La tormenta
Cuando fuimos gurises, nos criaron con diversos calendarios más europeos y católicos que empíricos y sudamericanos. Tras el famoso “descubrimiento” del Orbe Novo, el poder eurocéntrico y religioso nos legó celebraciones que tenían que ver con el hemisferio norte.
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El clima, tan diferente y contradictorio entre “los de arriba” y “los de abajo”, planteaba ceremonias que se vinculaban con aquellos y su poder conquistador. Así, “el veranito” de junio por aquí, anticipando el invierno, quedó establecido como “los veranitos de San Juan” que se sincretizaban con el verano norteño y el ritual de San Juan Bautista con la quema del Judas.
En el centro del pueblo, la Casa Caliani propiciaba la celebración del acontecimiento quemando un gran muñeco de paja, trapos, “cuetes” en su interior que hacía las delicias de niños y adultos presentes.
No fue el único. La celebración de la Natividad el 25 de diciembre, con el pesebre y la cuna humilde en un establo con animales para darle calefacción al Niño, está representando un crudo invierno “allá arriba”, según la escritura bíblica.
La voraz ingesta de Navidad y Año nuevo, con alimentos provistos de calorías para zonas frías impusieron el menú boreal sobre el austral, cuando por estos lares el calor era y es extremadamente alto.
El miércoles de ceniza con el ayuno después del carnaval, la Semana Santa, el domingo de Pascua y otras imposiciones culturales y religiosas fueron cambiando la cosmogonía nativa cuando los invasores se aventuraron al gran mar y nos colonizaron.
Pero hay, además, otros acontecimientos climatológicos que sucedían en ese Nuevo Mundo “descubierto”, que año a año se repetían y pertenecía al saber ancestral de la población original del hemisferio sur.
Según los especialistas y científicos, para esta época llega un aire más cálido, más humedad y por ende, condiciones favorables para el desarrollo de tormentas. De aquí surge la renombrada “Tormenta de San Rosa”, por Santa Rosa de Lima, la primera canonizada y patrona de la capital peruana y de América.
Numerosos meteoros azotaron el “pozo” de Rocamora durante muchos inviernos. Hubo veces que las tormentas pasaron por arriba y se fueron camino al norte y la ciudad zafó, pero otras se concentró en el hoyo y trajo catástrofes, vientos feroces, inundaciones, voladuras de techos y desastres edilicios del vecindario.
Así como el Diluvio Universal, presente en cosmogonías de diferentes culturas del mundo, la tormenta seglar en estas latitudes después del solsticio de invierno o Año Nuevo del Sur, haya sido parte de las comunidades originarias de esta gran región sin ningún arca, solo con canoas, pequeñas embarcaciones talladas y ahuecadas con los árboles de su selva a quienes le ofrecían el perdón y rogativas por ofrecer su materia en un ceremonial religioso, ajeno a lo que después les impusieron.
Remitiéndonos a la denominación, en el supuesto relato original, Isabel Flores de Oliva había impedido –mediante oraciones junto a otros fieles en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Lima- el desembarco de una expedición pirata holandesa en su ciudad natal. La intensidad y la fe puesta de manifiesto en sus plegarias, convocó una gran tormenta con fuertes vientos y lluvias que provocaron el naufragio de los acosadores, sucumbiendo las naves y su tripulación por la gracia de Dios.
Dicen que nació un 30 de agosto, por eso –tras su canonización- se estableció el día religioso del meteoro.
No se trata de cuestionar la fe, si no de investigar y hallar las respuestas científicas y concretas.
Aunque coincida muy pocas veces con el almanaque, la Tormenta de Santa Rosa llega cuando la Madre Naturaleza lo dispone: unos días antes u otros después.
Más de algún vecino y copoblano recordará resacas de chapas volando como alas de zinc, tapas de los tanques de agua, escombros de tapiales derrumbados y la mugre dispersa por doquier después de la tormenta.
Atravesando el primer embarazo con mi compañera, ya en nuestra casa, una noche se desató una fuerte ventisca seguida de granizo y lluvia. Voló una chapa traslúcida del techo en la madrugada: “afuera llovía y adentro…también llovía.” La tormenta pasó y no hubo daños significativos, salvo el agujero por donde el agua y el viento se “coló” sin invitación por la chapa que voló vaya a saber hacia dónde.
La preparación para el evento aferra la memoria de los abuelos para que estemos alerta. Repasar la estructura de la vivienda, los techos, los enseres y estar atentos con lo que pueda suceder.
Aun cuando Santa Rosa haya descendido en el “rating” pero no su permanencia ante los fenómenos de “El Niño” y “La Niña”, ellos y otros con sus fuerzas naturales nos interpelan como seres terrenales y vulnerables, igual que en los comienzos de la humanidad hace millones de años.