Madre hay una sola. Tierra también.
En varias culturas y desde tiempos antiguos se ha visto a la Tierra con características maternales. La Biblia narra el origen de la humanidad mostrándonos a Dios modelando al primer hombre de barro (tierra y agua) y dándole aliento de vida (Génesis 2, 7); y anticipando el abrazo final al momento de la muerte “recuerda que eres polvo, y al polvo volverás” (Génesis 3,19). Relatos espirituales, poemas, cantos, cuadros, esculturas… Con profundidad y belleza nos sacuden del letargo y borrachera en que nos sumerge el materialismo consumista. Vivimos como anestesiados ante el dolor de la madre. San Pablo nos decía que “la creación entera gime y sufre dolores de parto” (Romanos 8, 22), y quién si no una madre es la que experimenta los dolores del parto.