolo, lo superficial en donde lo único que interesaba era aumentar y reinvertir el capital, el beneficio de las empresas y la avaricia de los que más tenían. En este sentido, la política se inclinó por los más poderosos, dejando a un lado a la gran mayoría de la sociedad civil. Quedando claro, en ese entonces, lo que argumentaba Karl Marx: "el poder económico significa poder político". Vaya si así lo fue, el menemismo es un claro ejemplo. Se daba la imagen de un gobierno soberano elegido por todos cuando en realidad era todo un espejismo. Gerard Althebe lo plantea con claridad: "en la construcción de la soberanía presidencial hay una puesta en escena del poder y esta puesta en escena es necesaria para el mantenimiento de la unidad de la sociedad nacional. Se trata de un sistema en el cual el soberano es, en mucho, alguien sin poder (ni siquiera es un árbitro) y sin embargo la puesta en escena del poder se hace necesaria para la producción del campo en el cual coexisten y se confrontan unos con otros". Y estos que confrontan no son cualquiera sino los bloques de poder más fuertes económicamente. En definitiva, todo parecía perdido en esa década. Sin embargo, en los peores momentos de aquellos años, fundamentalmente en Argentina, la esencia latinoamericana de comunidad, solidaridad, unión, camaradería y trabajo en equipo afloró para que el pueblo pueda aprovechar las estructuras de oportunidades que aquel contexto le ofreció para generar valiosos cambios. De ese pasado nacional reciente, se deriva lo que esta sucediendo en estos días en nuestra ciudad con respecto al conflicto de la contaminación que produce la empresa Soluciones Ambientales S.A. Esta polémica situación, desencadenó un fenómeno sumamente positivo que vuelve a recordar la "esencia sudamericana": el hecho de la unión entre los pobladores de Gualeguay y Gualeguaychú para protestar contra la mencionada empresa ubicada en la ruta 16 de nuestra provincia. El carácter de confraternidad, apoyo y acuerdo entre los gualeyos y los integrantes de la Asamblea Ambiental de Gualeguaychú a favor del reclamo por el derecho a vivir en un ambiente sano esgrimido en el artículo 41 de la Constitución Nacional demuestra como el pueblo unido es mas poderoso que cualquier poder dirigencial o económico. La voz popular en contra de la contaminación, pone en claro como la cohesión ciudadana actúa en beneficio del colectivo social y se reanima inclusive ante la parsimonia de los funcionarios públicos. Para concluir, quiero decir que la esencia originada en el mencionado comunismo primitivo no se negocia. Estos reclamos deben continuar. Ninguna empresa, por más grande que sea, puede usurpar y deteriorar los recursos naturales ni de Gualeguay ni de ninguna otra ciudad. Está sumamente claro que, como dice el tema de la banda chilena Quilapayún, "el pueblo unido jamás será vencido".Julián Lazo Stegeman
