Andrés Arribillaga: La aviación, una elección de vida“
Hoy les entregamos una historia de vida de un aviador oriundo de nuestra ciudad que llegó a surcar el aire de continentes y mares en distintos tipos de aviones. Su amor por la profesión es tan fuerte que, sin proponérselo, ni insinuarlo, dos de sus hijos, un nieto y un sobrino han abrazado la misma actividad. Andrés Arribillaga comparte su pasión y su rica experiencia.
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"Creo que nací con esta vocación; la misma se vio fortalecida porque tenía un tío paracaidista militar, Jorge Abt, que vivía en Córdoba. Yo escuchaba sus charlas muy interesantes con mi abuelo", comienza diciendo A. Arribillaga, para continuar: "Además yo iba hasta el Aero Club Gualeguay en bicicleta; ahí siempre me encontraba con Alfredo Piaggio, piloto, quien a los 14 años más o menos me invitó a volar y me llevó hasta las islas o campos bajos de Gualeguay, donde repartíamos galleta de campo y lo necesario para el personal que cuidaban esos lugares y no podían llegar al pueblo porque había grandes inundaciones".Más adelante comparte anécdotas adolescentes con sus amigos: "Además, cuando estábamos en el secundario, mi amigo Daniel Vico decía que iba a ser ingeniero, que lo fue, e iba a diseñar un cohete y yo lo iba a tripular. Con Hugo Cadirola tuvimos intentos de hacer cohetes que despegaban y no los podíamos controlar. Cierto día hicimos despegar uno desde el terreno donde hoy tiene su casa. Cuando retornaba sin control, por escasos centímetros, no lo alcanzó a un repartidor del almacén de doña Anastasia Bello, que iba en bicicleta y de inmediato se tiro al piso".Ya convencido de su vocación, comienza a preparase con verdadera responsabilidad: "Comencé a volar en el Aero Club de Galarza (campo Reggiardo Hnos.) frente a las vías del tren. Se volaba de lunes a viernes así que yo partía desde Gualeguay en el tren que iba a Tala, salía de madrugada. Me acuerdo que me hice amigo del maquinista y es así que cuando pasaba por el Aero Club disminuía la marcha y me arrojaba del tren; a veces rodaba y me llenaba de espinas. Después de volar, los lunes a la tarde pasaba a buscarme Romeo Arribillaga, que administraba un campo, Oroimena, a dos leguas del club. Los demás días me prestaba un caballo y hacía el recorrido, ya que yo vivía con él de lunes a viernes. Habría volado en instrucción unas 8 horas y un día llego, y el Negro Altamirano, mi instructor, me dice: "Revisá y poné en marcha el avión". Lo hice y me dijo: "Da una vuelta de pista, solo". Lo miré, cerré la puerta y me fui. El momento más feliz de mi vida fue cuando despegué, me di vuelta y pasé la mano por el asiento de atrás para ver si realmente estaba solo. Me olvidaba decir que comencé en Galarza, porque en Gualeguay no había instructor. Pasó el tiempo, el único avión rompió el motor, no había dinero para arreglarlo, así que decidí continuar mi curso de piloto en el Aero Club de Gualeguaychú, pero ya con otro instructor, Calzón Flores, buen tipo, pero más serio que perro en canoa Ahí me recibí de Piloto Privado, el 15 de diciembre de 1963".(mas en la edición del domingo 10 de mayo)
