Un sistema corrupto
Hace un par de años, desde esta columna, se escribió un artículo que expresaba lo siguiente: “con la democracia se come, se educa y se cura dijo una vez Raúl Alfonsín. ¿Y con la corrupción? Si existiese algún tipo de antítesis a los dichos del ex Presidente, sin lugar a dudas la corrupción se encontraría en el primer lugar. Que quede claro: con la corrupción no se come, no se educa y no se cura. Las evidencias están a la vista, a más plata robada, malversada o lo que fuere, menos escuelas, hospitales, caminos y obras en general, con todo lo que esto implica. Es una ley inversamente proporcional, si se quiere”.
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En estos últimos días hemos presenciado la explicitación de un secreto a voces, de algo que viene sucediendo desde hace mucho tiempo en Argentina: la complicidad de políticos y empresarios para la configuración de un sistema corrupto, turbio e inescrupuloso de robo desde la obra pública. Estos personajes, en un manto de total impunidad, pretendieron quedarse con la plata de todos, sin ningún tapujo moral o de responsabilidad cívica. Claramente, este asunto atañe a un vasto sector del área política desde la década de 1970 hacia adelante. Con el tiempo, lamentablemente, esta cuestión se fue perfeccionando hasta alcanzar niveles tristes e impresionantes. En este sentido, la corrupción no comienza ni termina en los políticos, hay otras personalidades de diferentes ámbitos que son cómplices de esta miserable cadena. Es una maquinaria que trabaja a la perfección, y para que esto sea así son muchos los implicados que laburan como deberían laburar en actividades lícitas. Tristemente, este tipo de acciones daña al sistema político en su conjunto. Destroza la credibilidad de las instituciones. Aniquila la confianza de la sociedad civil para con la justicia y la actividad pública. Por otro lado, nos hace reflexionar acerca de la acción empresarial y como en este ámbito existen muchísimos individuos que, de la mano de los funcionarios, son cómplices en vejar la república. No se debe omitir este punto: el actual sistema de corrupción puesto a la vista de todos en estas últimas semanas sólo es posible si se confabulan el sector público con el sector privado y van juntos bajo la mirada impune de la justicia.En aquella columna citada en el primer párrafo, también se mencionaba lo siguiente: "en circunstancias así, es imprescindible comprender el papel que juega la ciudadanía, muchas veces justificando estas cosas que suceden por pertenecer al partido al cual apoyan. Por una parte es cierto que la mentira siempre está y que las campañas sucias para embarrar a algún adversario político existen. No obstante, no debemos engañarnos ni dejarnos embaucar por dogmas y/o ideologías. La corrupción es mala para todos y esto es un axioma político que siempre será igual". Pareciese ser que la historia se repite constantemente en nuestro país. O mejor dicho, pareciera ser que esta historia nunca cambia debido a que a algunos pocos les conviene que esto continúe así. Lo cierto es que para transformar esta realidad y salvaguardar al sistema político y a la república en general, es fundamental una reforma profunda de las estructuras públicas del país. Las instituciones requieren cambios y renovaciones en sus conjuntos. La justicia, por su lado, requiere un profundo replanteo de parte de muchos de sus jueces y fiscales. En fin, reflexionar sobre la corrupción es intentar comprender cómo un fenómeno tan hostil y turbio para cualquier democracia se ha instalado tan sólidamente en la Argentina. No caben dudas que esto sucede hace muchísimo tiempo. Sin embargo, estos episodios de las ultimas semanas nos deberían interpelar como ciudadanos para no tolerar estas cuestiones y, también, para exigir la transparencia que cualquier república necesita para funcionar correctamente.Julián Lazo Stegeman
