Exequiel Escobar: “Rumbo a Bolivia, corazón de América”
A partir de hoy y en varias ediciones sucesivas compartiremos el viaje de vacaciones al norte argentino y a Bolivia, realizado por tres amigos, Exequiel Escobar, quien nos entrega el relato en forma muy amena, Indalecio Carboni Bisso y Arturo Aizcorbe. Si algo caracterizó a este recorrido es lo poco y nada convencional, un itinerario llevado por la curiosidad, las ganas de conocer más nuestra geografía y sus riquezas y que lo convirtieron en un verdadero desafío y aventura.
"Pocos minutos faltaban para la una de la tarde del viernes 4 de enero cuando, resguardado en la sombra debido al sol inclemente de la siesta santafesina, arribaron mis compañeros de viaje, Indalecio y Arturo, a la Estación Norte de la ciudad de Rosario. Yo, sobre mi espalda, ya tenía unas horas de viaje a cuestas, pues venía desde la costa atlántica, pero aun así las energías, seguramente producto de la ansiedad, estaban intactas. Ellos, hacía un par de horas que habían partido desde Gualeguay.La hora señalada para la salida del tren rumbo a San Miguel de Tucumán era 14:55. Para nuestra sorpresa, grata por cierto, minutos antes el tren ya transitaba el andén y nos invitaba a buscar nuestros asientos entre la muchedumbre de pasajeros que se prestaban a la misma tarea y otros, aprovechando su primera detención desde Retiro, se reabastecían con agua fresca y algún que otro comestible. Ubicados ya en nuestro asiento, y colocadas las mochilas en su lugar, advertimos con placer que nuestras bajas expectativas en cuanto al tren eran sin duda infundadas y nos alegramos por ello. A pesar del sofocante calor, el buen humor por el viaje a emprender nos alivianó el sarandeo sobre las vías durante las 19 horas que nos tomó llegar a San Miguel de Tucumán. Para el trayecto íbamos provistos de sándwiches, agua fresca, algo de hielo y el imprescindible mate. Como si fuera poco, nos acompañó además la suerte, ya que en el límite de la provincia de Santa Fe con la de Santiago del Estero, cuando caía la tarde, una lluvia refrescante nos permitió descansar bastante mejor de lo esperado durante la noche. Sin embargo, antes del amanecer la humedad no se dejó estar y volvió a tornar pesado el ambiente.Finalmente arribamos a la ciudad capital de la provincia de Tucumán. Entre taxistas que se peleaban por conseguir pasajeros rumbo a Tafí del Valle, nos abocamos a la difícil tarea de hallar uno que admita llevarnos a la terminal de ómnibus, pues esa misma tarde partíamos a la bellísima ciudad de Humahuaca. La suerte al parecer se bajó con nosotros y en menos de diez minutos ya íbamos rumbo a la terminal. Allí, luego de sacar los pasajes correspondientes, nos aseamos y salimos a recorrer la ciudad. Era inevitable, claro, el paso por nuestra "casita de Tucumán". Ingresamos en donde nuestra célebre Independencia se llevó a cabo aquel 9 de Julio de 1816. Luego del breve paseo por las antiguas habitaciones, hoy salas de exposición, salimos al patio en donde nos sacamos varias fotos que hoy día ilustran nuestro recuerdo.La intensidad del sol en combinación con un cielo totalmente despejado hacía poco menos que intolerable no resguardarse bajo la sombra del algún árbol. De aquí que, una vez fuera de la "casita de Tucumán", nos dirigimos a la plaza principal, la cual se encuentra a unas cuadras de allí. En la plaza, bajo una revividora sombra, nos dispusimos a almorzar, a descansar del largo viaje y a esperar la hora de partida a Humahuaca. Visto que la espera se hacía larga, y gracias a que cayó un breve aguacero refrescante sobre la ciudad, decidimos aprovechar el tiempo y a pesar de la hora algo inadecuada (aproximadamente las 5 p.m) buscamos una casa de empanadas. ¡No podíamos irnos sin comer empanadas! Además, nos esperaba un largo viaje en donde no habría cena; había que sacarle un poco de ventaja al apetito. Así fue que contiguo a la "casita" encontramos, dentro de una feria, quien nos vendiera las tan requeridas empanadas, pues el resto estaba cerrado. Fue una docena de carne. Con la panza llena, y por ende, contentos, aunque faltaba más de una hora nos dirigimos a la terminal de ómnibus. Allí matamos el tiempo acompañados de unas cervezas y rápidamente llegó el momento de partir.El viaje largo se hizo breve, pues debido a nuestro excesivo cansancio, era ya la segunda noche sin dormir en una cama, dormitamos la mayor parte. Aún no amanecía cuando debimos descender en la pequeña, solitaria y pintoresca terminal de ómnibus de Humahuaca. Sin meditarlo mucho, tal vez empujados por el frío con el que nos recibió la quebrada, además de su escaso oxígeno, inmediatamente intentamos el absurdo de encontrar hostel. Minutos más tarde, agitados como si hubiésemos corrido 100 metros llanos, caímos en la cuenta que era mejor regresar a la terminal y esperar unas horas. Acompañados de mate y galletitas se nos hizo ameno.Aproximadamente a las 8 de la mañana, Indalecio, que minutos antes se había ido, volvió con la noticia de que ya teníamos en donde pasar nuestra estadía. Rápidamente tomamos nuestros pertrechos y partimos hacia allí. Era un hostel antiguo pero con ampliaciones modernas; y en una de éstas estaba nuestra habitación. Luego de acomodar nuestras mochilas en ella decidimos ir a pasear, pero esta vez, Arturo, que ya hacía unas horas había manifestado su malestar, decidió quedarse en la habitación a recuperarse, al parecer el mal del Soroche cobraba su primera víctima: la ciudad de Humahuaca se encuentra a 2930 m.s.n.m. Preparamos el mate y salimos. En nuestro paseo compramos hojas de coca, hasta hoy, el único antídoto conocido efectivo para combatir el apunamiento. Inmediatamente agregamos una hojitas al mate y volvimos al hostel a prepararle un té de coca a nuestro compañero. Era de esperar que su recuperación no fuera instantánea, así que lo dejamos descansar y salimos a recorrer la ciudad nuevamente. Esta vez nos dirigimos al monumento a los Héroes de la Independencia, lugar que recibe a los turistas con una empinada y amplia escalinata desde la cual se puede apreciar prácticamente toda la extensión de la ciudad. En sus laterales, artesanos de paso y autóctonos ofrecen su variado arsenal de pulseras, gorros, guantes y demás. Aquí dimos rienda suelta a nuestra creatividad como fotógrafos, y aunque no contábamos con una cámara de excelencia, nos entretuvimos buscando poses, ángulos y contornos que retraten lo mejor posible a tan bonita, apacible y acogedora ciudad.
