Fútbol, poder, cultura y violencia
El fútbol es un fenómeno social y cultural donde se entremezclan una gran variedad de intereses, negociados de toda índole y diferentes agentes sociales. Todo esto en el marco de la industria cultural, engranaje clave del capitalismo actual. La política, obviamente, no es ajena a este juego, caracterizado, entre otras cosas, por el espectáculo y la masividad. Es más, el fútbol (por ser un elemento popular que nos interpela desde lo masivo a partir de los grandes medios de comunicación) se ha transformado en un ámbito donde los poderes hegemónicos (sean estatales o privados) se disputan los mecanismo de construcción de sentido y los dispositivos para la construcción del poder.
A propósito, el intelectual ecuatoriano Fernando Carrión Mena expresa lo siguiente: " el fútbol- por ser una de las actividades masivas por excelencia- se ha convertido, por un lado, en un trampolín político por para políticos, dirigentes, periodistas, futbolistas y entrenadores y por otro, en una actividad que es usada para crear adhesiones, realizar proselitismo y posicionar propuestas". Ciertamente, por el discurso popular y masivo que propone, este deporte es utilizado como canal ideológico por los diversos bloques dominantes para llegar a la sociedad y así influirla con sus ideas e intereses con el objetivo de mantener constantes las relaciones sociales del sistema vigente, suministrando el consenso social necesario para que sus supremacías continúen. En este contexto, la violencia en este espectáculo deportivo ha ido aumentando su nivel con una dinámica preocupante. No obstante, este terrible fenómeno se remonta desde mucho más atrás en el tiempo, en 1939 ocurrieron las dos primeras muertes durante un partido entre Lanús y Boca. Los números estadísticos son alarmantes: de modo directo o indirecto, la violencia en este deporte se ha llevado la vida de más de 270 personas. Estas cifras deberían generar el accionar inmediato de las instituciones encargadas de resolver el problema. Sin embargo, nada parece hacerse al respecto y los hechos nefastos en el fútbol continúan sin dar pausas. Ésta problemática se puede observar e interpretar de diferentes formas. Por un lado, así como los actores sociales que componen el escenario futbolístico experimentan en carne propia el desastre de las agresiones y actividades delictivas en los espectáculos futbolísticos, ninguno o muy pocos hablan a micrófono abierto sobre los barrabravas. Muchos dirigentes los amparan, mientras que ciertos políticos y gremialistas los utilizan como batallón de choque (se sabe que durante los incidentes que terminaron con la muerte de Mariano Ferreyra había barrabravas ligados al sindicato de José Pedrazza. Desde las cúpulas estatales, por otra parte, se hace muy poco para terminar con estas contingencias. Es real que muchas veces los individuos que deberían sobre este tema no lo hacen por miedo a represalias de un poder criminal y mafioso. Es verdad que en otros casos el silencio es aún más negativo debido a que no poseen autoridad moral para referirse a lo que sucede ya que ellos también están ligados a todo ese entramado delictivo. Está cada vez más claro que los barrabravas no están solos en estas cuestiones y que gozan de un apoyo promulgado desde los más altos estratos del poder. No sólo dentro de los distintos clubes sino, además, a nivel AFA y en los sectores estatales. Todo esto se recrudeció cuando la Asociación del Fútbol Argentino y el Kirchnerismo se aliaron para efectuar el "Fútbol Para Todos". Muchos sostuvieron que esto no sólo solventaría las crisis económicas de los clubes sino que también sería una salida para los episodios de violencia. Sin embargo, lo que sucedió no fue lo anticipado. Los actos violentos siguen ocurriendo. En esta cuestión, no se puede soslayar la arista cultural de todo este asunto. El intelectual investigador del CONICET, Pablo Alabarces, dice lo siguiente al respecto: "hay un error de percepción política y sentido común. Está instalado de esta manera la idea de que la violencia en el fútbol se reduce a unos pocos actores llamados los violentos, que luego tienen otros adjetivos: los animales, los barras, los inadaptados. Pareciera que el fenómeno de la violencia se reduce a eso. No hemos podido convencer a nadie de que lo que nuestra investigación nos revela es que no es así, que el violento no existe como tal, sino que los que existen son sujetos que desarrollan prácticas violentas en contextos específicos, y que en el resto de su vida cotidiana son sujetos absolutamente normales. Y lo que hay que entender es qué significa la violencia para aquellos que la utilizan, y qué significa la violencia, además, para aquellos que la ejercitan dentro de algo que se llama la cultura del fútbol. Ése es el problema central: el aguante legitima la práctica de violencia. Y eso es compartido por los que actúan con violencia sistemática, los que lo hacen con violencia ocasional y por los que no la usan nunca, pero que les encanta ver como su hinchada tiene más aguante que las otras". La violencia en el fútbol es un tema tan complejo que escapa a los límites de esta columna. Nada se va a solucionar si no hay una transformación cultural en nuestro país. Asimismo, se necesitan reformas urgentes en las canchas, en las instituciones como la AFA y en el control del dinero que se produce a partir de este deporte y que muchas veces es ilegal y termina financiando a los barras. Por otra parte, los medios de comunicación tienen su responsabilidad ya que suelen crear una espectacularizaciòn de la violencia. En conclusión, las soluciones son posibles (en un marco de leyes de estado a mediano y largo plazo) siempre y cuando desde el Gobierno se haga algo efectivo que vaya al fondo de la cuestión y no sólo se utilice al fútbol como capital simbólico en la batalla cultural llevada a cabo con el Grupo Clarín y como medio de propaganda partidario.Julián Lazo Stegeman
